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La condición del espejo

Capítulo II. La condición del espejo (novela)


II

 El capitán Gregorio Ramos, alcalde del Bayamo, sabía cuan peligroso era jugar con Diego Grillo. Aquel pirata criollo, a quien los amigos conocían por el cándido mote de Dieguillo, y los enemigos por el pavoroso de Mulato Lucifer, no lo pensaría dos veces para convertirlo en pasto de tiburones. Por eso, para llevar a cabo su empresa, escogió al más prescindible de sus hombres: Juan Cepeda.

     Diego Grillo no conocía el miedo. Hombre de cojón prieto, no teme aprieto, solía decir de sí mismo, y quizá por ese alegre desprecio al peligro gozó la plena confianza de Francis Drake, tanto como ahora la tenía de sir Walter Raleigh, el terrible Guatarral. Con ellos había participado en los asaltos y saqueos a Nombre de Dios, Campeche, Veracruz, La Plata y decenas de puertos más en las costas de México, Nicaragua, Honduras, la Tierra Firme, incluso Chile y Perú; pero luego había conformado su propia escuadra con tres jabeques y dos bergantines bien artillados, y ahora sus acciones se limitaba al abordaje de navíos españoles en el Caribe.

      Si proverbial era su fiereza en la batalla, más lo era su caballerosidad en la victoria. No solo compensaba a las viudas de los capitanes enemigos caídos en el combate, sino que también organizaba duelos a muerte entre los cautivos y sus hombres, de modo que ya aquellos no peleasen por su bandera, sino por el honor y los bienes personales. Ciertamente, casi ninguno lograba sobrevivir para contar la historia, pero, cuando esto sucedía, de inmediato era llevado a tierra firme y puesto en libertad con muestras de respeto. Era tanta su osadía, que solo por provocar y divertirse a veces  entraba en puertos y caletas muy bien resguardadas, y luego de bromear y reír con los furiosos toques de alarma, los gritos y carreras de los guardias, se devolvía campante sin que nunca pudieran apresarlo. Según se comentaba el diablo le había ensañado ciertas mañas para atraer vientos de popa y desviar corrientes marinas, y así podía escapar y cubrir grandes distancias en solo un pestañazo. Sin embargo, al mismo tiempo se comportaba con un católico devoto, pues nunca dejaba de confesarse con los curas capturados en alta mar, y luego tampoco dejaba de hacer donaciones a conventos y hospitales ni de cumplir las oportunas penitencias.

    Eso sí, jamás perdonaba un agravio. Cierta vez gastó un tesoro solo para capturar y luego colgar del palo mayor a un hombre que tiempo atrás le había escamoteado unas pocas monedas. En otra ocasión había atravesando riscos y manglares, apenas acompañado por una pequeña escolta, para entrar de noche en Cumaná, y devolver los cuarenta azotes que cierto caballero español le había propinado injustamente en sus tiempos de esclavo. Ciertamente, meterse con Dieguillo es muy peligroso, se dijo Gregorio Ramos con la frente arrugada y la mirada turbia, y luego, tras la sonrisa pícara, masculló para sus barbas: Pero negocio sin riesgo no es negocio… y perro cobarde no folga, y si folga no preña.

     Por eso Juan Cepeda se pintaba solito. Además del parecido con el juez Melchor Suárez de Poago, tenía otras importantes virtudes: había nacido en Asturias, y al hablar cambiaba las palabras “mujer” por “muyer”, “canto” por “cantu”, y “hombre” por “home”. Pero no eran estos sus únicos puntos en común: a diferencia de los muchos criollos, canarios y andaluces que habitaban el Bayamo, ambos solían diferenciar la “z” de la “s”, de modo que no decían “casa” en vez de “caza” ni “abrazo” en vez de “abraso”

     La precaución no era gratuita: Diego Grillo era astuto, memorioso y muy desconfiado. Nacido y criado en La Habana, ahijado a la vez que cautivo de un hidalgo madrileño, en caso de que el supuesto juez hablase con pintas de criollo, o cometiese imprecisiones al detallar sitios de España, de inmediato hubiera descubierto la suplantación. Había que precaverlo todo, pues en su marinería se contaban hombres de todos los vientos, incluyendo peninsulares; gentes de aceros fáciles, adestradas en la malicia, y que nunca se arrepentían de matar.

       El plan no se le había ocurrido de golpe. Primero debió calmar la zozobra producida por aquella carta que, a revienta caballos, llegara con las primeras luces del alba. Aún no se había puesto el jubón ni calzado las polainas, cuando afuera sintió un revuelo de cascos. Pensó que se trataba de su criado Pedro Ubieto, quien al fin volvía con indagaciones de Diego Grillo; pero no era este, sino un montero desconocido que al entregarle los pliegos tan solo dijo: Aquí le mandan de apuro, y con la misma torció las riendas y se devolvió a galope.  

     En efecto, lo que decía el papel no admitía demora. Al mando de cien guardias, y con la encomienda de apresar y levantar cargos a quienes estaban comerciando con el enemigo, el Teniente General Melchor Suárez de Poago, Auditor a Guerra del gobernador Valdés, había partido de Santiago de Cuba, y estaba en camino hacia la villa de San Salvador de Bayamo.

      Olvidó ponerse el sombrero y cerrar la talanquera de la cuadra. Sin esperar por su paje, que a esa hora preparaba el desayuno, ensilló el mejor caballo y se fue por el rumbo del Cabildo. En poco tiempo tendría que esconder un montón de papeles; avisar a sus hombres en la Manzanilla; despachar de su hacienda los cuarenta fardos de diversas mercaderías compradas a los corsarios… También debía idear una coartada para no verse en medio del remolino: quizá ordenar la captura de algunos negros y naboríes, acusarlos de contrabandistas, hacerles juicio público y ahorcarlos en la plaza… En fin, mostrar que no era cómplice de nadie ni flojo como alcalde.

      Sin embargo, era una pena desperdiciar aquel posible trato con Dieguillo. Dos días antes, había conocido que el Mulato Lucifer se hallaba fondeado en la Bahía de Nipe, y de urgencia necesitaba tablones, aparejos, brea y estopa de cáñamo. Una tormenta, que lo sorprendió a la altura de Mayaguana, le había desguazado dos naves, y el resto de los navíos también estaban dañados. Era una gran oportunidad que se desvanecía, y ya lo decía el refrán: ocasión desaprovechada, necedad probada.

     Pero también ocasión y tentación, madre e hija son, y al filo del mediodía, cuando por fin apareció Pedro Ubieto, la ardiente familia volvió a juntarse. Reaparecía la ocasión, y entonces  la tentación empezaba a abrazar a la madre con creciente arrebato. Las noticias del criado parecían malas; pero mientras hacía la relación, Gregorio Ramos lo escuchaba con gradual interés. Cerca de Jiguaní, los soldados de Poago habían capturado a dos hombres de Diego Grillo. Otros cuatro lograron escapar, pero en vez de dar por perdidos a sus compañeros y poner leguas de por medio, en un rapto de audacia procuraron liberarlos. En la refriega murió uno de los piratas presos, pero el otro consiguió escapar con un leve tajo que le asestó el propio Melchor

      —¿Sabe voacé en qué parte del cuerpo hirieron al preso? —lo interrumpió Gregorio Ramos.

     —No. Eso no lo sé, señor.

     —Pues andad aprisa e indague… y también averigüe las pintas de dicho pirata. Quiero saber si era alto o bajito, gordo o flaco, prieto o colorado.

          Todo parecía encajar; de ser así, mataría dos pájaros de un tiro. Ciertamente, el juez Melchor nunca le cayó bien. Lo conocía de La Habana, de las veces que iba allá por negocios o por otros asuntos con el gobernador Pedro de Valdés, y siempre le pareció un presumido: alguien con ínfulas de docto y ocurrente, cuando en verdad era un chinche. Ahora venía a meter las narices donde no lo llamaban, quién sabe con qué propósitos; aunque nadie viene de buenas, acompañado por un ejército.

     ¿Pero qué se ocultaría tras ese despliegue? ¿Acaso Valdés cambiaba la estrategia? Desde los tiempos del gobernador Juan de Maldonado, había una tregua tácita con piratas y bucaneros. Mientras comerciaran en paz, y con la debida discreción, el gobierno hacía la vista gorda. Solo perseguía a aquellos que cometieran desmanes en la Isla o que promovieran abiertamente, y en planes cismáticos, sus creencias herejes. Proverbial había sido la persecución que cinco o seis años antes Juan de Maldonado entablara contra Diego Grillo. Una verdadera campaña con más visos de asunto personal que de operación castrense. Por Jamaica le hundió un bergantín, en Cayo Romano le destruyó una base de logística; a punto estuvo de capturarlo en la Isla de Pinos. Diego Grillo, entretanto, también se tomó a pecho el desafío, y aparte de hostigar a Nuevitas, el Mariel y la villa de Trinidad, asaltó a cuanto barco español halló en la ruta de Cuba.

      Pero todo cambió con la llegada de Pedro de Valdés. Se rumoraba un pacto con el Mulato Lucifer; se decía, incluso, que eran compinches. Nadie podía asegurar nada, pero, ciertamente, Diego Grillo entró por el aro y dejó en paz las costas de Cuba. Mas esto tiene que cambiar, se dijo Gregorio Ramos mientras respiraba como un león. Voto a Dios que sí. Lo juro por lo más sagrado. 

          El comercio de rescate, más que una operación lucrativa, era la vida misma para el Bayamo. No se podía admitir que cesara. La política de Puerto Único establecida por el rey, que solo permitía comerciar por La Habana y Santiago de Cuba, cargaba sobremanera los costes y era, por demás, impracticable. Lo asperísimo de los caminos, lo oneroso de las pensiones, las pérdidas y mermas en el traslado de las mercaderías, arruinaban al más próspero de los hacendados. Pero también era un robo lo que allá cobraban por un género de Flandes, o un vino de Canarias, o una jofaina de Talavera; mientras querían pagar los cueros de reses como si fueran de chivos.

        En términos de comercio, los piratas eran más justos que la Casa de Contratación. Melchor Suárez de Poago no venía en nombre de la justicia, sino a favor de la miseria. Pero lo que preocupaba de inmediato, aparte de cuidar formalidades ante el juez, era el adiestramiento de Juan Cepeda. Tenía que presentarse ante Diego Grillo como un verdadero teniente auditor, no con la humildad de un oscuro talabartero, y esto no se conseguía con órdenes. Por primera vez en su vida dio importancia a unos dramaturgos y comediantes que siempre estimó unos tarambanas. Cuántas veces los vio escandalizar por la plaza del Ángel, en Madrid, o por los corrales del Príncipe y de la Cruz, y pasaba ante ellos sin ocultar el desprecio. Sin embargo, tenían arte para convertir al joven en viejo, al mequetrefe en villano, a la puta en mujer de alta sangre, y ahora, en menos de una semana, él tendría que hacer semejante transformación en Juan Cepeda.

         Era esa la parte más difícil del plan: tanto, que dudó proseguir. A cada momento Juan Cepeda humillaba los ojos, ponía cara de lástima y decía: Como mande, señor. Y no era esto lo que se mandaba, sino justo lo contrario: mirar derecho a los ojos, endurecer las facciones; retar con el arrogante silencio. Pero cualquier duda se disipó de inmediato cuando al día siguiente, a media mañana, llegó el juez con su tropa, y las mujeres debieron encerrarse a cal y canto, ante la impertinencia de los soldados. Lo primero que hizo Melchor fue intervenirle su asiento en el Cabildo y hurgar en sus papeles. Empezó por darle órdenes: justamente a él, señor alcalde por el estado nobiliario, y también a Pedro Patiño, señor alcalde por el estado llano, como si ambos fuesen simples pajes o ujieres. Y el juez no solo intervino el Cabildo, sino también la cárcel, y antes de que cayera la noche ya tenía cinco vecinos presos.

     Y no eran presos cualquieras. Entre ellos estaban nada menos y nada más que el compadre Esteban García, escribano del Cabildo, y Hernando Pérez de Sanabria, primo segundo de su amancebada doña Leonor. A ambos los habían sorprendido en el camino de la Manzanilla, mientras acarreaban un cargamento de cueros a los que faltaban sus orejas, y, ciertamente, aunque estaba prohibido cargar pieles sin las debidas marcas de hierro, él tampoco podía permitir las condenas de quienes eran como su familia. Por tanto, esa misma noche se presentó ante el juez:

     —Es el padre de mi ahijado, señor, y el otro un pariente de mi amancebada.

     Pero Melchor lo miró de reojo y tan solo dijo:

      —Os sugiero entonces que la familia vaya comprando ropa de luto, señor alcalde —y lo invitó a salir de la estancia.

      Tenía que actuar de inmediato. A bombazos de oro, rindió la plaza el moro, con ojos turbios se dijo. Mas, para lograr esa artillería, había que unirse y entre todos comprarle al Melchor la mar de enemigos. Oro para mover influencias entre los miembros del clero, y que estos lograran presentarlo como cismático y hereje. Oro para lanzarle encima la Audiencia de Santo Domingo y convertirlo de acusador en acusado. Oro para determinar cuáles eran sus flaquezas, y sus vicios, y descubrir sus inmundicias pasadas, y así golpearlo en la moral. Sin embargo, un buen comienzo sería poner en su contra al peor de los piratas: al Mulato Lucifer. Y esto, más que salir gratis, dejaría como beneficio una buena tajada en la bolsa.

      Por ello, durante tres días, él mismo hizo de actor, representando como pudo a Diego Grillo, y decenas de veces fustigó a Juan Cepeda con devastadoras interrogantes. La perseverancia es la madre del éxito, y por fin el talabartero, lo mismo que Poago, consiguió morderse el labio al escuchar con atención, entrecerrar un ojo al decir “pardiez”, y torcer la boca y echar el mentón hacia delante antes de soltar un “mentecato” o un “cojones”. No era una imitación perfecta: en modo alguno conseguía dotar de adecuados vigores tanto las injurias como las palabrotas, pero tampoco podía decirse que fuese una mala copia.     

      El plan era sencillo. Haciéndose pasar por Melchor, Juan Cepeda debía presentarse  ante el Mulato Lucifer y hacerle una tentadora oferta. Le pondría en Nipe, o donde se acordara, los aparejos y bastimentos necesarios para el calafateo de sus naves, y aquel solo tendría que adelantar la mitad de los dineros. Una vez logrado el objetivo, tomaría las de Villadiego, y ojos que te vieron ir… Luego, a esperar la venganza del Mulato.

     Por supuesto, Diego Grillo no se la pondría fácil. De él siempre había que esperar la astucia, el golpe marrullero. Ciertamente, dada la situación en Bayamo, Dieguillo debía hallarse en apuros: las naves piratas habían levado anclas y los vecinos se negaban a vender; pero sería ingenuo pensar que entregaría dinero por adelantado sin exigir garantías a cambio. Y ello estaba previsto.

      Ya para ese tiempo eran diecinueve los presos, y la mitad de Bayamo se hallaba por los montes en rebeldía. Los soldados entraban a las casas y revolcaban baúles, loceros, alacenas… Hallar un vino de Burdeos, una cerámica de Delft, o una baraja inglesa, podía costar la cárcel. Cualquier sospecha, cualquier denuncia, y hasta el azar de los dados, hacía que los guardias salieran a buscar presuntos traficantes.

       Y de ese factor se aprovecharía Gregorio Ramos. 

      La idea era capturar a tres guardias, que luego serían liberados por un Melchor que no sería Melchor, sino Juan Cepeda. La complicidad de la noche, el susto de los soldados, algunos trucos bien dispuestos, reforzarían la ilusión. El falso Melchor llevaría consigo otros diez guardias, en realidad hombres de Gregorio Ramos que, supuestamente, acababan de llegar a la villa. Con los trece partiría de inmediato a encontrarse con Diego Grillo, y, en efecto, así sucedió.

      A marcha forzada llegaron antes del alba al sitio de encuentro. Hubo regateos, medias hojas fuera de las vainas, vinos para calmar los ánimos, y preguntas, muchas preguntas. El juez Melchor Suárez de Poago —es decir, Juan Cepeda— no olvidó brindar excusas al pirata herido cerca de Jiguaní. Lo compensó con unos borceguíes y un medallón de oro puro, le habló de las circunstancias, de cuánto solían obligar determinadas apariencias:

    —Ya ve que no quise matarle. Pero qué otra cosa podía hacer, si era el jefe de la tropa.

     Al final, el Mulato Lucifer consintió adelantar el dinero… Desde luego, no sin antes poner una condición: allí se quedaban dos guardias como garantía. Si los bastimentos no llegaban antes de cuarenta y ocho horas, serían pasados a cuchillo.