My Stories

De esos amores que nunca se olvidan

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«A José Emilio pacheco y sus “Batallas en el desierto”».

 

En la escuela ya no me salen las multiplicaciones ni las divisiones y ya no disfruto los partidos de fútbol a la hora del recreo. Mis amigos se burlan de mí por mi cara de bobo. La profesora me regaña a cada rato por mis distracciones. Mamá ya no quiere darme dinero para ir a las maquinitas porque dice que soy un flojo que se la lleva suspirando. Pasa que tengo novia y se llama Alma. ¿Qué tiene de malo enamorarse? ¡Así es el amor! Deben entender. Quizá me tienen envidia. Mi chica es bellísima; parece artista de las salen en la televisión. Aunque no debo decirle nada a nadie, pues ella es mayor que yo. Lo peor del asunto es que Alma es mamá de Fernando y Fernando es mi mejor amigo. A ella la conocí cuando iba a hacer tareas a su casa y a jugar a las canicas con Fer. Quedé atontado cuando la vi por primera vez. No podía dejar de escuchar su dulce voz, de mirar sus ojos verdes y de admirar sus… largas piernas.
Todo es difícil en nuestra relación por la diferencia de edad. ¿Tendré que buscar un empleo para mantenerla? ¿Qué dirá mamá? ¿Será necesario abandonar la escuela? Lo que me tiene más mortificado es saber lo que pensará Fernando cuando sepa que yo seré su padrastro. ¿Lo aceptará? ¡Qué estrés! ¿Así es la vida de los adultos? ¡No me importa, estoy dispuesto a afrontarla! ¡Me enamoré como un idiota!

Tenía que verla cuanto antes. No soportaba el tiempo sin su presencia, así que decidí escaparme de la escuela e ir a su casa.
—¿Te vas salir para ir a ver a tu novia? —me preguntó Fernando esa ocasión.
—Sí. Y avísame si viene el director. ¡No te distraigas!
—Oye, ¿cómo le hiciste para tener una novia grande? ¡Apenas tenemos diez años!
A Fernando le tuve que decir que había conseguido una novia en la secundaria para que no me estuviera molestando con sus preguntas infantiles, pero parece que salió peor.
—Preséntame a una muchacha… quiero ir contigo. ¡No seas así!
—Bueno… bueno. Después será, Fer. Es que ahorita tengo una cita con Al… con Angélica.
Brinqué el cerco de la escuela y empecé a caminar.
—¿Cuándo me vas a presentar a tu novia?
—Luego, luego —dije de mala gana, salí corriendo para que no siguiera molestando con sus tonterías y le di vuelta a la cuadra. Más adelante tomé el autobús que lleva al barrio de mi amada. Me sentía nervioso, así como cuando papá me regaña por sacar puros cincos en los exámenes. Moría de ganas de estar a su lado; así como cuando quieres ver a tu abuela después de mucho tiempo. Lo mejor del universo es sentir sus labios sobre mi piel; como cuando pruebas un helado de vainilla con chispas de chocolate, aunque debo admitir que sólo me ha besado la frente y la última vez fue en la mejilla.
El camión avanzaba rápido y sentí que mi corazón saltaba de alegría; como cuando abres los regalos en navidad y hallas lo que le pediste a Santa Claus. Comencé a sentir debilidad en las piernas; justo como cuando llevas la pelota pegada al zapato y estás por meter el gol del triunfo y de pronto te pegan un puntapié en la pantorrilla. ¡Ay, qué dolor! Luego no sientes la pierna y te quedas débil y… bueno, ustedes saben a lo que me refiero.
—¡Bajan! ¡Bajan! —le grité al chófer.
Me había pasado por ir divagando y me bajaron en una esquina, a cinco cuadras de la casa de Alma.
Un policía de tránsito me vio y dijo:
—Muchachito, ¿qué haces fuera de la escuela?
Tosí y me apreté el estómago.
—Señor, me sentí mal en el salón y me dejaron salir temprano.
—Ven, hijo, yo te voy a llevar…
—No, no, no —dije y hui de aquel hombre.
Llegué a casa de Alma, me recargué en una barda para descansar y tomé aire. Estaba sofocado y apenas podía respirar. ¿Estaba teniendo visiones? Tuve que tallar con fuerzas mis incrédulos ojos. ¡No, Dios! ¡Mi mundo se desmoronó en un segundo! ¡Mi vida se vino abajo! Alma, mi Alma se estaba besando con el señor de la tienda. ¡Ella me traicionó!
—¿¡Por qué me engañaste!? —le reclamé.
Ellos se separaron.
—Niño, ¿qué te pasa? ¿Estás loco? ¡Vete a tu casa, pendejito!
—Déjanos solos y no seas grosero —dijo Alma.
—Pero este mocoso es un…
—Déjanos solos, por favor, este niño es el mejor amigo de Fernandito.
—Está bien, Alma. Luego te busco.
El señor se marchó y chillé como un bebé.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué lloras? ¿Qué haces aquí?
—Ummmmm…
—¿Y la escuela?
—¿Por qué me traicionas? ¿Sabes lo que es traicionar?
—¿Traicionar? ¡No entiendo! Soy viuda y merezco intentarlo de nuevo. No te preocupes, pronto le diré a Fernando sobre mi relación con Pedro.
—Dijiste que éramos novios y que si estudiaba para doctor, tú te casarías conmigo.
—¡Ay, pequeño! ¡Cómo pudiste creer tal cosa! ¡Todo era una broma! ¡Era un juego entre tú y yo! ¿Entiendes?
—Abandona a ese hombre feo y barbón, yo te puedo hacer más feliz. ¿Cómo te puede gustar alguien así? ¡Está muy grande para ti!
—Es un año mayor que yo y él es divorciado.
—Dame otra oportunidad… espérame a que termine la primaria, entonces tendré once y podemos… podemos...
—¡Ay, chiquillo! ¡Lo siento! Lo tuyo es una simple ilusión, mañana se te pasará, créeme.
—Eres el amor de mi vida…
—Entiéndelo. No digas locuras. 
—Alma, por favor nunca le digas a Fernando que tú y yo fuimos novios… por lo menos quiero conservar su amistad.
Ella me quiso detener, pero no lo permití porque estaba dolido y salí corriendo como un loco con el corazón herido. De pronto, el policía que había visto apenas unos minutos atrás, me agarró de la manga de la camisa.
—¿A dónde vas, canijo? ¡Tienes mal aspecto! ¿Te sientes bien?
—Me siento muuuuy mal. Creo que voy a morir.
—¿Qué te pasa?
—Me duele el corazón.
—Ven, hijo. Te voy a llevar al hospital.
—No, no. Es que mi novia me traicionó. ¡Me dejó por otro!
—¡Ja, ja, ja!
—No se burle, es verdad.
—Ya se te pasará. Tu mal se cura con el tiempo y con un premio —dijo, metió la mano al bolsillo de su pantalón y me obsequió un dulce.
—Gracias… aunque ya no soy un niñito.
Me largué a casa, lloriqueando, destrozado y comiendo el caramelo.

Con el paso de los años, perdoné la traición de Alma, porque entendí las circunstancias de aquellos años, pero lo que nunca olvidé fue su amor, un amor de esos que nunca se olvidan.

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—¿En qué piensas? —me dice mi esposa.
—Nada, cariño, recordaba cosas de mi niñez.
—Voy a servir la cena, cuida a la niña, por favor.
—Sí, cariño. ¡Ven a mis brazos, Almita!