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El sueño del caballero

... el amor es el estado más incoherente que adopta el alma...


Los párpados me pesaban y a penas conseguía respirar sin que un rugido seco atravesara mi garganta. Llevaba horas tendido sobre aquel camastro, con la sangre secándose alrededor de mis heridas y el calor de quien ha vencido a un alto precio.
Ninguno de los hombres se atrevió a quitarme la armadura, porque todos sabían que si había de morir, prefería llevarme la gloria recogida en esos pedazos de historia que me legó mi padre, para protegerme a la hora de entrar en combate.
En justas, batallas, durante días de marcha en busca del enemigo, mi armadura siempre me acompañó y todavía tenía mucho de que resguardarme, así que cuando la muerte se acercara a reclamar mi corazón, el brillo del metal la espantaría y el eco de mis gritos habría de mantenerse amurallado en el yelmo, al que los oponentes temían con solo reconocerlo.
Nadie tocaría mi armadura, porque no solo resguardaba el cuerpo adolorido de un caballero, sino que cubría el corazón de un hombre enamorado y dispuesto a sobrevivir para cumplir su juramento.
Mi princesa aguardaba sentada en su jardín, entre rosas y sueños que incitaban a las mariposas a elevar el vuelo para perfumar el día. ¿Cómo podía decepcionarla? Había conquistado su corazón, probado la suavidad inigualable de sus labios y ahora luchaba contra el tiempo y el dolor para regresar, guiado por ese canto maravilloso que una vez me ayudó a descubrirla, cuando bailaba acariciada por los rayos del sol.
Evocar tan dulce rostro me alivió y su nombre jugueteó en mis labios para humedecerlos con un aliento tibio. Ella era la razón de tanto desvelo, la causa por la cual elevé la espada durante noches hasta expulsar a los cobardes que infestaban las tierras donde quería ver crecer a nuestros hijos.
Ahora solo tenía que vencer esta última prueba y regresaría a su lado, para amarla, protegerla, para cumplir mi promesa y gozar del favor de un pueblo agradecido.
Sí, el caballero derrotaría a la muerte, cerraría sus heridas con la voluntad de quien vive para enorgullecer a esos que le enseñaron el verdadero significado de la palabra felicidad. Cabalgaría por los senderos, recogiendo las flores ofrecidas por manos infantiles y las ofrendaría a mi amada cuando me arrodillara ante ella para recibir su gratitud con la encantadora forma de un beso, anhelado, delicioso, merecido.
Bailaríamos, reiríamos entre juglares, mientras los perros se atrevían a invadir el salón, reclamando los huesos abandonados. El amanecer nos sorprendería reviviendo leyendas, burlándonos de quienes no soporten el peso de los festejos. El vino correría, derramándose, perdiéndose en bocas sedientas, aliviando la pena de aquellos que no fueran correspondidos y yo sería su testigo. Una vez más resistiría a la muerte, a esa vieja oponente contra la que tantos de mis hombres habían caído la noche anterior y que finge ser hermosa, cuando se inclina ofreciendo un beso, pretendiendo llevarse el alma de quien no tiene más que ofrecer; pero mi luz aún permanece ardiendo y por eso no temo.
Entre los dientes retengo el pedazo de vida que me servirá para forjar nuevas armas y empuñarlas, hasta que otros deban seguir los pasos que, ya encanecido, habré dejado grabados en la memoria de los jóvenes, con canciones e historias de mi gloria pasada.
Ya vuelvo a recibir las mismas punzadas que atravesaron mis hombros cuando fui alcanzado por las flechas certeras, y un suspiro se me escapa, porque tendría que seguir reviviendo aquel instante en que mi sangre tocó el suelo.
Continúo luchando. El sabor indescriptible de la agonía se aloja en mi boca, a la vez que la noche se torna fría, cruel, desalentadora, borrando la calma que la brisa de la tarde desplegó en aquella tienda, donde yacían las esperanzas de quienes me seguían fielmente.
Con la fuerza de un grito ante la inevitable batalla, escuché la voz de mi amada, llamándome, pidiéndome que le regalara nuevas victorias y una sensación abrumadora me estremeció. Temí que quizás estuviera acercándome al paraíso, en lugar de aferrarme más a la tierra, ya que la hermosura de mi princesa merece un reino superior al de los hombres y quizás era allí a dónde pretendía llevarme.
Asustado, intento incorporarme para impedir que el destino nos ultraje, y entonces la oscuridad se deshizo en miles de pedazos, quebrándose, desmoronándose sobre mi cabeza.
—¡Despierta! —Me imploraba la princesa— ¡Despierta, mi caballero!
Como dos portones ensañados, mis párpados se abren, primero lentamente y luego de forma dolorosa. La luz me lastima y procuro cubrirme, pero el cielo manchado de plateado me obliga a contemplarlo. ¿Dónde estaba? Mi cuerpo no yacía tendido en un camastro improvisado, sino que se contraía en un lecho de asfalto, rodeado por cristales y la sangre de aquellos que gritaban hasta desgarrarse la garganta.
Asustado, invadido por la sorpresa, me impulso y quedo sentado en medio del caos, negándome a reconocer mi propia existencia en una era sajada por la ambición. Quise despertarme, o simplemente renacer, pero no estar allí, definitivamente no quería estar allí.
Mi mente confundida me impidió escapar de las llamas, que se esparcían entre el conjunto de figuras dispuestas sobre la calle, pisoteando sus teléfonos, rogando por ayuda, mirando el mismo cielo estrellado que compartíamos, como adoloridos testigos de un accidente atroz.
La familia, las posesiones, los sueños inconclusos, formaban parte de las pupilas irritadas que me señalaban, permitiéndome descubrir que tan diferentes pueden ser los pensamientos de los hombres cuando la muerte les cruza por delante.
¿Porque reconocía a todas esas criaturas, a las de trajes ceñidos, a los afortunados que lograron resguardarse detrás de portafolios y paraguas? Eran demasiadas las preguntas y sentado allí, tirado como un despojo del pasado, no obtendría respuestas.
Conseguí levantarme y caminé entre la desgracia. El olor del humo, el rojo salpicando los autos impactados entre sí, todo ello daba vueltas hasta encajar, como piezas de una obra concebida para aterrar a los más valientes y deshojar mi alma, que imploraba con tal de regresar al pecho del caballero y a la era en la que los mayores enemigos no eran simples descuidos, sino las voluntades confundidas de los hombres.
Las piernas me llevaron hasta una gran sala, antes separada del exterior por una cortina de cristal, que ahora el viento arrastraba en irreparables fragmentos. Me detuve y el pasado regresó para hacerse latente, cuando reconocí en un lienzo, mi rostro protegido por un yelmo heredado.
Sacudí la cabeza, apreté los puños y mordí mis labios hasta convencerme de que respiraba y de que aquella era la realidad que se proponía materializarse. Extendí los dedos, queriendo tocar el cuadro y en ese nuevo ángulo divisé el retrato de mi princesa, bailando entre las flores, con su extensa cabellera arrancando bufidos de ira al sol.
¡Ese era yo! El caballero enamorado, el guerrero que padecía cuando no podía honrar a su dueña con una sonrisa amable o un ramo de flores silvestres, pero algo no tenía sentido.
Entré a la sala y el crujir del vidrio bajo mis pies hizo eco, como si estuviera acercándome a otro mundo mucho más profundo que los anteriores. Miré detenidamente los retratos y evoqué el olor de los óleos, el sabor del pincel cuando lo sostenía en mi boca para limpiarme las manos. Recordaba los trazos imperfectos, tapados rápidamente con otros más estudiados; los matices robados a la mañana que se aparecía en mi ventana para incitarme a trabajar. El desorden, los colores abrasándose, formando los rasgos de la mujer que posaba tranquilamente y cada uno de esos detalles me obligó a respirar con más fuerza para no desfallecer. Escuché la risa de la princesa, que me agradecía porque no solo ilustraba su historia, sino que recogía el sentir de los personajes de forma auténtica y briosa, usando simplemente nuestro amor como el mejor instrumento.
Leí el anuncio que caía en una esquina y las únicas palabras comprensibles se escaparon bañadas por mi lengua: “La tan esperada exposición…”
Volví a concentrarme en las pinturas y los rasgos del caballero pertrechado con su armadura, me resultaron tan dolorosos como la imagen de los perros luchando por un hueso roído y la batalla en la que no había vencedores, porque el hombre enamorado calló mortalmente herido.
Me toqué el pecho, buscando la punta de la flecha que hiriera mi carne, y no hallé más que la desesperación enfriándome la piel sudorosa, que cubría un traje de gala.
—¡Despierta, mi caballero! —Volvió a rogarme la princesa—. Abre los ojos.
El dolor regresó, esta vez con más fuerza, casi con rabia. Sentí los dedos de un hombre abriéndome los párpados para herirme con una luz insistente y sus labios se movieron, dando órdenes que hacían corretear a un grupo de mujeres ataviadas con batas verdes.
Nuevos elementos compusieron mi pesadilla: el olor del desinfectante, el ruido seco del equipo de respiración asistida, el tic tac de un reloj y el sollozo de una mujer temblorosa que se alegraba, porque por primera vez en muchos meses, su caballero estaba consiente.
Traté de sonreírle y todos aquellos tubos y manos hacendosas me lo impidieron, pero su alegría me contagió.
Ya la reconocía: Ella era mi dulce princesa, la causante de que viviera durante tanto tiempo en el mundo de fantasía que creamos juntos, uniendo lo mejor de nuestro arte. Las imágenes del caballero, el banquete, el refugio rebosante de flores, no eran otra cosa que ilustraciones empapadas con dedicación. Para ella fueron las noches de desvelo en las que ilustré su novela, llenándome con la sabiduría recogida en esas palabras, que deslizó en mi oído, haciéndome saber que me acompañaba y que creía en mi juramento de amor eterno.
¿Por qué no desistió? ¿Por qué no permitió que otros desecharan mi vida? La respuesta era sencilla: porque el amor es el estado más incoherente que adopta el alma cuando no se basta a sí misma para brillar y necesita a otra que la complemente.
Yo la necesitaba para volver a relumbrar y para tener un mejor ejemplo que seguir cuando me equivocara.
Ignoré a los doctores que me acosaban con preguntas y pruebas y les demostré que estaba vivo al aferrar con fuerza la mano de mi esposa.
—Mi caballero ha derrotado a la muerte —declaró ella, con los ojos nublados de alegría.
Al fin logré sonreírle; después de todo tenía razón, ya que, aunque no estuve en una batalla, sí había sobrevivido a un terrible accidente, que me impidió disfrutar de la exposición inaugural con la que celebraríamos el nacimiento de una historia de amor, publicada como testamento de un gran esfuerzo.
Ella se inclinó para besarme y el olor de sus cabellos bruñidos me devolvió a ese jardín, donde las flores gentiles perfumaban los sueños de un caballero.