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Los apestados

El vicio y las madres


—Esas marquesinas siempre me recuerdan a las paradas de los autobuses. Hasta los apestados parecen estar esperando el bus de alguna línea.

—No disminuye el número.

—No. Y, mientras sigan existiendo personas así, gente que antepone el vicio a la salud, continuaremos lastrados por esos hombres y esas mujeres que llaman placer al vicio.

—Ahí, al menos, los tenemos localizados, y, llegado el caso, podemos proceder como anteriormente procedimos.

—Me acuerdo de una mujer… Me miró desde la marquesina, me detuve, la acusé. Era muy guapa. Me sonrió y me contestó con el vicio en la mano que también yo tendría su mismo final antes o después, que no me hiciera ilusiones. Ella quizá moriría enferma, y yo sano tal vez, el peor modo de morir. Volvió a sonreír, señaló con el gesto hacia los humos de la industria química, añadió: Aunque dudo que alguien muera sano mientras ustedes se ocupen de las crías y cierren los ojos ante las madres.

—Los inconscientes de siempre, sabido es.

—A esa mujer sí la hubiera salvado yo, más o menos viciosa. Pero fue todo tan rápido…

—Justo para evitar tentaciones similares. Las prohibiciones, los razonamientos, desanimaron y animaron por igual, acuérdate.

—Como sucede ahora con estos nuevos viciosos que no fuman pero sí consumen energía sin parar con sus dispositivos móviles, más interesante para ellos lo virtual que lo real.

—Y el bienestar de la mayoría es sagrado.

—Sí, habrá que proceder cuanto antes. Pero hay una mujer en aquella marquesina…