My Stories

Disparo y Corazón

Disparo y Corazón: 2 cuentos


DISPAROS EN EL AULA

Los dos, profesor y estudiante, tienen una tiza en la mano. Uno, para escribir el título de la clase en la pizarra después que todos se acomoden, y otro, para, desde el fondo del aula, cuando el profesor se vuelva, lanzarla; que realice una larga parábola y caiga paf, en cualquier zona de la verde madera. Será la primera tiza lanzada por alguien desde el fondo del aula. Será el primer profesor al que una tiza lanzada por alguien lo marcará por el resto de sus clases en la escuela. Será. Todo depende del instante en que se vuelva. Entonces, hoy, las clases de Historia, por primera vez, tendrán otro sabor. Los ojos desorbitados del maestro en busca de la dirección de ese disparo, el rostro enrojecido sin saber dónde ubica sus manos, dónde clava la vista, qué palabras encuentra en el saco de palabras que usa todos los días para comenzar las clases, pueden ser la consumación de una victoria. Una victoria que para algunos estudiantes parecerá inmediata, detenida en el momento en que la tiza caiga paf, pero que comenzaría allí, paf, para luego extenderse de estudiante en estudiante, y de estudiante a profesor, y de profesor a subdirector docente, y al oído de la auxiliar de limpieza que trapearía al pasillo en ese instante, paf, y de ella a las empleadas de cocina, y de las empleadas al jardinero y de éste, ¿no joda compadre, a Ramiro?, al chofer, y de todos al director, que quedará perplejo, paf, detrás de su buró, pensando, paf, que otra vez en la escuela, paf, paf, después de años de control y de apaciguamiento, hay indicios de resquebrajar la disciplina. Esa será la consumación de la victoria, no solo que caiga, paf, sobre la verde madera. Es por ello que, aunque lo delate la frente sudorosa, Rogelio Guzmán Zamora, Rogelito bróder para los allegados, espera con paciencia a que se vuelva y comience a escribir.

Porque el profesor Ramiro, como buen profesor, escudriña el mínimo detalle antes de pronunciar la primera palabra relacionada con la clase. Y espera a que los rezagados se detengan en la puerta y con cara de lástima digan, Permiso, profe, es que estábamos de limpieza en el albergue, y Ramiro sólo los mira, hace un gesto e inclina la cabeza para que entren en puntillas; también espera a que los libros y las libretas estén abiertos en la página en que se habían quedado en la última clase, mientras los que afilan en un rincón del aula las puntas de sus lápices, miran de vez en vez para sus ojos en espera de las dos palabras que siempre dice el profesor en el inicio, Bien, comenzamos. Entonces, llega un silencio como de éxtasis por las frases que se escucharán, pero todavía es tiempo, no han pasado dos minutos desde que tocaron el timbre. Hay tiempo para decir, Préstame la cuchilla, quién se sabe el horario de hoy, por favor, a quién le presté mi libreta de Matemáticas ayer, profesor, justifíqueme las ausencias, certificado médico, tome, reposo por setentidós horas. Todavía hay tiempo para que alguna estudiante se detenga en los zapatos de Ramiro, Viste, son nuevos, ya era hora, o para que la tiza en la mano de Rogelio, desde el final del aula, se humedezca por la tensión nerviosa. Todo es cuestión de esperar. Como mismo el profesor esperó, hace ya más de una semana, cuando de guardia en el comedor, dejó que Rogelito bróder tomará la bandeja, cuidado, los frijoles, cuidado, y se sentara casi victorioso en las hileras del medio a disfrutar de la segunda, me gané la segunda, y fuera discreto, sin que nadie lo notara a parársele al lado antes de que Guzmán Zamora, número veintisiete del grupo cuatro, tomara la cuchara para comer otra vez. Después la pena, el No le da vergüenza, Guzmán, todavía el comedor no ha terminado y usted. La mirada, todas las miradas y el silencio. Un raro silencio alrededor del profesor y el estudiante descubierto que no sabe qué hacer. Cucharas a media distancia entre bandejas y bocas; empleadas que han detenido el servicio en espera del desenlace de aquel espectáculo. Guzmán Zamora, el bróder Guzmán Zamora, que no sabe cómo levantarse. ¿Levantarse? Decirle, No profe, yo no he comido; pero con qué palabras, si él no tiene un saco de palabras para cada situación ni una mirada como esa que lo detiene y le impide levantarse, mantenerse sentado o comer. Vamos Guzmán, devuelva la bandeja. Sólo cinco palabras. El profesor Ramiro con sólo cinco palabras puede destrozar el corazón de alguien ante muchísimos ojos. El profesor Ramiro, con sólo cinco palabras, puede hacer que las cucharas se detengan ante las bocas de todos los que comen. Puede lograr, endureciendo el rostro, que Rogelio Guzmán Zamora se desplace a lo largo del comedor con la bandeja entre las manos y la deposite para otro que aún no ha comido. El profesor Ramiro, desde su posición, mantiene en vilo al comedor y logra el mismo silencio, aunque los estudiantes continúen en su faena, y el bróder Guzmán, no llores bróder que tú eres hombre, recostado ahora en el lavamanos del albergue, se limpie las lágrimas. Olvida eso, bróder, olvida. Pero cómo si él es hombre y tiene jeva y todo el mundo, Fíjate bien, todo el mundo, siempre lo ha respetado y jamás nadie, ni la vieja, que es lo que yo más quiero, le ha hecho pasar una vergüenza así. Que todos te miren y tú pasando la vergüenza, que te marches como puedas de ese comedor y que la vergüenza vaya contigo escalón por escalón hasta llegar al dormitorio. Pero no llores, bróder, que los hombres no lloran. Echa para un lado la vergüenza, amarra la vergüenza a la pata de la cama de cualquier litera y no la dejes bajar, pero que se amarre bien, porque no es fácil dejar a la vergüenza a un lado y volver a bajar los escalones muy serio, mientras los demás estrenan sus últimos pasillos en el baile, o buscan el rincón más oscuro para conversar con sus muchachas sobre cosas tan importantes que solo podrían conversarse en un rincón oscuro. Ahora le cuenta discreto a Yeniley que el profesor Ramiro lo había hecho quedar mal delante de todo el mundo, Vaya, quise comer doble, pero eso no se va a quedar así, seguro que me las paga. Bueno caballero, bailen, que no se diga, bailen. No, que va, nosotros vamos a conversar sobre cosas importantes. Yeniley y Rogelio conversando sobre cosas importantes en un lugar oscuro, sin olvidar Rogelio que la vergüenza, de todos modos, aunque esté amarrada, lo estará siempre esperando cuando suba a dormir. La vergüenza.

Bien, comenzamos. El profesor Ramiro ya está colocado frente a los estudiantes del grupo. Silencio, puro silencio. Le miran a los ojos y él, un instante después, realiza una pregunta, ¿Alguno de ustedes conoce qué significa Reconcentración? Murmullo. Cuestionamiento en alta voz. La palabra Reconcentración pocas veces en la vida, por no decir nunca, la han escuchado. No obstante, algún audaz, en el momento en que nadie lo espera, levanta la mano. Es en la primera mesa de la fila del medio. Al final del aula Rogelio Guzmán Zamora es capaz de meditar sobre la palabra. Concentración sí la ha oído: Todos a la plaza, hablará Fidel. Eso es concentración. Cantará Silvio Rodríguez; aglutinación de shorpanes y pulóveres con deseos de escuchar y corear. Concentración en las paradas de las guaguas, en las pizzerías, en el punto de leche, en las tiendas de ropa, pero ¿Reconcentración? ¿A ver usted, qué entiende usted por Reconcentración? Silencio. Bueno profe. Silencio. Concentrarse es acumular, como en las ecuaciones químicas. Silencio. Y reconcentrarse, pues, volverse a concentrar, pienso yo. Murmullo, risas y murmullo. El profesor también sonríe. Guzmán Zamora no puede evitar que de sus labios se entreabra una mueca. Ramiro escucha opiniones, realiza más preguntas para acorralar un poco este concepto. Dice: ¿Conocen ustedes en la Historia de Cuba algún hecho llamado Reconcentración? Murmullo. Respuestas aventuradas; deseos de adivinar por intuición lo que se esconde detrás de la palabra. En la clase de hoy estudiaremos la Reconcentración, dice Ramiro. Rogelito bróder sabe que este es el momento. Ahora el profesor tiene que volverse para escribir el asunto de la clase en la pizarra. Haciendo una larga parábola vendrá la tiza desde el fondo paf, a golpear cualquier parte de la verde madera. La mano de Rogelio está lista para lanzar, con el profesor vuelto de espaldas y escribiendo La Reconcentración de Valeriano Weyler; sin embargo, la mente se cuestiona por qué ahora hay fuerzas en la mano, pero poca disposición en el cerebro. Está a tiempo. Pero la palabra Reconcentración, Reconcentración, Reconcentración, propicia que se piense en ella como lo hacen los demás. Y el bróder Tiño, su socio, en la otra esquina del aula lo mira y con la mirada le dice: Dale bróder, ahora o nunca. Pendejo. Soy un pendejo. Reconcentración de pendejo. Y el Tiño bróder desde la otra esquina, bajito, muy bajito: ¿Para eso amarramos la vergüenza, tu vergüenza, en la pata de la cama? Pendejo. Y el profesor, de frente a los alumnos, en espera de que escriban en sus libretas el asunto de la clase, va a hablar.
Corría el año mil ochocientos noventiseis, dice Ramiro. Y de sus labios brota el galopar de los caballos venidos de Oriente. Máximo Gómez y Antonio Maceo, Generales de la tropa, apenas tienen tiempo de reposo. Vienen dejando su rastro de humo en el camino, provocado por la tea incendiaria. Fuego, que arda la caña, gritan los mambises en su avance hacia Occidente, mientras Martínez Campos, otrora uno de los jefes favoritos de España, y ahora Capitán General, dando paseos desesperados alrededor de su silla de gobierno, casi da la guerra por perdida. De los labios del profesor también sale el barco que trae al Marqués de Tenerife en sustitución de Campos, y de inmediato todos ven cómo Don Valeriano Weyler, con los mismos pasos de desesperación, dicta bandos a sus escribanos, cuyos ojos apenas se despegan de los pergaminos.
– Decidido siempre a que las leyes se cumplan, dice Weyler alisándose el bigote y recostado a una de las ventanas del Palacio, hago saber...
Y de su boca, para plasmarse en aquellas hojas, corren los primeros mecanismos fascistas que conocerá la humanidad moderna en esta parte del mundo: La Reconcentración. Arden los sembrados de los campesinos, fusilamiento de hombres en edad de combate por cualquier pretexto, reconcentración en determinadas zonas de grandes cantidades de personas. Alambres de púas. Puestos y garitas de vigilantes. Desnutrición. Malaria. Violaciones y golpizas. La muerte de la forma más lenta que cualquiera en tiempo de guerra pudiese esperar. Valeriano Weyler y la muerte.

Sólo la voz del profesor se deja escuchar. La palabra Reconcentración va tomando su forma, se redondea poco a poco en cada una de las mentes. Rogelio Guzmán Zamora aún no está arrepentido, en cualquier momento puede lanzar la tiza. En cambio, su amigo, su bróder Tiño, no ha intercambiado otra mirada con Rogelio desde que comenzó la clase. Es sólo ojos para los labios del profesor. La mano de Rogelio, su frente, sus axilas, continúan sudando. Yeniley, en las primeras mesas, no imagina la idea que atraviesa la mente de su novio. El profesor habla y habla sobre la Reconcentración y tal parece que toda el aula es presa de las garras de Valeriano Weyler, porque de su saco de palabras puede escogerlas con calma y mantener el éxtasis de forma convincente, no solo en la clase, ni para derrotar a Rogelito en el comedor sino también en la cátedra, como ocurrió la misma noche del incidente. Guzmán Zamora le dijo: Oiga profe, yo quiero hablar con usted. Diga, Rogelio. Lo que usted hizo no es de hombres. Y Ramiro lo miró a los ojos parecido a como lo había hecho unas horas antes y le dijo: Toma esta llave y espérame allá, señalando hacia la cátedra como si no hubiera ocurrido nada. Pero cuando Rogelito bróder tomó las escaleras allí estaba Tiño, socio Tiño, cuenta conmigo bróder, mi sangre, y si el verraco ese tiene líos contigo, conmigo los tiene también, así que vamos. No, viejo, que esto es asunto de hombre a hombre. No. Hasta que llegaron a la puerta de la cátedra y después llegó Ramiro. Vamos, abran esa puerta. Y se abrió. Entraron. Ramiro entonces dijo: Bien, Rogelio Guzmán Zamora. Que lo que usted me dijo no es de hombres. Y el Tiño bróder al lado de su uña y carne Rogelito, nerviosos los dos; nervioso los tres. Sí, los tres. Sepan una cosa, dijo Ramiro, no piensen que voy a pelear con ustedes. A los estudiantes llegó el desconcierto, agudizaron su aire felino dispuestos a saltar encima del profesor. Atmósfera tensa, el Tiño con los brazos cruzados pestañeaba muy torpe. Si peleara con ustedes y venciera, dijo el maestro, todos me dirían abusador; pero si perdiera, ahora mismo tendría que recoger mis cosas y marcharme porque me llamarían pendejo. Yo no soy ni abusador ni pendejo. Soy un hombre. Y luego les habló de la verdadera hombría, del decoro y la honradez. Pero lo hizo con tanta sobriedad y mirándoles tan fijo a los ojos que Rogelio Guzmán Zamora y el Tiño, mantenidos en silencio, no tuvieron otra opción que reconocer cierta coherencia en aquellas palabras. Pero en el albergue vieron nuevamente a la vergüenza amarrada a la pata de la cama y se dijeron que de todas formas esto el profesor Ramiro lo tendría que pagar.

Pagar muy caro, muy caro, decían los españoles, encima de cualquier hija de campesino que se resistía a soportar la violación y era sostenida por soldados esperando turno, para después que el jefe cumpliera su parte. Y les contaré, dice ahora Ramiro, un hecho poco comentado:
En una de las fincas donde reconcentraban campesinos, por la noche, una cuadrilla de españoles trajo a un insurrecto. Estaba herido. Su brazo derecho, casi desprendido de un tajo de sable, era sostenido por un improvisado torniquete que no impedía que brotara la sangre. Atado al cuello y entre dos jinetes que con la soga lo mantenían de pie por puro milagro, vino caminando todo el tramo. Al día siguiente los guajiros lo vieron amarrado a un poste, lleno de fango hasta los tuétanos y casi agonizante. Como todo el que se reconcentra está a un paso de la muerte, los españoles no oponían reparo ante la curiosidad por el nuevo visitante. Dejaron que la gente lo rodeara y que algunos le curasen el brazo con emplastos de hojas y raíces.
– ¿Es verdad que es usted insurrecto? – le preguntó Jacinto Torres al herido. Jacinto era un muchacho de unos quince años que jamás había tenido tiempo de andar más de treinta kilómetros a la redonda, porque desde temprano su principal ocupación fueron las siembras. Conversar con un insurrecto era algo que nunca imaginó sería posible. Trajo agua, miró el brazo y descubrió que en el semblante de aquel hombre solo se reflejaba el anuncio de la muerte.
– Soy mensajero – dijo el hombre entre las fiebres. Y también contó que lo habían sorprendido por casualidad y que pertenecía a las tropas del general Juan Bruno Zayas. Habló de su General como si aquel fuera lo más grande, dijo que era uno de los jefes más jóvenes de la guerra, que poseía un porte fino y elegante y que los españoles sólo de escuchar su nombre ya temblaban. Él sabía, dijo, que dentro de poco terminaría la guerra y era una lástima que le tocara morir tan joven, pero no importaba, porque otra gente, como decía su General, sabría que ellos se habían portado como hombres de su tierra y que nunca la habían traicionado. Todo eso le dijo y a Jacinto Torres se le aguaron los ojos al verle más muerto que vivo y tan firme como el palo al que lo ataron.
– ¿Profesor, y no contó cómo lo agarraron los españoles? – preguntó Yeniley.
– Los españoles no saben que yo soy mensajero – dijo el insurrecto. Contó que el General le había ordenado llevar un mensaje urgente a un regimiento del Coronel Baldomero Acosta y en el camino lo tomaron preso. Después concluyó:
– Según los informes, serán atacados por sorpresa mañana por la noche.
– ¿Mañana? – dijo muy bajo en la última mesa del aula, Rogelio Guzmán.
– Mañana – reafirmó el herido.
Quedáronse mirando el uno al otro. Las posibilidades de hacer algo por aquellos hombres eran más que remotas. Cada cincuenta metros una garita: en cada garita un español armado. Las cercas altas y con alambres que de sólo tocarlos se sangraba, y en la puerta de entrada dos españoles. Nada podía hacerse. Nada, según la lógica común. Además, con la desnutrición que tenía Jacinto, pocos pasos podría dar sin ser rápidamente capturado.
– ¿Cómo avisarles? – dijo el Tiño bróder con la cara metida entre las palmas de las manos.
– ¿Estarías dispuesto a ir?
– Sí – dijo Yeniley.
– Sí – dijo Jacinto Torres, sosteniéndole el rostro barbado al insurrecto.
– Sí – dijeron todos, sin decirlo, en toda el aula. ¿Pero cómo?
Entonces el herido pidió que se acercara y le habló. Un rato después, recostado a la pared de yaguas de un bohío, el muchacho lloraba con rabia por el acto doloroso que tendría que realizar dentro de poco. Sabía que la próxima vez que viese al insurrecto, lo vería muerto. Era la única forma de hacer algo. Y el herido habló claro. Antes del anochecer, como habían previsto, el muchacho se levantó dispuesto a lo que le esperaba. Dentro del bohío, en un rincón, con ayuda de un pedazo de madera abrió un hueco y extrajo una envoltura de yaguas. Desamarró. Tenía guardada una bandera cubana hacía unos meses. La había entrado en el tumulto, cuando lo trajeron con toda su familia para ese lugar. Después de enrollársela en el cuerpo y colocarse el camisón encima, salió dispuesto a encontrarse con su amigo, su mejor amigo, que ya estaría muerto. Mientras caminaba iba pensando en lo que éste le había dicho antes de despedirse.
– Sepárate de mí unas horas – dijo. Después explicó que de todas maneras si no se moría lo mataban y con esa herida poco podía durar; que otros camaradas, dentro de corto plazo, iban a ser masacrados por sorpresa, pero nosotros podemos hacer algo. Cerró sus ojos y con el brazo izquierdo se desató el torniquete: la sangre comenzó a correr. Vete, le dijo. Y el muchacho corrió a sentarse y a llorar hasta que cayera la tarde.
– Pero ¿cómo saldría, profesor? – preguntó otra estudiante del aula.
– Aquí no van a tenerme cuando muera – recordaba Jacinto que le había dicho el insurrecto.
– Los españoles temen demasiado a la epidemia. Cuando me veas muerto corre y díselo al de la puerta. Enseguida te mandarán con otro a que me suban a un caballo, después irán con ustedes más o menos lejos para que me entierren; como es de noche, cuando sea el momento podrás escapar. Que tengas mucha suerte.
Suerte. Eso era lo que Jacinto Torres deseaba mientras en el camino sostenía las riendas del caballo. El otro cubano venía varios pasos detrás con un pico y una pala, junto a dos españoles con sus máuseres. Alejados lo suficiente del campo de reconcentración, dijeron: Alto aquí. Y a distancia, apuntando, ordenaron que bajasen al muerto.

Rogelio aún con la tiza en la mano escucha: Está convencido de que en esta vida no todo es perfecto. Por eso insiste todavía en lanzar la tiza. Para otros, la perfección del mundo podría ser el profesor Ramiro, quien no se ablanda ni cuando cuida exámenes y Margarita, la mejor hembra del aula, cruza y descruza sus muslos con intención. Pero nadie es perfecto, dice Rogelio apretando la tiza, sino cómo es posible que este mismo profesor cuando está de guardia de milicia, orina las flores de las jardineras del pasillo, por el sólo capricho de no llegarse hasta el baño. Él lo ha visto, lleva varios días siguiéndole los pasos a Ramiro y sabe que no hay nadie perfecto: se merece un tizaso, piensa Rogelio.

El pico se alza por encima de la tierra y los españoles, más confiados, comentan de su lejana aldea. Hablan de Galicia y Asturias y de que el calor y los mosquitos son insoportables, mientras una loma de tierra húmeda se va levantando. El caballo resopla cerca del muerto y Jacinto Torres le dice a su compañero que trabaje ahora con la pala. Jacinto se sienta cerca del caballo. Jadea. Es demasiado esfuerzo para tantos días de hambre. Los soldados siguen interesados en su conversación. Jacinto desea suerte.

– Suerte – dice Yeniley.
– Suerte – repite Jacinto Torres y de un salto cae sobre el caballo y lo hinca con sus talones descalzos. Sorprendidos, los españoles gritan: Alto. Alto. Jacinto conmina a su compañero a que monte también, pero éste le dice, Te van a matar, no seas loco, muchacho, mientras el caballo casi les vuela encima a los dos hombres que apuntan, pasa raudo y se aleja entre los disparos y la noche.

– ¿Entonces, logró escapar? – pregunta el Tiño bróder, preocupado allá en el fondo.
– Sí, me he escapado del campo – dice Jacinto. Uno de los ayudantes del Coronel Baldomero Acosta lo atiende y cura bajo el hombro la herida que comienza en la espalda y atraviesa el pecho.
– Hay que dar hierro para que desinfecte – dice el ayudante.
– ¿Hierro? – pregunta Rogelio.
– Sí.
Al instante un cuchillo al rojo vivo lo hace desmayar. Las tropas lograron irse, y Jacinto Torres, convaleciente aún, ardía en deseos de recuperarse para estrenar alguna vez el campo de batalla.

Dentro de unos minutos el timbre anunciará el cambio de turnos. Nadie pregunta, es probable que algunos cuestionen si el hecho ocurrió en realidad o si fue producto de la imaginación del profesor para contagiarlos, pero no lo hacen. Ramiro dice que orientará el Estudio Individual y un ruido seco lo detiene. Todos miran. El ruido viene del fondo del aula, de la mesa donde se encuentra, solo, Rogelio Guzmán. La mano le cuelga. Hay una tiza en el piso. Desplome del cuerpo de Rogelio sobre las libretas. Risas en el aula. Debe ser pura burla en la clase, mi clase, piensa el profesor. Malhumorado dice: Rogelio, no le basta con lo de hace una semana. Todos hacen silencio. El Tiño bróder, uña y carne de Rogelio, corre para donde su amigo. Dice: Tiene fatigas, profesor. El Tiño se acuerda de la vergüenza cuando ve la tiza. Llévenlo entonces para la enfermería. Lo sostienen entre dos. Lentamente. Se retiran lentamente. Después, el profesor, con la mirada, logra imponer silencio. Advierte que puede ser un chiste y que si es un chiste podrá costar muy caro. Yeniley no sabe dónde meter el rostro. Todos la miran, hasta el profesor. Ella pasa la vista entre las losas por no mirar a nadie. Silencio. El profesor dicta la primera pregunta del Estudio Individual. Yeniley dice: Profe, en el piso hay gotas de sangre. Todos miran. Sí. Gotas de sangre. Llegan del puesto de Rogelio. El profesor corre hacia allí. Busca una cuchilla, algo con que haya podido cortarse. No. No hay rastro de cuchillas. En el puesto de Rogelio, Rogelito bróder para sus amigos, guardados en la maleta, están sus libros. Sus libros y una bandera, perforada por un disparo de fusil.

1990

 

 

 

 

 


Corazón partido bajo otra circunstancia
Desde niño me obsesiono con ciertas imágenes, ésta me persigue en los últimos tiempos: Una mujer corre desnuda por un campo de flores al amanecer. Quizás haya salido de algún filme impreciso o de alguna lectura que ya no recuerdo, lo cierto es que se instaló en mi cabeza y de ella no sale. La veo correr (a la mujer, por supuesto) pero cuando no aparece me invento su carrera. De tanto imaginar, lo que al principio resultó placentero (la desnudez del cuerpo, el pelo en armonía con los pasos, sus senos saltando sin maldad, el sol a contraluz, el campo de flores) se ha ido convirtiendo en su contrario. Una mujer corre desnuda por un campo de flores al amanecer, resulta una imagen infeliz, precisamente, por estar plagada de felicidad. No puedo resignarme a tanto idilio. El amanecer, las flores, el sol a contraluz, me ofrecen el tono de la cámara lenta. Para el espectador más simple, fuera de encuadre debería esperarla otro joven con los brazos abiertos. Siempre es así, en el cine y en todas partes. Al principio era yo mismo ese joven, durante un tiempo me fue reconfortante recibirla desnudo y hacerle el amor entre las flores. Luego, cuando me ganó el aburrimiento, opté por sustituirme. Como buen vouyer puse a otro en mi lugar hasta que se gastó la imagen.
Debo aclarar que cuando pienso en la mujer desnuda por el campo de flores al amanecer, a continuación, tejo una historia y convivo meses con ella en mi cerebro. De un tiempo a esta parte me cuestiono ese campo de flores, lo encuentro cursi, manido. La última vez, por simple omisión, con solo agregar una bolsa de nylon a la mujer, logré sustituirlo. Lo que me resultaba idílico, casi irreal, de golpe, quedó convertido en una imagen difícil. Una mujer corre desnuda en el amanecer con una bolsa de nylon, ya es otra cosa. Con solo agregar bolsa de nylon, paso de mi placer habitual a un estado de angustia inquietante. Entonces, mientras la veo correr en mi cabeza, presiento que se llama Laura Miranda, o que por lo menos, así le dicen. Con otro nombre me hubiera sido imposible hilvanar la cadena de hechos que proporciona el cambio. Laura Miranda, llamarse así, resulta paladeable, fértil, completamente opuesto a Julia Pérez Pérez, por ejemplo. La imagino vestida, joven, vital, saliendo apurada de algún sitio importante. Pudiera ser de una Empresa o de algún Ministerio.
Pero cuando me la invento tan común ocurre que después no me apasiona, se pierde entre papeles o entre la multitud y ya no puedo atraparla. Por otra parte, llamarse Laura Miranda no me parece apropiado para oficinistas ni para ingenieras, el nombre se malgastaría puerilmente en la oficina. Prefiero, por ejemplo, utilizarlo en la Radio. Laura Miranda pudiera ser una notable actriz de radionovelas que con cierta prisa acaba de salir de la emisora. La imagino discreta, cotidiana, ausente del mundo exterior, pidiendo el último en la cola del camello. No resulta complejo, al menos para mí, concebir a una mujer de nombre Laura Miranda esperando impaciente en una cola que aborrece y que a la vez tiene en cuenta. Supongo, entonces, que la palabra ensimismada podría ser la ideal para definirla durante su estancia en la cola. Digamos que está pensando en regresar al trabajo. Un angustiante motivo para quien espera el camello es concebir la palabra regreso cuando aún no se ha partido. Además, regreso, encierra otra interrogante: ¿por qué?
Imaginándola en el borde de la acera, viendo los autos pasar hacia occidente, le propongo la siguiente coartada:
Laura Miranda debe regresar al trabajo porque esa noche se celebraría, por todo lo alto, un homenaje a Félix B. Caignet. Hace señas, detiene su mirada en los carros con chapas estatales, maldice su poca suerte cuando los choferes continúan impasibles, o cuando responden con otra seña pretextando que van cerca. El padre universal de la radionovela, es decir, Félix B. Caignet, artista sumamente olvidado, resucita gracias al talento de Laura Miranda. Por azar, por esos malabares que contiene la palabra azar, ella dio con uno de sus guiones inconclusos y, finalmente, lograba imponerlo. De la noche a la mañana, ante los ojos incrédulos de numerosos colegas, dejó de ser la simple actriz de papeles secundarios para convertirse en la mejor realizadora. En silencio, forcejeó con sus palabras y las del maestro, adecuando Corazón partido a las nuevas circunstancias y después, ya con el título y el guion adaptado, se dedicó en alma y cuerpo a convencer al Director de la emisora. Una maniobra tan difícil como detener un carro a esa hora de la tarde. En corto tiempo los televidentes, como por arte de magia posmoderna, volvieron a convertirse en oyentes devotos de las radionovelas, gracias a Félix B. Caignet y al esfuerzo de Laura Miranda. Incluso, una Corporación de Equipos Electrónicos aprovechó ese éxito para inundar la ciudad con unos radiecitos baratos marca Sonido. A pesar del ligero contratiempo en la parada la imagino feliz imaginando el giro que ocurriría en su vida, cuando unas horas más tarde regresara al trabajo. Corazón partido es un éxito rotundo y de ninguna manera ella, Laura Miranda, la precursora del éxito, podía perderse la fiesta donde la felicitaría el propio Ministro de Cultura.
He aquí la razón por la cual Laura Miranda ha marcado en la cola del camello. Imagino su insistencia en detener algún carro, el calor sofocante, el dedo atento, un sin número de ideas taladrando su mente de artista atrapada. Debía llegar, bañarse, comer algo, cerciorarse de que todo marchaba bien con la vieja Amalia, y luego volver. Los únicos veinte pesos que tiene en su cartera están reservados para alquilar algún carro si la coge un poco tarde.
Laura Miranda, en el borde de la acera, podría pensar que conociendo al Ministro de Cultura, la televisión y el cine la recibirían con los brazos abiertos. Dios no daba muchas oportunidades, pero le había dado esa. Corazón partido es el mayor escándalo cultural del país y todavía ella, Laura Miranda, no cuenta en su currículo con un minuto de televisión. Nadie me conoce, se dice, pero a partir de esta noche me van a conocer demasiado.
Luego, de pie, apretujada, con la cartera delante para evitar carteristas, continúa sus reflexiones en el vientre del camello. La imagino dichosa, aferrada a la cartera, asegurando su mano al espaldar de un asiento. Como si no fuera el causante de su dulce existencia permito que actúe, la dejo ser la libre protagonista de mis sueños, aunque de vez en vez, me permita un torcimiento en su historia. Por la ventanilla observa el desconsuelo de quienes no pudieron tomar ese camello, comprueba que afuera ha empezado a llover y, de paso, como si no estuviera en planes advertirlo, descubre el reflejo de su rostro en el cristal. Laura Miranda es una mujer fea, delgada, con demasiada nariz para los protagónicos, pocos con ese rostro se arriesgarían en el cine o en la televisión. Ella lo sabe, supongo que lo sabe, pero desde su infancia cuenta con un viejo coro de famosos narizones como atenuante. Los descubrió en las películas del sábado. En numerosos instantes depresivos, ese coro, unas veces dirigido por Barbra Streisand y otras por el pequeño Dustin Hoffman, canta en su oído que los feos también tienen su oportunidad sobre la tierra. Si por lo menos contara con un par de senos similares a los de la rubia que viaja a su lado, o con menos nariz, y unos labios carnosos donde mostrase la pintura a plenitud, entonces las cosas marcharan de otro modo. Qué carajo, piensa, entonces no fuera yo misma sino esa mujer, rubia, alta, con uñas listas para la lima en cualquier parte, y no habría existido Corazón partido, ni Félix B. Caignet habría dejado de ser un artista olvidado. Lo importante es no detenerse, se dice Laura Miranda, y de repente, como si dialogara consigo misma, escucha su propia voz en otra parte.
Un pasajero al final del pasillo trae un radio entre sus manos, dichoso, como si con ello estuviese prestando un gran servicio al país. El pequeño radio de pilas marca Sonido permite a su alrededor que todos estén pendientes de la voz de Laura Miranda. Pronto comprende que no es ese el único radio marca Sonido que propaga su voz, porque al otro lado de la rubia alguien con portafolios también extrajo el suyo, permitiendo a los oídos de una señora regordeta con jabas, de varios escolares de secundaria básica, y de la propia rubia, que estén al tanto de los sinsabores y desgracias de la protagonista. En el camello hay mucha gente alrededor de esos radios marca Sonido, gracias a Laura Miranda. Pero la radio es otra cosa, en la radio lo importante es la voz, y ella, la mejor actriz de su maldita emisora, de ese antro de envidias, de ese espacio frustrante y de cargas negativas, se siente muy mal. No la soportan, los mediocres no soportan el éxito de nadie, se dice. Y recuerda que Roque, el Director de la emisora, le había dicho hacía un rato:
Laurita, las cosas no son como tú piensas.
¿Y cómo son, Roque, si puede saberse?
Despacio, para que camines rápido.
¿Todavía más despacio?
Yo en tú lugar no me quejaba tanto. Eres una gente con suerte. ¿Sabes cuantos pasan por aquí buscando un chance con sus guiones bajo el brazo? Tú lo lograste.
No me convences, Roque, de verdad que no.
Dale despacio, actúa con cautela.
Cautela mierda, Roque, piensa, cuando su mano está a punto de soltar el espaldar del asiento. Bordean la rotonda de la Ciudad Deportiva y la curva remueve a la compacta multitud que se aplasta contra Laura Miranda. Faltó poco para que cayeran al suelo los dos radios marca Sonido que mantienen viva su voz en el camello. Con cautela Caignet estuviera olvidado y la emisora no fuera la de mayor audiencia. Corazón partido es un éxito, Roque, hay que retransmitirlo si los oyentes lo piden.
Pero yo solo soy el Director, Laurita, no te olvides de eso. Nada más que el Director.
La radio es mierda, Roque, efímera, una máquina de moler instantánea. Aprovechamos ahora o nos jodemos para siempre.
Corazón no puede salir dos veces al aire, dijo Roque, entretenido con el bolígrafo.
Ese cabrón nunca me mira a los ojos, se dice Laura Miranda. Pocos en la emisora se atreven a mirarla de frente. Quizás el C.V.P, en su afán de cerciorarse del personal que entra y sale, o Digna, la recepcionista, que le brinda café fuerte en pomo de medicinas a cambio de que le escuche uno de sus cuentos de ladronzuelos asechando turistas, o los del violador que desde hace meses se ha convertido en un látigo para las mujeres de la cuidad. Puros cuentos, salidos por esa boca con aliento a café, acentuados hasta el delirio para emular con su talento y el de Caignet, y terminados con una frase cortante de recepcionista, que la mira fijamente a los ojos. Pero el resto del personal, comenzando por Roque, prefieren jugar con los bolígrafos y pensar que mientras en un camello haya dos tipos con radio marca Sonido, permitiendo en su vientre la radionovela, todo marcha muy bien en la ciudad.
¿Y las cartas, Roque, no me digas que yo inventé las cartas?
Ahora tengo reunión, pero esto lo seguimos hablando en la fiesta, porque tú vienes a la fiesta, ¿verdad?
Claro que viene a la fiesta, claro que voy a la fiesta, se dice Laura Miranda, a punto de bajar del camello, ¿quién si no yo tiene más derecho a esa fiesta? ¿Quién si no ella tiene más derecho a esa fiesta? Corazón partido se retransmite, aunque me deje de llamar Laura Miranda. Luego escucha su voz en los dos radios y se siente feliz, es una artista con éxito, con mucho éxito. Observa cada uno de los rostros atentos al destino trágico de su personaje y sonríe. Aunque ninguno de esos seres, sus oyentes, la reconoce, se sabe admirada, gracias al talento de Félix B. Caignet y a la suerte de haberse topado con su guion inconcluso.
Las piernas de Laura Miranda evitan los charcos, atentas al menor resbalón. No lleva tacones, pero sabe que debe cuidarse. Camina por la acera del bar de la esquina, ensimismada, reflexiva, sin ánimos para comprobar, como siempre, a los habituales tomadores de ron concentrados en la suerte de los personajes de Corazón partido. Muchas veces al bajar del camello se ha detenido en el rostro del barman, en el sin fin de codos sobre el mostrador, en los vasos con mugre de alcohol pendenciero, en quien ordena silencio al que llega gritando. Pero esta vez, esta única vez, no tiene en cuenta a la gente del bar. De haber mirado hubiese visto, como siempre, su cuerpo en el espejo, los mismos borrachos, y a un nuevo inquilino con barbas, mochila y trago en mano que, concentrado en la radionovela, al mismo tiempo examina las piernas de las varias mujeres que acaban de bajar.
A tal punto la mente de Laura Miranda permanece en la conversación, a tal punto el bolígrafo de Roque todavía bailotea en su cerebro que, justo en el cruce de la línea del tren, un hombre en bicicleta le grita una barbaridad para que atienda. Los planes, las palabras pensadas al Ministro, los aplausos, el diploma que iría a recibir, de no ser por la esquiva del hombre, y por los buenos frenos de la bicicleta, hubiesen quedado truncos junto a un cuerpo adolorido por el golpe.
Es curioso, a partir de ese grito, del gesto del hombre, del asombro de ella, mi insistencia en la imagen de Laura Miranda pierde interés. La siento distante, como si nunca me hubiese inventado una mujer con ese nombre. Permito que camine junto al grupo que se bajó del camello, sin mayores contratiempos. Es una más perdida entre la multitud que esquiva charcos dejados por la lluvia. Al llegar a ese instante, la historia se vuelve incontinuable. Regreso, simplemente, a la imagen del campo de flores, tratando de empezar otra vez, pero es en vano, llego al cruce de la línea del tren, le gritan a Laura Miranda, y luego me enquisto.
Sin embargo, hace unos días encontré una brecha en mi cerebro, en vez de continuar la trayectoria de Laura Miranda, me detengo en la imagen que ofrece ese hombre en bicicleta. Empiezo a configurarlo empleando el mismo método y las cosas me cambian, sobre el enquistamiento prevalece la fluidez. Invento a ese hombre con un viejo pulóver, prominencia de estómago, mocho de tabaco apagado entre los dientes y dos latas de sancocho en la parrilla. Pedalea lento, hago que eluda guaguas, peatones diversos, otras bicicletas, mientras deja atrás el cruce de la línea del tren y el grito que dio a la mujer. Por supuesto, desconoce que se trata de Laura Miranda, la famosa protagonista de Corazón partido, aunque de ello pudiera enterarse unas horas después.
En ocasiones resulto excesivo construyendo su imagen. Pero en los últimos tiempos, con simples pinceladas, he logrado ser preciso. Verlo pedalear en mi cabeza me permite esbozarle su asunto inmediato:
llegarse al Hospital donde trabaja Yunaisy, recoger el sancocho, comprar un litro de ron y alimentar los puercos de la casa. Creo prudente imaginar que los puercos no sean suyos, ni tampoco la casa. Por primera vez los muslos de Yunaisy lo serán,
podría llamarse Navarrete y desde los tiempos de la guerra de Angola ser la sombra de su jefe, ahora gerente de una corporación,
como el jefe no está, Navarrete garantiza la vida de los puercos y de paso cuida la casa en compañía de los muslos de Yunaisy,
Yunaisy, pantrista del Hospital, comenta con los enfermos Corazón partido, pero desde la ventana se interrumpe cuando ve a Navarrete en dirección al patio,
Navarrete sumerge sus manos en los latones del Hospital y Yunaisy, dichosa, lo espera junto al par de bicicletas, porque van a pasar un buen día,
imagino los codos de Navarrete con restos de arroz con frijoles, las latas de sancocho rebosantes, el mocho de tabaco equilibrado, peste, mucha peste, cuando acomodan la carga en la parrilla,
ahora pedalean sobre la humedad del pavimento, Navarrete compra ron en el bar, Yunaisy, mucho más joven que él, lo espera, lo ve venir satisfecho por la compra, guarda la botella en la cajita de madera de su propia parrilla y protesta porque ya está repleta,
Navarrete, descamisado, sudoroso, sin mocho de tabaco en la boca, voltea el sancocho en el corral, acomoda la comida con sus manos, acaricia los puercos, acompañado por dos perros pastores, y es feliz imaginando el par de muslos de Yunaisy,
Navarrete, desde el patio, todavía con los codos embarrados, adivina lo que está cocinando Yunaisy, adivina lo que guarda entre sus muslos Yunaisy, y los perros, babeados, con sus grandes colmillos al asecho, se recuestan al muro,
Navarrete, convencido de que no hay ladrón que salte ese muro, lo observa mejor para sentirse tranquilo y toca el bulto que tiene en la entrepierna, porque es la primera vez que va a gozar con Yunaisy,
Yunaisy, cocinando, escuchando por enésima vez el cassettico con Corazón partido que le prestó un paciente, es todo llanto por las lágrimas de Laura Miranda, mientras Navarrete, impertinente, sin sentimientos, con maldad parecida al malhechor de la novela, se le acerca, le levanta el vestido y a pesar de su vientre, la conecta con furia por atrás.
Esas imágenes mundanas me permiten continuar con la historia de Laura Miranda. Inexplicablemente, vuelvo al cruce de la línea del tren. Navarrete le grita, A ver por dónde caminas, comemierda, y ella cae en la cuenta de que poco faltó para que la aplastaran con esa bicicleta. Pero no solo ella cayó en esa cuenta, desde el bar cercano a la línea, por el espejo, varios ojos pudieron apreciarlo. Entre ellos, los del hombre barbado y con mochila, que, dejando el capítulo de la radionovela inconclusa, acabó de un trago el medio vaso de ron y empezó a caminar detrás de Laura Miranda. Mejor dicho, detrás de la rubia que bajó del camello junto a Laura Miranda. Para el hombre, desde el mismo instante en que las vio aparecer, las piernas de esa rubia le proporcionaron un indescriptible cosquilleo, una erección incalculable, un deseo de seguir tras sus pasos sin calcular las consecuencias. Y si detectó la presencia de la otra, es decir, la de Laura Miranda, fue por causa del grito del hombre en bicicleta.
Dos cuadras después, mochila al hombro, alcohol de mala muerte en la cabeza, él continúa su persecución placentera. La boca salivea imaginando muy cerca esas piernas, el peso de la mochila no existe, las gotas esporádicas de lluvia no caen sobre su cuerpo cansado, a Laura Miranda jamás le han gritado desde una bicicleta. Laura Miranda, como todo lo demás, es un simple espejismo. Nada existe para el hombre barbado, salvo la belleza de esas piernas. Los tres se alejan en la misma dirección, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. Para el perseguidor, sin embargo, habrá un instante favorable. Tiene que haberlo. Apelando a un filoso cuchillo esa rubia tendrá que aceptar y ser suya. Lo sabe, por eso siente confianza, camina despacio, sin tener en cuenta a esa otra que avanza a su lado. Todo es cuestión de ganar la otra cuadra. Pero, contrario al pronóstico, por azar, por esos malabares que contiene la palabra azar, alguien, capa en mano, sale al encuentro de la rubia, la abraza, besa su boca con total aspaviento, brinda protección inesperada, dejando al pobre hombre, barbado, con mochila y cuchillo dispuesto, sin saber dónde meter sus pretensiones.
La ve partir bajo la capa, bajo el brazo del aparecido, y siente deseos de llorar. El mundo vuelve a ser el mundo otra vez, las aceras vuelven a tener charcos de agua, la noche está a punto de caer y la mujer delgada a quien gritaron comemierda, en la línea del tren, vuelve a ser Laura Miranda. Por supuesto, él no conoce su nombre, y tampoco pudiera imaginar que esa enjuta figura pertenezca a la actriz que le apasiona los sueños. Queda unos segundos jadeante, con las gotas de lluvia resbalándole en la cara, las piernas de la rubia en el cerebro y la erección dispuesta. Pero no todo está perdido, piensa el hombre catando ese cuerpo, aferrando sus dedos al filoso cuchillo, caminando de prisa, apretando ese cuello. No todo está perdido, gracias al azar, a esos malabares que contiene la palabra azar.
Para Laura Miranda el vaho cercano de ese hombre resulta inexplicable, amenazante, mucho más el cuchillo. Quiere obedecer como Dios manda, pero el hilo de su orina resbala por las piernas y encharca sus zapatos. Camina o te pico, putica, mi putica, escucha en el oído con dureza de alcohol y con vaho. Siente el brazo encima de su hombro tan familiar como el del hombre que esperaba a la rubia, y sin saber cómo, se va alejando de los charcos, las guaguas, los camellos, las calles, la ciudad, la vida. La hoja de un cuchillo, a cada instante, le recuerda que pertenece por entero a ese hombre. Toma por trillos, por ciertos caseríos, bordea las paredes de un muro alto que protege una gran casa, siente perros ladrar del otro lado, siente la voz de un dueño que controla, siente puercos, siente su propia voz en Corazón partido, sin poder avisar a sus oyentes que ella es Laura Miranda y se acaba de orinar en sus zapatos. Quiere gritar a cuatro vientos que por culpa de un hombre y de un filoso cuchillo se va cortando el cuello cuando el desnivel del camino lo propicia. Pero detrás queda la posibilidad de auxilio, el accidente, el tropiezo con alguien capaz de comprender, a simple vista, lo imposible que es la relación de un tipo con ese estalaje y una mujer que acaba de salir de una emisora.
En un rincón de una antigua escuela primaria se ve desnuda, amarrada, muy cerca del vaho y de todo el rencor de ese hombre. La humedad dejada por la lluvia, sin embargo, la salva un poco del sometimiento, le permite respirar, oler a tierra recién removida. Pero de inmediato descubre, a menos de dos metros, el hueco proporcional a su tamaño donde va a ser enterrada. Laura Miranda, con la mordaza impidiéndole el grito, suelta lágrimas para aplacar la cercanía de ese hueco. Comprende el final del guion inconcluso que es su vida. Llora. Maldice haber tomado el camello, maldice al mismísimo Ministro de Cultura, maldice a Félix B. Caignet y a Corazón partido, maldice a la vieja Amalia. Siempre digo que va a durar más que yo y miren esto, piensa. Laura Miranda podía haber quedado en la emisora hasta la hora de la fiesta, soportando los cuentos de la recepcionista, entibiando sus labios con café fuerte en pomo de medicinas, esquivando miraditas rabiosas de colegas en celo, editando, calculando sus palabras al Ministro. Pero Amalia, la vieja Amalia, siempre, desde una ancha butaca, le exige su vuelta de agregada. ¿Acaso cuando me muera no te vas a quedar con todo esto?, gánatelo entonces, le dice. ¿Quién la mandó a ella, a Laura Miranda, no haber nacido en uno de esos hospitales de La Habana? ¿Quién la bautizó con sus problemas de vivienda? ¿Quién la sacó del pueblecito, la puso en un tren a probar suerte y luego dejó caer ante sus ojos el maldito guion de Corazón partido?
Por el momento llorar es su consuelo. Mientras, el hombre se da un trago de alcohol, sin apuro, convencido de que es el dueño de la noche y de Laura Miranda. A su lado está el cuchillo, filoso, ofreciendo seguridad de culpable; más cercanos, el pico y la pequeña pala que permitieron abrir ese hueco. Laura Miranda vuelve a mirar el hueco. Tanto desgastarse con las palabras de Félix B. Caignet, sus giros lingüísticos, las mudas temporales, la vieja Amalia, rufianes y señoritas prudentes adaptados a los tiempos que corren, para, finalmente, terminar en un húmedo hueco. Su llanto aflora incontenible, se siente perdida, pero el propio instinto de vivir hace que no pierda de vista cada gesto del hombre. Lo observa, le siente el olor a larga ausencia de baño, el silbido fúnebre, la sonrisita maliciosa cuando le mira el sexo. Lo ve rascarse la barba y darse otro trago, como si estuviera en el medio del monte, de campismo.
Vas a gozar de lo lindo, cabroncita, dice, cuando le toca el sexo, pero no siente erección acariciándolo. Hubiera preferido cualquier otro. Tiene que pensar en las piernas de la rubia para sentirse a gusto. Por más que la mira, con ella, con Laura Miranda, los deseos no aparecen. Mientras la toca, quizás revise en su memoria la colección de buenas piernas que ha tenido, y de paso, las veces que luego de alcanzar el placer, sin más remedio, apenado, casi llorando, ha pedido un humilde perdón a esas mujeres antes de acuchillarlas. Para él, cualquiera de aquellas piernas resulta superiores a la carne de gallina que ahora acaricia, y cuando sus dedos recorren con desgano ese cuerpo, quizás esté augurando su última vez. Por eso, y por su mala figura, nada en ella le resulta apetecible, pero el azar, esos malabares que contiene la palabra azar, la puso en su camino para su mala suerte. El daño ya está hecho, cabroncita, dice, solo falta que este se pare, y de rodillas aproxima su cuerpo a la carne de gallina de Laura Miranda. Repasa cada parte sonriendo, frotando el pantalón en la entrepierna, pero su esfuerzo es inútil. Entonces, prefiere ganar tiempo, abrir con cuidado la mochila, extraer una bolsa de nylon, un radiecito marca Sonido, un farol que prende al instante y unos panes con pasta.
Ella lo ve comer recostado a la pared de la escuelita, eructar como un puerco, sintonizar el radio, prender un popular humedecido, darse un largo trago y saborearlo satisfecho. Digna, la recepcionista, no se equivocó cuando advertía la presencia del tipo en la ciudad. Sus cuentos, de tanto repetirlos, parecían argumentos de películas del sábado. Nadie en la emisora soportó esas historias con la misma paciencia de Laura Miranda. Las víctimas eran personajes cercanos, vecinos de la recepcionista, amigos de amigos de amigos que cobraban forma gracias a su lengua con aliento a café. Niñas, jovencitos y mujeres violadas, descuartizadas, enterradas, de manera increíble pasaron por su boca, como pasaría ella misma cuando alguien topara con su cuerpo, convertido en una pasta hirviente de gusanos, y después transmitiera la noticia.
Cabroncita, tú eres una cabroncita, dice el hombre desnudo, ya conseguida la erección, el cigarro a medio terminar, arrodillado otra vez entre las piernas de Laura Miranda. La repasa con fuerza y no siente la carne de gallina en la mujer, porque se le ha convertido en la rubia. Esas piernas que toca son las de la rubia. El bajo vientre que escupe, tratando de lubricar una carne imposible, es el de la rubia. La penetración furiosa, el vaho alcoholizado y las palabrotas que suelta cuando gime, se pierden en el cuerpo de la rubia. Pero quien se estremece, muy cerca de un hueco, es Laura Miranda, la actriz principal de Corazón partido, alguien que sufre como sus personajes y se siente morir bajo la torpeza de un hombre. Goza, cabroncita, le grita desesperado, y la taladra, la muerde, la destroza, mientras ella concentra el pensamiento en el amarre de sus manos. Lo importante es vivir, Laura Miranda, alejarte un buen tiempo de ese hueco, continuar con Corazón partido, retransmitirlo las veces que los oyentes sugieran, conseguir casa propia, convencer a Roque, al Ministro, llegar de una vez y por todas al cine y a la televisión. Suficientes motivos para lacerar su carne con la soga, sentir el rasguño en la piel, la lágrima que rueda en su mejilla. Lo importante es vivir, Laura Miranda, aunque barbado y satisfecho, ese hombre se incline gritando a cuatro vientos: Goza esto, cabroncita, para después caer exhausto sobre el cuerpo imaginado de la rubia, como un niño al cumplir con sus deberes.
Desde hace algún tiempo me cuestiono esas lágrimas de Laura Miranda. En vez de permitir que ellas afloren, muy contenida, la pongo a respirar en la humedad. Sin que el hombre barbado despierte tratará de escurrirse para luego intentar la carrera. Pero antes, deberá forcejear con un nudo. A tientas, con mucho vaho y aliento de alcohol pendenciero, lo tendrá que intentar. La imagino nerviosa, sudando, como si hubiese disfrutado de la fornicación. Ese hombre dormido sobre ella, con todo el tiempo del mundo a su favor, dentro de poco la enterrará para siempre. Solo podrá impedirlo si vence el amarre. Todas sus fuerzas las concentra en descifrar ese amarre. Los relojes del universo detienen su marcha para que Laura Miranda desate un amarre. Pero sus nervios no lo tienen en cuenta, la traicionan. El nudo es mayor que su deseo. La intención, superior a la confianza. Desde el radio marca Sonido escucha las palabras del viejo Estanislao, la voz de la emisora, su emisora, que le llegan como si fuese un milagro. Ese viejo, con múltiples disculpas, informa a los amables radioyentes que, en lugar del programa acostumbrado, transmitirán otro especial con la presencia del Ministro. Laura Miranda se concentra en la voz. Tiene que hacerlo. El ronquido del hombre barbado no impide que pueda imaginar a ese otro, ojeroso, con su saco dril cien de ceremonias oficiales, dichoso por su ausencia. Ella debía estar allí, en la emisora, impidiendo que el viejo locutor le gane espacio, pero el azar, esos malabares que contiene la palabra, la ha puesto muy cerca de un hueco. Laura Miranda forcejea con el nudo, llora, es la figura principal, y no ese viejo mediocre. Bastante ha sufrido por su histórica voz. Buches que resultaron amargos por su causa. Habladurías. Chismes de pasillo. Maquinaciones para que Corazón partido se frustrara bajo cualquier circunstancia. Laura Miranda, muy cerca del Ministro, le intenta explicar su problema de vivienda, los sinsabores, sus angustias, el anhelo de llegar alguna vez al cine o a la televisión. Pero sus nervios, como siempre, la traicionan. Balbucea palabras inexactas y el Ministro comprende, da palmaditas en su hombro y la invita a caminar por la emisora. Laura Miranda es una artista feliz, Roque también es feliz, un Director de emisora feliz. Ella va a decirle, Mire, Ministro, necesito que usted, pero las palmadas continúan en su hombro. No tiene tiempo de hablarle porque el viejo locutor también lo asedia. Y Roque, y el C.V.P, y la recepcionista, y todos los que jamás imaginaron su presencia en la emisora. Laura Miranda tiene al Ministro delante y no le salen las palabras. Pero el nudo, esa trampa que el azar le interpuso, ha logrado zafarse. Solo queda intentar, discretamente, un buen desplazamiento. Luego, correr, perderse para siempre del rencor y del vaho.
Estimados radioyentes, repite el locutor, y el hombre barbado despierta. El hilo de saliva que une su boca con el cuerpo de Laura Miranda se corta cuando comienza a moverse. Ha descubierto que en el radio las cosas no marchan como siempre y tarda unos segundos concentrado en las palabras del viejo Estanislao. Luego comprende.
Ahora tocaba Musicalia, dice, parece que no la van a poner. Siempre es lo mismo.
Despegándose de Laura Miranda bosteza todavía agradecido, la mira con malicia y se lamenta otra vez por la ausencia de la rubia. Recostado a la pared maldice las palabras del viejo locutor, prende un cigarro y se da un largo trago. Por el modo casi brutal con que empina la botella llego a intuir que la necesita demasiado para sentirse a gusto. Tiene todo el tiempo del mundo a su favor y lo sabe. Su méntula, muerta por el reciente goce, descansa muy encogida entre las piernas. Pero gracias al efecto del alcohol, dentro de poco, la tendrá tiesa nuevamente. Él lo sabe, la toca, la rasca con cierto placer y luego mira al radio.
Lástima que hoy no pongan Musicalia, dice, dispuesto a conversar, gesticulante, como si se encontrase en un inmenso teatro y Laura Miranda no fuese la única espectadora asustada. Entonces, parlanchín, rasca su entrepierna, explica con lenguaje tropeloso que él es medio romántico, tú sabes, enfermo a Musicalia, que la hubieran pasado mejor con canciones románticas, gozado de verdad, mi cabroncita, porque no hay nada como templar con buena música, que por él no había quedado, que como dice la canción, quiero que pases bien tu última noche, pero quitaron Musicalia, que el Ministro en persona felicita a esa gente, que mira si están en alza con esa novela, que debe ser tremenda esa Laura Miranda, que seguro tiene pesos cantidad, que es la Directora, la escritora, la artista principal, y a la que más entrevistan por el radio, que quien lo viera con Laura Miranda, que si a ella, cabroncita, le gustaba esa novela, que él es buen observador, que le ve cara de culturosa, nariz larga como las putas que se burlan de quienes oyen novelas, que quién lo viera, caramba, con Laura Miranda, que va y un día se pone a esperar cuando salga y la trae hasta aquí, que le hizo una pregunta y no había respondido, que lo perdonara, que con ese trapo en la boca no hay quien responda, que ya vamos entrando en confianza, que fíjate bien, que voy a quitarte ese trapo, que si gritas te jodes, que aquí nadie te oye, ¿me entendiste?, ¿que si te gusta esa novela, recoño?
Claro que me gusta, dice Laura Miranda, y le parece que es la voz de una muerta la que escucha. Pero tiene que hablar, entretenerlo, contemplar cómo se gasta en la botella, esperar a que duerma.
Esa Laura Miranda es del cará, insiste el hombre sin dejar de mirarla Tiene revuelto hasta al propio Ministro. El dirigía antes la UNECA, yo me acuerdo, eso está en el Vedado.
La UNEAC, dice Laura Miranda.
¿Cómo dijiste?
Que no es la UNECA, es la UNEAC, ella se anima desde el suelo. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba.
Da lo mismo, cabroncita, todas esas cosas son iguales, dice el hombre, y otra vez le aparece la erección, pero prefiere escuchar las palabras del Ministro, cuando felicite a los actores de Corazón partido. Aún el viejo Estanislao, con música de fondo, engola su voz, y el hombre, pensativo, concentrado en la botella, siente cómo el radio comienza a fallar. Son las pilas, se dice, son las pilas. Quita su mano de la méntula tiesa y decide cambiarlas. Busca en la bolsa de nylon, vuelca sobre el suelo húmedos cigarros, mugrientos carnés plasticados, viejos recortes de periódicos y dos pilas bien envueltas. Pero, por mucho que se emplee en su maniobra, no olvida la última frase de Laura Miranda, sonríe, se siente adivino, casi sicólogo por su descubrimiento. En asuntos de siglas, no todo el mundo es capaz de establecer las diferencias.
¿Ves?, en eso yo nunca fallo, tú eres culturosa. Quien quita que seas un peje importante, y uno todavía sin saberlo. ¿A ver, dime cómo te llamas?
Laura Miranda, dice Laura Miranda.
El hombre casi suelta el radio con semejante noticia, las pilas caen, se riegan por el suelo, pero las deja para mirar a la mujer, profundamente. Luego, sin poder evitarlo, intenta contener la carcajada:
¿Así que tú eres Laura Miranda? ¿La de Corazón partido?
La misma.
Chica, tú piensas que yo soy comemierda.
Si quieres te cuento la novela, dice Laura Miranda, te digo lo que pasa al final con la muchacha.
Tú no tienes vergüenza. Con lo mala que estás ya quisieras ser la uña de Laura Miranda.
Aunque no lo creas, soy Laura Miranda.
Cabroncita, dice el hombre, cavilante, incrédulo, burlón, detectivesco, con las pilas otra vez entre los dedos, más fácil se coge al mentiroso que al cojo.
Pregúntame lo que quieras, suplica Laura Miranda.
No, si no voy a preguntar, él estira su mano, tantea la cartera, registra, encuentra el carné de identidad, abre páginas, lee, se muere de la risa. Así que Laura Miranda, no me jodas.
Ese es mi nombre artístico.
Aquí dice Julia Pérez Pérez y esto no falla, comemierda.
Te digo los nombres de todos los actores, el del operador de sonido, el del C.V.P. Hace cinco años que conozco a esa gente. Yo soy Laura Miranda.
Mija, dice el hombre, etilizado, burlón, de poco te sirve ese cuento. Ahora todo el mundo quiere ser
Laura Miranda. Hasta yo voy a hacerme esa idea. Tú eres Laura Miranda.
Imagino a ese hombre, varios minutos después, acomodándose sobre Julia Pérez Pérez, como si lo hiciera sobre Laura Miranda. Me lo invento, además, mordiendo su boca como el malvado de la radionovela, repasando su carne de gallina, ya convertida en la mejor de las carnes, gracias al alcohol pendenciero, para después desgarrarla con el poder de su méntula. Mientras, el Ministro, desde el radio, entrega diplomas al valioso colectivo de Corazón partido, y los oyentes del país, junto al personal de la emisora, son testigos de sus exhortaciones, a enfrentar con el espíritu en alto, los desafíos de la Cultura para el próximo milenio.
Porque la Identidad Nacional, compañeros, explica el Ministro, hoy, a cada instante, nos pone a prueba, y ustedes, este abnegado colectivo, con su entrega total, ayuda a consolidarla.
Aplausos, palabras del Ministro, movimientos que taladran. Aplausos, palabras, movimientos. Lágrimas. Voz del locutor. Café fuerte en pomo de medicina. Dedo viejo amenazante de Amalia. Ojos escrutadores de C.V.P. Bolígrafo de Roque. Piernas de la rubia. Dientes manchados de la recepcionista. Palmaditas en el hombro. Movimiento. Aplausos. Palabras. Promesas. Movimientos. Y una enorme lágrima comienza a rodar por la mejilla de la mujer más triste del mundo. Julia Pérez Pérez es un pedazo de carne ensalivada por el vaho de un pobre hombre. Llora, se siente morir, tiene encima un cuerpo exhausto que yace satisfecho, mientras los aplausos ahogan las últimas frases de un Ministro. Los ronquidos del hombre no impiden la resonancia del discurso. Ni las palabras del viejo Estanislao, para anunciar que la normalidad continúa en la emisora, destruyen su nudo en la garganta. Julia Pérez Pérez suplica para que el vaho de ese hombre se convierta en un sueño profundo. Necesita de un sueño profundo. Mira telarañas imprecisas en el techo, en espera de un sueño profundo. Mira cómo el farol chino comienza a pestañear, deseando ese sueño profundo. Mira el cuchillo, la bolsa de nylon, su cartera. Empezará despacio el sutil desplazamiento. Tendrá que imaginar, como si no estuviera bajo un cuerpo pesado, muy cerca de un hueco, que también sus palmadas forman parte del coro que aplaude. Debe pensar de ese modo. Tiene que pensar de ese modo. Es una más en la emisora para decir que fue bueno el discurso. Con suma discreción, aparta un brazo del hombre. Camina entre el tumulto de colegas que también la felicita. Logra quitar su cabeza de la cabeza del hombre. Debe hablar con el Ministro. Otra vez se parte el hilo de saliva conectado a su hombro. Está casi en la calle. Está casi fuera del hombre. Roque y los demás dirigentes rodean al Ministro. Solo quedan sus piernas atrapadas en las piernas del hombre. La recepcionista brinda café, le enseña el pomo. Solo tiene una pierna atrapada entre las piernas del hombre. El Ministro, antes de marcharse, hace señas, la saluda. Ella contiene un suspiro muy cerca del hombre. El Ministro se siente turbado, no se explica la mirada de angustia de Laura Miranda. Ella intenta acercarse, quiere decirle que no es Laura Miranda. Él la mira. Ella siente desnudo su cuerpo de Julia Pérez Pérez. El Ministro se siente turbado, no se explica esas manchas de sangre y esperma en una artista tan fuerte. Ella yace nerviosa, a un costado del hombre. El Ministro la mira tocándose el pelo. Ella intenta explicar que está muy cerca de un hueco. El Ministro no entiende. La recepcionista muestra su pomo, grita que siempre lo ha dicho. El Ministro no entiende. Ella quiere llorar, ella sabe que no puede llorar, pero Roque sonríe, Estanislao sonríe, la recepcionista sonríe, la vieja Amalia sonríe. El Ministro contempla su embarre por última vez; dice adiós desde la ventanilla del auto. Ella también dice adiós. Lo ve partir inclinada en el borde del hueco. Respira hondo. Siente la pequeña escuelita al revés. Su cabeza está a punto de estallar. Todo da vueltas. Todos sonríen.
Pero el hombre barbado, totalmente borracho, extraña la ausencia de mujer bajo su cuerpo, tantea, la encuentra, la vuelve a acomodar y la penetra, balbucea palabras inconclusas, maldice la vida, se incorpora también a las vueltas que agobian a su víctima, como si en la penetración una extraña descarga pudiera transmitir ese mareo, pero a diferencia de ella, se trata de un hombre feliz, encima de la mujer que pensaba escaparse, borracho, pero feliz, inseguro, pero feliz, babeante, pero feliz, con el poder de una méntula tiesa para garantizar esos golpes, con el poder del alcohol pendenciero para no arrepentirse, con el poder de una lista anterior de mujeres, con el poder de un inmenso cuchillo, y se siente feliz, y se duerme otra vez, y otra vez volverá la mujer a intentar la escapada, y otra vez el jalón hacia abajo del cuerpo, y otra vez esa méntula en las mismas entrañas, otra vez, y otra vez, y otra vez, nueve, diez, catorce veces durante la noche.
La emisora dejó de transmitir desde hace mucho y el radio emite ruidos como prueba de su lamentación. Amanece, los gallos cantan, a lo lejos se escuchan automóviles y Julia Pérez Pérez, ausente de todos los ruidos, insiste. Su cuerpo logra salir de ese cuerpo otra vez. Luego, casi sin fuerzas, de pie, mira al hombre barbado totalmente borracho. Necesita correr y no puede. Necesita ser Laura Miranda y no puede. Necesita bordear discretamente ese hueco y no puede. Necesita dejar de pensar en la sangre que corre por sus piernas y no puede. Necesita no ser puro nervio, y mareo, y esperma, y no puede. Solo apoya el cuerpo a la pared, contiene el llanto, descubre al hombre en su eterno tanteo, casi despierto, y con torpeza, sobrepuesta a la náusea que la agobia, toma la bolsa de nylon como si fuese su cartera, sabiendo que ha perdido mucho tiempo.
Una mujer corre desnuda por un campo de flores al amanecer, para que Felix B. Caignet, antes de partir, con saco dril cien y bigotico de los años cincuenta, cansado de esperar, no aplaste su cigarro todavía. El amanecer, las flores, el sol a contraluz, indican que Félix B. Caignet, pudiera quedarse un rato más fuera de encuadre, y la mujer, descrita por la voz engolada del viejo locutor, se idealice en la mente de cada radioescucha, apareciendo feliz, entre aplausos, griticos y emociones, en el capítulo final de la novela. Pero en este ordinario amanecer no son posible las flores, ni la cámara lenta, ni la voz engolada, ni el mismísimo cigarro de Félix B. Caignet, cuando su zapato lo aplasta con estilo de los años cincuenta. La mujer no aparece, y el artista, otra vez olvidado, con todo el clamor de la tristeza en su garganta, acomoda para siempre su saco dril cien, y se marcha. Nadie puede resignarse a tanto idilio. El amanecer, las flores, el sol a contraluz, desaparecen con Félix B. Caignet, porque esa misma mujer, desnuda, corre con una bolsa de nylon, y eso ya es otra cosa. Con solo agregar bolsa de nylon, del placer habitual se transita a un estado de angustia inquietante. El jadeo, la sangre, la esperma, el mal aliento, un filoso cuchillo, se imponen brutalmente en la memoria, y también la desnudez de ese hombre barbado, dispuesto a silenciar toda la imagen. Ella lo intenta borrar con una torpe carrera. Resbala. Cae. Se levanta. Vuelve a caer. Pero no suelta la bolsa de nylon. Su cartera quedó junto a un hueco y la bolsa tiene dentro el pasado del hombre: húmedos cigarros, recortes de periódicos, carnés que pudieran hundirlo para siempre en su miseria. Él lo sabe. Pero ella no piensa ni en bolsas ni en carteras. Solo quiere vivir, apartar para siempre el rencor de un cuchillo. Imagen lacónica, triste, alejada de su origen plañidero, cuando se pudiera imaginar que ese hombre barbado conoce que al final del camino, un muro alto protege a una gran casa y pondrá límites a tanto jadeo. Por eso él corre con cierta confianza. Ese muro, como si fuese la muralla de un gran feudo, cuando aparezca ante su vista, será el punto final de la carrera. Un final de cuchillo en el vientre de la protagonista confusa por la trampa de un muro, alto, bordeante, protector, dueño de todos los límites cuando se acerca un cuchillo.
Pero el azar, esos malabares de la palabra azar, hace que Laura Miranda, por un instante, deje de ser Julia Pérez Pérez, para que también la buena suerte le acompañe. La buena suerte desde lo alto del muro, convertida en un grupo de personas expectantes, que le gritan, No te puedes morir Laura Miranda. Si te mueres, si te matan, quién nos contará buenas historias para olvidar las otras, quién nos venderá los sueños que solo tú puedes, quién ocultará las frustraciones, los baches de las calles, las colas, los derrumbes, la muerte, la tristeza, si te mueres, si te dejas matar. No te puedes morir Laura Miranda. Desde lo alto, sentados y en profunda tensión, el Ministro, Roque, la recepcionista, el viejo locutor, el hombre del radiecito en el camello, el del portafolios, la rubia, la viejita con jabas, los estudiantes de secundaria, el grupo de clientes del bar y el mismísimo Félix B. Caignet, gritan, señalan, apuntan con sus índices hacia el único hueco del muro, para que en la inercia de la propia carrera, esa muchacha, desnuda, no pierda el impulso y se apoye, se alce, se sienta escapar, como un ángel de cuentos de hadas, cuando esté a punto de entrarle el cuchillo.
Sus admiradores, frenéticos, nerviosos, envueltos todavía en la pasión del comentario, son testigos del salto de Laura Miranda. Gracias al punto de apoyo, la vieron caer del otro lado, como si no fuese Julia Pérez Pérez. Para ellos, nunca será exacta esa altura, ni el tamaño del filoso cuchillo, ni la angustia, ni el jadeo del hombre barbado, que maldiciente, resignado, sumergido también en el asombro, vuelve sobre sus pasos, antes de que alguien lo advierta desnudo y con cierto cuchillo. Fin de tragedia feliz. Cuando se piense en su suerte, podría suponerse, que todas sus culpas las tendrá que pagar como buen malhechor de novelas, porque Laura Miranda jamás ha soltado la bolsa de nylon. Fin de tragedia feliz. La recepcionista lo comenta con el viejo locutor, y Roque y el Ministro, lo aprueban moviendo sus cabezas. Caignet, resignado, después de tanta angustia, toma su saco dril cien y se marcha. Estos no son tiempos de él, sino de Laura Miranda. Desde el muro, conmovidos, todos lo ven marchar con su tristeza y un telón de mala muerte comienza a caer. Fin de tragedia feliz, de no ser por el ladrido de unos perros. Con la tensión de la carrera se olvidaron de los perros.
Pero Navarrete, impertinente, sin sentimientos, con maldad parecida al malhechor de la novela, dueño de toda la confianza, porque no hay ladrón que salte ese muro, continúa conectado a las carnes de Yunaisy, por enésima vez. Yunaisy, ojerosa, satisfecha, equilibrada en la méntula tiesa, todavía es todo llanto por las lágrimas de Laura Miranda. Ambos casi rompen la silla cuando escuchan el ladrido de los perros. No esperaban el ladrido de los perros. Tampoco ese ruido en el corral de los puercos. Chillan los puercos. Ladran los perros, y vienen hacia Laura Miranda. Van a destrozarla con sus dientes babeados. Chillan los puercos. Ella intenta correr. Ladran los perros. Tiene que ganar esa puerta. Corre. Chillan los puercos. Llega a la puerta del patio. Cierra primero. Llega primero. Entra primero. Ladran los perros. Y Navarrete se siente culpable con su méntula muerta. Tiene en la silla a Yunaisy desnuda y se siente culpable. Dos mujeres desnudas y se siente culpable. Una, dichosa por la orgía de la noche, y esa otra, marcada para siempre, que tiembla y se cae.

1998