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Apoptosis

Apoptosis


Cinta sin fin, escena repetida (imagen, fotograma); el espacio fijo de dos figuras vivas e inertes hasta la muerte del sol, como un escenario masoquista o un cuadro de Giorgio de Chirico, más expresamente “Héctor y Andrómeda”, de 1917, seres apuntalados de rostros vacíos, hombre y mujer de madera claveteada. En mi caso es la explosión inmóvil de una muchacha durmiendo en un ómnibus a las tres de la mañana, sin la mínima noción de su cuerpo ofrecido a mis ojos, con leve tintineo de pulseras y collares a lo Janis Joplin: como esta, seguramente drogada, cuerpo que traduce sus simulacros de muerte como ideal erótico y yo hurtándole la geometría a través de mis pupilas de animal deseante, hora irreflexiva de hombre en solitaria poniendo a jugar sus garras hambrientas de cuerpos-campos, cuerpos-cultos, el mismo ritual de caza de hace miles de siglos, pero yo (por alguna oculta razón de mi maldito lenguaje estructurado) no soy capaz de una trasgresión de espacio (mínimo espacio de metros, a decir verdad) y me sumerjo en espacio de dudas, maldita timidez, la misma contorsión de rituales nunca oportunos, casi siempre tardíos (Pienso que sería mejor la certeza del gato de la fábula frente a mil alternativas de la zorra, ¿La Fontaine?) En fin. Llega mi parada y voy a perpetuar la pestilencia de un regreso a casa sin haber tocado su polen. Ella se va en música de cuentas ensartadas con sus ojos cerrados, se va lejos, se pierde tras el horizonte de las calles mal iluminadas, poseída por el imaginario psicoquímico, en tanto yo anoto los dados mentalmente y me inundo de epítetos denigrantes: “Maricón; eres un maricón. ¿Por qué no le dijiste nada?” (La impotencia puede llegar a ser una categoría histórica.)

Y ahora de vuelta a los girasoles castrados, dormir un poco y enfrentarse a la misma luz triste del devenir inmóvil, tenaz orientación de androide mal pagado, paisaje desértico.Claro que la fábula existe porque el destino (o el azar) se traducen como abismos fractales que se bifurcan en millares de autopistas y uno puede tener la suerte de pisar de nuevo ¿infinitamente? el mismo camino, sin saber hasta donde conduce o envejece. En esta vida mortal quizás haya leyes específicas para todo suceso aleatorio, para el Caos, paradigmas del nuevo milenio, o tal vez desandamos el mismo cansancio a la muerte y por eso el encuentro, por eso tantos espejos, tanta inercia.

La segunda vez que la descubro es, por supuesto, en otro ómnibus. ¿Poesía urbana? Ella lee El pequeño príncipe en su idioma original, y de vez en cuando se aparta un mechón de cabellos que le cae sobre los ojos. “Sí, es Ella”, me alegro, y trato de situarme frente a su asiento. Al principio no hay el más mínimo contacto, ella no aparta los ojos del libro.“Vaya”, pienso, “Ahora me va a servir el cursito que pasé en la Alianza.”

Respiro hondo y me lanzo: “S’il vous plaít; dessine-moi un mouton”. Ella levanta su mirada húmeda con un asombro leve. Me doy cuenta de que la he interrumpido cuando estaba a punto de llorar. Yo le ofrezco una cara partida por la más ridícula de mis sonrisas. “Dessine-moi un mouton”, repito y trato de ponerle un acento de dibujo animado. Silencio tenso, luego su cuerpo se relaja y ella sonríe y niega con la cabeza: “No sé dibujar, pero puedo cargarte la mochila”

“Ah, bueno, está bien”. Mi sac (qué envidia) despega de mis hombros y va a aterrizar sobre sus muslos. Por supuesto, no puedo permitir que vuelva a la lectura por lo que rompo a hablar convencido de que mis dotes de orador pueden atraparla y me lanzo a una charla donde averiguo su nombre “Me llamo Alina” y descubro con sorpresa fingida que nos encaminamos hacia el mismo lugar (me miento desastrosamente de que, con toda evidencia, mis pasos iban a morir en aquel centro de comunión rockera) y luego, a partir de una ligera reseña sobre Le petit prince (contraseña de símbolos) la conversación deriva hacia nuestros gustos literarios y no literarios. Juego de la verdad: al parecer es una gran lectora, debo cuidarme de aparentar lo que no soy.

Otros datos: le gusta el rock sinfónico (larga disertación sobre los Puerquitos rosados, claro) aunque últimamente le atrae la onda Trip-hop, hace objetos artesanales, pinta también “Muy poco realmente, solo por matar el tiempo, pero no me gustan mucho porque los cuadros me salen demasiado depresivos” y vive a la salida del túnel de la Habana.

Aprovecho para preguntarle sobre el jueves, le explico que la vi dormida en el tren-bus y ella me reprocha el no haberla despertado a tiempo. Luego comienza a llover y como estamos en un espectro de confesiones íntimas, le digo que me encanta empaparme con la lluvia. (mis dos enemigos eternos siempre serán la timidez y la falta de tacto) Ella se entristece. “A mí también me gusta, pero no puedo mojarme; los doctores no me lo permiten”.

La conversación se mueve a un ritmo tan rápido que yo, sin detenerme a pensar, le pregunto cuál es su problema. Ella demora unos segundos en responder, luego yergue la cabeza y sonríe con una mueca: “Tengo la enfermedad del siglo.”

“¿Cómo?” (Yo no entiendo en el primer momento, o no quiero entender)

“Tengo el SIDA.”

Coño. Me quedo sin habla durante un tiempo extremadamente largo, o al menos así me lo parece. “Bueno, en realidad no tengo el SIDA, solo soy seropositiva, o sea, que tengo el virus, pero...”

Yo empiezo a atar cabos con otros detalles de su vida que me ha relatado (la artesanía en un tiempo libre demasiado largo, el que solo pueda salir dos días a la semana) y le contesto con un ridículo “Ah, bueno, no importa” y le revuelvo el pelo y le muestro a dos rockheros que pasean por la calle. “Mira, parece que también van para el Patio.”

Por suerte ya escampó y podemos bajarnos en la parada siguiente sin ninguna dificultad. De pronto todo ha vuelto a tener la tristeza de la luz. Mierda. Qué mala suerte. Por fin después de un siglo encuentro a una niña que aparte de ser bellísima e inteligente, parece que yo también le gusto y resulta que Dios me clava por la espalda. Es para llorar, coño.

“Perdóname, Zepar, pero era mi obligación decírtelo”

Una claridad bajo otra claridad golpeando los ojos. Si digo luego “Bueno, no importa” y río triste es porque está visto que yo nunca me atolondro demasiado. Siempre he sido un pesimista nato. De pronto ha caído un agua limpia y salada y yo comprendo que sí importa pero no me resigno a que el azogue nos separe. Le pongo una mano en el hombro, le digo “Dale, vamos” y trato de aparentar que no estoy muerto.

Seguimos hablando y cuando quiero verme le busco los ojos pero sucede que ella está en Saturno, se olvidó ya de llevar su trauma y de pronto se torna fuego vivaz, lejos de todo gemido autocompasivo y yo me descubro admirando su llamita alegre en medio de la noche. “Ya los verás, están bellísimos, hay uno al óleo que son tonalidades de azules y te da una sensación de invierno.” Poco a poco me ha ido desprendiendo las vísceras y se ha colado en mis entrañas y es absurdo, ¿no?, porque debo estar loco si me enamoro así de golpe de una condenada y de pronto me recuerdo en pleno vuele de ketamina, en el borde de un alero del piso 23 del Focsa, mirando hacia abajo y sintiendo el impulso y el miedo súbito que descorre las cortinas del pasaje al acto “Por Dios, ¿qué estoy haciendo?” y es como si entonces se renovaran las puertas, alguien le grita una obscenidad desde una moto y ella ruge limpiamente con dos buenas malas palabras que me hace comprenderla del lado de allá de ciertos límites inhibitorios, y ya estamos en nuestro destino: se desploma la ciudad con música esquizoide, una fauna de pelos largos, disfrazados de negro brillante, con adrenalina recién sembrada, marcando la ausencia-presencia de lo social, tatuajes, crisis estética.

Saludos a los amigos. Besos, apretones de garras. Alina me toma del brazo. “Ven, te voy a enseñar la exposición” y me lleva a la sala de video donde se alinean las pinturas e instalaciones del rock-art. Allá un tipo listo ha montado un altar con una guitarra eléctrica, cráneos, velas, plumas y fotografías de los mártires de la droga. Ella me explica algunos tópicos y símbolos. Luego nos detenemos frente a una especie de cómics psicodélicos que intentan revitalizar la gráfica de los sesenta. Estación Linkin por los altavoces. Hay un entreacto donde alguien la llama desde el otro extremo de la sala y en eso aprovecha Alejandro (más conocido por “Diony”) para tocarme por el codo y hablarme al oído. “Oye, ¿tú estás loco? Esa tipa está ponchada. ¿Ya tú te acostaste con ella?”

Trato de explicarle que no ha venido a tiempo, que ya lo sé, y de sus propios labios, “Ella me lo dijo”, pero sorprendo los miedos que lo habitan (a él y a todos mis amigos que ahora me miran como si me hubieran perdido) y yo, cobarde, me declaro inocente de sexo fatídico y me siento reconfortado ante la brutalidad del suspiro general de alivio. Lo peor es que Alina viene feliz, pero sorprende las miradas del grupo conformado en Dios acusatorio y emprende retirada. Situación difícil: Está Ella, Dios (los otros) y yo. Un pensar general a lo “Pobre árbol marchito, pobre” y pese a mis intentos de retenerla se escapa. “Me voy con mi gente. Luego nos vemos”, pero sus ojos me penetran, me magian en cuasi despedida final.

Ella se aleja y la Ciudad se llena de sombras. Soy rescatado al grupo. “Coñó, qué susto nos diste. Pensábamos que te habías embarcado.” Me pongo mi disfraz de maldito y me burlo de ellos, como restándole importancia, luego conversamos en el mismo lenguaje de ángeles de la calle, entregados a la música que viene de lejos, el alcohol que llega en sorbo comunitario, cigarros como cada noche y sin embargo estoy pensando en Alina, sentada con los suyos al otro extremo del recinto, pájaros pacíficos y tristes de alas rotas, su mirar en algún punto perdido del suelo.

“Coño, Zepar, pero con tantas niñas que hay te ibas a empatar con una que está en Los Cocos?”

Claro que Diony no entiende todo este árbol de preguntas y circunstancias del que me desprendo, no comprende que estoy cansado de despertar y amanecer solo; la explicación superficial es que yo no soy él, y el montón de muchachas del que me habla nunca se fijan en mí, o a lo mejor la respuesta hay que buscarla a otros niveles más profundos, ¿qué se yo?, habría que preguntarle a Freud o Lacan, o a cualquiera de esos que todo lo saben y que solo he leído a pedazos entre un servicio de biblioteca y otro, y yo por primera vez después de largo tiempo le estaba sonriendo a la noche (qué milagro, ¿no?) y no voy a permitir que el miedo me detenga, porque me está naciendo una forma nueva de ver el mundo y esta visión me viene de muy hondo, ¿entiendes, Diony?, y todo eso me sostiene, viejo, me siento vivo y no como si me faltaran partes que era como me sentía antes, pero eso no vas a entenderlo, y no vas a entenderlo porque ni siquiera lo entiendo yo mismo.

Y por suerte siento que todavía puedo arreglarlo, porque la clave de todo ese vacío puede resolverse atendiendo al mensaje cifrado de los ojos de Alina, y entonces me levanto, me convierto en bufón de pasos ebrios, reaparezco entre bultos de gentes bailando como mariposas; voy sin disfraz, inquieto solo al corazón, aniquilada-mente, y entonces me arrodillo ante ella y la beso en los labios.