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LAS TRIBULACIONES DEL JUEZ PONCIO

CUENTO


–El código penal en su artículo 275 dice: “Será reprimido con prisión de un mes a cuatro años, el testigo, perito o intérprete que afirmare una falsedad o negare o callare la verdad, en todo o en parte, en su deposición, informe, traducción o interpretación, hecha ante la autoridad competente.
Si el falso testimonio se cometiere en una causa criminal, en perjuicio del inculpado, la pena será de uno a diez años de reclusión o prisión.
En todos los casos se impondrá al reo, además, inhabilitación absoluta por doble tiempo del de la condena”. ¿Jura decir la verdad?
El traductor repitió las palabras del Juez Poncio en inglés. El testigo escuchó atentamente y al final contestó con un lacónico sí. En la sala, además del Juez, el testigo y el traductor, se encontraban presentes el Secretario, el Fiscal, el abogado de la querella, el de la defensa y un empleado del juzgado que estaba a sentado detrás de la máquina de escribir consignando en el acta cada palabra que se decía en la audiencia. Este no necesitó que el traductor le dijera qué había dicho el testigo.
–Ya hemos consignado los datos del testigo en el acta, pero a los efectos de confirmar su identidad, por favor, diga su nombre.
–Malcom Deveraux.
–Fecha de nacimiento.
–27 de mayo de 1968.
–Estado civil.
–Divorciado.
–Profesión u ocupación.
–Soy un hombre de negocios.
–Domicilio.
–Migueletes 1068, octavo piso.
–¿De qué localidad?
–De aquí, de Buenos Aires.
–¿Conoce usted al Señor Alfredo Jordán?
–No, no lo conozco.
– ¿Y al señor Jaime Sotomayor?
–Al señor Sotomayor lo conocí en un cóctel que se hizo en la embajada de los Estados Unidos hace un par de meses. 
– ¿Y después de ello?
–No volví a verlo hasta el día en que encontré su cadáver.
–En qué circunstancia encontró el cadáver del Señor Sotomayor.
–Yo había salido a caminar, como lo hago todas las mañanas. Suelo levantarme a las seis de la mañana, bebo un poco de agua y después salgo de mi casa hacia el bosque para dar una vuelta al lago. Siempre bajo por Olleros hasta el lago y después de dar la vuelta regreso. Esa mañana…
– ¿Recuerda la fecha?
–Fue hace tres días… hoy es 21 de febrero, así que el 18. Sí, lunes 18. Le decía, esa mañana, mientras caminaba por el borde del lago que da al Golf vi un automóvil detenido a cincuenta metros de la entrada a este último.
–Al Golf.
–Sí, al Golf. Era un Jaguar dorado. Me llamó la atención, porque no debe haber muchos aquí en Buenos Aires y yo sabía que Sotomayor tenía uno. 
– ¿Cómo lo sabe?
–Porque Sotomayor vivía cerca de casa y me llevó a la mía después del cóctel de la embajada en su Jaguar. Claro, no recordaba la patente ni nada más, pero algo me decía que era él. Entonces me acerqué. Pensé que quizá alguien lo hubiera robado y después lo dejó allí. No creo que haya mucho mercado en esta ciudad para Jaguars robados.
– ¿Cómo lo sabe?
–No lo sé, es lo que supongo. ¿Para qué sirven los autos robados? Para ser vendidos como repuestos. La mayoría de ellos. No por nada es que se hace el grabado de autopartes hoy día. 
–O sea, usted reconoció el auto como el del Señor Sotomayor.
–No lo reconocí, me parecía que era igual, que probablemente fuera. Ya le digo, no sabía que número de patente tenía el vehículo del Señor Sotomayor, pero a simple vista bien podría ser el mismo.
–Y se acercó a él.
–Sí, fui hasta él y cuando estuve a pocos pasos pude notar la cabeza de una persona apoyada sobre el vidrio de la ventana del conductor. Los vidrios son oscuros, así que no podía ver con precisión qué sucedía adentro. Golpeé con los nudillos sobre el parabrisas, delante del conductor y esperé ver una reacción. Repetí la maniobra y nada. Entonces vi que había sangre saliendo por la unión de la puerta y la carrocería a la altura del piso del auto y llamé a la policía. Un patrullero llegó minutos después y al minuto otro. En este segundo auto venía el Subcomisario Ramírez, que ordenó abrir el auto. A mí me llevaron a un costado y no pude ver bien, pero apenas abrieron la puerta se dieron cuenta que estaban los dos muertos.
–¿Los dos?
–Sí, Sotomayor y la mujer.
–¿Qué mujer?
–No sé, vi una mujer de cabello largo con el torso desnudo. 
–Consigne que el testigo se refiere al Señor Jordán.
–¿Era un hombre? 
–Un transexual. Aún no había hecho el cambio de documento. Bah, no sé si quería hacerlo en verdad. Sigamos. ¿Qué sabe de los negocios del Señor Sotomayor?
–Lo poco que sé es que se dedicaba a las exportaciones. Mayormente a España, aunque a veces enviaba su mercadería a Marruecos.
– ¿Qué productos exportaba?
–No lo sé. Estimo que cualquier cosa que le llegara a las manos. Su compañía prestaba servicios a terceros.
– ¿Y usted? ¿Qué tipo de hombre de negocios es?
–Uno muy talentoso. 
– ¿En qué área?
–Podría decirse que en el área de recursos humanos.
–Deberá ser más específico.
–Mis clientes vienen a mí con una necesidad y yo les consigo el talento que necesitan para suplir dicha necesidad.
–Qué tipo de necesidad.
–Le pondré un ejemplo. Si un banco sufre un ataque en sus sistemas, yo les consigo al talento que neutralizará dicho ataque. O si un empresario tiene un problema con un empleado infiel, yo les consigo el talento que lidiará con dicho empleado.
– ¿De qué manera lidian con los problemas?
–Eso es ajeno a mi función, yo me limito a conseguir el talento y contactarlo con mi cliente. Lo que sucede luego no es mi problema. 
– ¿Entre el talento que Ud. recomienda hay asesinos?
–Por supuesto que no. Yo sólo recomiendo expertos en seguridad en áreas diversas.
El Juez miró al testigo. No le gustaba. Sabía qué tipo de personaje tenía enfrente. Operadores de la CIA que se ocupaban de generar ingresos adicionales para sus operativos. Miró al fiscal, se salía de la vaina para hacer preguntas. Las preguntas que harían que le pondrían un moño a la acusación contra el imputado. Pero el Juez aún no estaba listo para ello. No había suficiente información en el expediente para condenar a nadie, mucho menos a alguien que el Juez creía inocente. Hasta ahora sabían que Sotomayor usaba su empresa de exportaciones como tapadera para exportar cocaína a Europa. Le gustaba ir a Palermo a buscar chicas y Jordán era una de sus favoritas, ya que la había llevado a su departamento en Cabildo y José Hernández en muchas ocasiones. Sabía que el día anterior habían estado juntos en ese departamento y que a las cinco y media de la mañana habían salido en el Jaguar para llevar a Jordán a su casa. Estaba seguro que el testigo sabía que en el auto había una tercera persona que obligó a Sotomayor a conducir hasta ese lugar cerca de la puerta del Golf. Que esa tercera persona había disparado en la nuca de Sotomayor y de Jordán con una pistola calibre 22 y había abandonado el auto sin dejar huella. Estaba seguro que esta persona era uno de los talentos que Malcom Deveraux administraba y que había actuado por órdenes de un narco colombiano que estaba decepcionado porque el último embarque que Sotomayor envió a España había sido decomisado. Pero no tenía prueba de nada. Sólo tenía a un hombre que había sido arrestado con el arma homicida. Pedro Lobera, un albañil desocupado que decía amar a Jordán y al cual se le había encontrado el arma homicida. Una Walther P22 que cuesta casi setecientos dólares. Un arma homicida demasiado costosa para un albañil desocupado. Si los hubiera matado a martillazos, sería creíble. Pero la policía había sido muy rápida en encontrar a Lobera y el arma homicida. La misma policía que había sido notificada por el testigo. 
Ay, Pedro, te van a crucificar, pensó el Juez, te quiero salvar pero no puedo. No puedo porque no me atrevo.
El Juez le cedió la palabra al Fiscal que hizo las preguntas que no el magistrado se había negado a hacer. El testigo respondía con soltura. Dijo que no conocía a Lobera, pero cuando le mostraron su foto dijo que lo había visto caminando hacia Libertador cerca de la estación Lisandro de la Torre. Y el último clavo en la cruz de Pedro Lobera fue clavado. Sólo faltaba que el tiempo acabara con su vida.
–Con lo que termina la declaración del testigo. Ahora imprimiremos el acta, el traductor se la leerá para asegurarse de que todo sea como usted dijo y firmará. También firmará el traductor y todos los presentes. 
–OK –dijo el testigo.
Deveraux sonreía mientras escuchaba al traductor leer su declaración. El Juez se sentía atrapado. Qué ganas de procesarte por falso testimonio, ganas que me voy a tener que comer. 
Todos firmaron y se retiraron de la sala del juez. Este fue a su baño privado y se lavó las manos. Se miró al espejo y lloró. 
–Maldito seas Pilatos –dijo en voz alta –, tu cobardía ha condenado a otro inocente.