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LA DIALECTICA DE HEGEL

CUENTO


Nunca compré una mascota. No porque crea que es inmoral hacerlo, sino porque nunca tuve necesidad de hacerlo. Pero puesto a pensar en ello, considero que no lo haría.

Mi primer perro llegó antes que yo. Mis padres tenían un perro labrador de pelo negro que compraron al poco de contraer nupcias. Y decir compraron es simbólico, porque pagaron solamente el valor de las vacunas que el dueño de la madre le había aplicado. Según me contaron, ya que yo aún no había sido concebido, habían ido a comer un asado a la casa de los padres de unos amigos. Esta era una vieja casona ubicada en el partido de Tigre, con un amplio jardín que era custodiado por Odín y Freya. Apenas bajaron del auto, Odín se acercó a mi madre y se pegó a ella, quién a su vez tuvo la sensación de que el perro quería decirle algo. Odín salió corriendo para el fondo y se detuvo a diez metros para mirar a mi madre, como si le pidiera que lo siguiera. Mi madre lo hizo y, al dar vuelta la pared de la casa, vio a Freya con sus nueve cachorros. Estos ya tenían casi dos meses de nacidos y eran una tromba de destrucción de tristezas. Mi madre se reclinó junto a Freya y en un instante tuvo a los nueve cachorros sobre ella.

Al final del día, en el auto de mis padres se acomodó un tercer pasajero, mi fiel Valky.

Yo llegué un año y medio después. Si bien no tengo recuerdos de mis primeros años, he visto filmaciones donde se ve que Valky era mi segunda madre. Siempre atenta  a cada paso que daba, siempre lista para jugar. Esa Bella labradora fue mi sombra durante diez años, hasta que, una mañana, no se levantó de la manta que le servía de cama. Fueron dos días de agonía al final de los cuales un pedazo de mí se fue con Valky.

Al tiempo, mis padres me propusieron ir a buscar un cachorro a una veterinaria cercana que los exhibía como mercadería en su vidriera, pero yo me negué. Si hubiera sido mi madre la fallecida, no hubiera ido a buscar reemplazo, ¿por qué reemplazaría a Valky?

Pasaron los años, crecí, me fui de casa, viví mi vida y me convertí en el hombre que soy. Nunca tuve una relación afectiva duradera. Mis compañeras no eran sino objetos transicionales para un momento determinado de mi vida, sin genuina vocación de permanencia. Nunca le dije te amo a ninguna de ellas. Sí un te necesito, porque era la verdad. Siempre las necesitaba, pero nunca las amaba. Porque si las amaba dejaría de ser libre, porque el amor te encadena.

Entonces, hace cosa de un año, caminaba de regreso a casa cuando escuché un sonido extraño que provenía de un callejón, algo similar a un llanto apagado. Me acerqué a ver qué sucedía y entre unas cajas de cartón rotas vi a un cachorro temblando. Me acerqué, lo levanté y decidí de inmediato llevarlo a una veterinaria cercana para que lo revisaran. Estaba débil y hambriento, pero sano. Cuando terminó la consulta, pagué y de pronto me di cuenta que tenía que llevarme al perro. No era mi intención adoptarlo, pero al sacarlo de esas cajas había asumido de manera implícita el compromiso de ocuparme de él.

Así que al salir de la veterinaria con mi nuevo compañero en brazos fui a una tienda que venía cosas para mascotas y compré lo básico: alimento balanceado para cachorros, un plato para el agua, otro para el alimento, una correa, productos de higiene para perro y alguna que otra cosa más. Cargado con todo, llegué a casa y lo primero que hice fue darle de comer.

Tres semanas más tarde, el cachorro ya estaba mucho mejor, lo que se evidenciaba en el hecho de que había convertido mi casa en suya. Las patas de las sillas comenzaron a poblarse de marcas de mordidas, los almohadones comenzaron a perder su relleno y el pelo del cachorro, que era bastante abundante, comenzó a meterse en todos lados. Pero nada me importaba. La presencia del cachorro había dado una nueva alegría a mi vida y todo lo que hasta poco antes había sido causal de molestia ahora me resbalaba.

Adquirí nuevas rutinas. Me hacía tiempo para disfrutar de caminatas con mi nuevo compañero, me detenía en los parques a disfrutar del sol y comencé a pensar que necesitaba algo más para ser feliz. Fue en uno de esos paseos que conocí a Felicia. Dicen que los perros y los bebes son imanes para las minas. Y quién lo dijo no se equivocó. Un domingo llevé al cachorro al parque y mientras este corría a mí alrededor yo leía un libro. Leía. Es una manera de decir. Miraba a cada tanto la hoja cuando descansaba la vista de seguir al cachorro en sus corridas. Entonces, de pronto levanté la vista de la página y vi a una mujer acariciándolo. Ella me miró y me preguntó si era mío. Mío. ¿Era mío o yo era suyo? Una pregunta difícil de responder. Porque uno es dueño de algo o esa cosa a la cual nos apegamos se hace dueña de nosotros. He visto a hombres esclavizados a sus automóviles, a los cuáles les dedican todo ahorro, todo minuto libre y toda energía que poseen.

–Sí, es mío –respondí mientras dejaba el libro sobre el banco y me ponía de pie para acercarme a ella, ya que estaba a más de cinco metros de donde yo estaba.

–Qué bonito que es –dijo mientras acariciaba al cachorro en la panza mientras este se revolcaba junto a ella –, ¿cómo se llama?

Qué pregunta más impertinente, especialmente cuando después de tres semanas aún no me había molestado en ponerle nombre. La verdad es que no tuve necesidad de hacerlo, siempre que quería dirigirme a él le decía “che, vení para acá, che, salí de acá, che, vamos que salimos”. –Che.

Ella me miró desde su abajo, y yo, desde mi arriba, no podía dejar de mirarle las tetas por el generoso escote. Arréstenme. Sí, le estaba mirando las tetas en vez de los ojos.

– ¿Se llama Che?

–En realidad no le he puesto nombre, pero cuando lo quiero llamar siempre digo “che, vení” y él viene.

–Mira vos. ¿Lindas mis tetas?

Me sorprendió. – ¿Cómo?

–Digo, como no dejás de mirarlas.

Creo que me sonrojé mucho, por como sonrió cuando la miré a los ojos. –Lo siento, no pude evitarlo. Son hermosas.

–Gracias.   

–No suelo portarme así.

–Quizá si me invitas a tomar algo puedas demostrarlo.

–Cuando gustes.

–Ahí hay un kiosco, me gusta el agua mineral con gas.

– ¿Agua con gas? Yo que iba a invitarte con un helado.

–Uy, me estás tentando, ¿del sabor que yo quiera?

–Del sabor y el tamaño que quieras, y si querés, con baño de chocolate.

– ¿Dónde hay una heladería?

–Por el otro lado del parque, allá.

–Vamos.

–Che, vamos.

El perro se puso en alerta y comenzó a seguirnos hacia la heladería. Compramos dos cucuruchos con baño de chocolate y volvimos al parque con suficientes servilletas para comerlo. Che nos miraba con atención desesperada mientras nosotros comíamos, charlábamos y reíamos.

Así fue como Che y Felicia llegaron a mi vida en un momento en el que pensaba que era el amo de mi vida. Y al final, terminé esclavo de mi felicidad.