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EL ÚLTIMO TRAGO

CUENTO


El hombre llegó caminando desde la nada. Su rostro era un mapa de la historia del mundo, con mil caminos andados y mil heridas de guerra. Sus ojos, heridos por un dolor que no tenía origen ni fin, miraban hacia la nada. Daba la sensación de que en realidad estaban vigilando hacia dos lugares a la vez. Pero su mirada cansada no estaba quebrada. Estaba íntegra, llena de orgullo y poder.

El hombre llegó caminando despacio, como si la muerte jamás pudiera alcanzarle. Caminaba moviendo los pies a ritmo irregular, como si cada paso tuviera un objetivo oculto.

El hombre llegó y entró sin saludar. El pulpero lo había visto venir de lejos. Lo había visto partir, muchos años antes, del rincón más alejado del infierno y lo había visto andar por la Tierra desgastando su juventud. Lo había visto en sueños y en pesadillas, en el silencio de la noche y en la soledad de la siesta. Lo había visto con los ojos cerrados y con los ojos abiertos, cuando estaba sobrio y cuando la caña lo dejaba sin el dominio de su cuerpo.

El hombre se sentó en una silla de madera vieja que había junto a una mesa redonda a la derecha de la entrada a la pulpería. Era la única silla del lugar. Todas las otras mesas estaban desprovistas de ellas. De todos modos, nadie iba allí a sentarse, quiénes llegaban al lugar lo hacían para beber una última copa antes de partir.

El pulpero no necesitó hacer preguntas. Buscó una botella de su mejor whisky, Mortlach 1954, un single malt añejado 54 años en barrica de roble español, y la colocó sobre la mesa. La botella estaba sellada, conservando el sabor de la bebida intacto en su interior.

El hombre no se movió. Sus ojos recorrieron el salón recopilando detalles. Una piel de puma, un fusil Remington de la época de la campaña del desierto, una bandera ajada, una foto de nadie, manchas de polvo y humedad, una lagartija cazando su alimento.

El pulpero bajó la mirada, encontró un vaso pequeño y lo colocó sobre la barra. Sacó el corcho de la botella y el aroma de las tierras altas de escocia invadió todo. Suspiró, se sirvió una medida y la bebió. El licor le pegó en el pecho y subió desde atrás de su paladar hasta sus fosas nasales.

–Mierda que es bueno –se animó a decir. El hombre sonrió. Sacó un revólver Colt 1873 de la sobaquera que escondía bajo el abrigo y apuntó. El pulpero cerró los ojos.

–Estoy listo –dijo y el gatillo de acción simple llevó el martillo hacia atrás para liberarlo con la fuerza necesaria para que el percutor diera ignición a la pólvora dentro de la bala y el proyectil comenzara su derrotero desde el fondo del caño hasta la cabeza del pulpero.

El pulpero ya no estaba. El hombre caminó hacia el otro lado de la barra, tapó la botella y la guardó en su lugar.

–Gracias hermano –murmuró mientras pasaba una franela sobre el mostrador para sacar una gota de sangre que había quedado.

El hombre observó el vaso vacío. Estaba limpio, pero lo volvió a limpiar. Quién sabe cuándo llegaría alguien a probar su último trago, pensó, sea cuando sea, no puedo servirle en un vaso sucio.