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BOS TAURUS

Parte sin título


BOS TAURUS

La primera vaca, tranquila, imprudente, apareció en Puerto Leyenda. Pegó su hocico en el cristal, justo cuando Carlos Argentino Mayour, con la boca repleta de carne, espantado decía, Che, mirá una vaca. Marcela Viterbo, acostumbrada a sus bromas, se limitó a sonreír con el tenedor en la mano y señaló hacia el plato. Dejáte de pavadas, Carlitos, claro que esta carne es de vaca, dijo y continuó masticando. Antenoche, pensó Marcela, me juró que no bailaría más en las milongas, que jamás volvería a pisar el Club Armenia, que quemaría los Troilos, los Puglieses, los Piazzollas y se dedicaría a comprar discos de música cubana. Che, mirá una vaca, repitió Carlos Argentino Mayour. En cambio, anoche, se dijo Marcela Viterbo, nos la pasamos bailando tangos hasta que el musicalizador del Armenia no pudo más y nos pidió que nos largáramos. Carlos estaba loco de atar, no debería haber dejado de sicoanalizarse. Primero la tomaba con el tango y ahora con las vacas. Aquí las vacas andaban en los platos o en trocitos sobre las parrillas, pero jamás en las calles. Che, mirá una vaca, insistió Carlos Argentino Mayour poniéndose de pie y Marcela Viterbo, un poco más seria, pero con la misma desconfianza, no tuvo que voltearse mucho para comprobarlo. Era cierto, en la puerta del restaurante había una vaca. Perdón, dentro del restaurante había una vaca. Marcela Viterbo soltó su tenedor de inmediato y se puso de pie. El resto de los clientes del Puerto Leyenda, en la medida en que descubrían la insólita presencia de la vaca, espantados, iban poniéndose de pie. Luego retrocedían, tropezaban, arrastraban manteles, tumbaban platos, gritaban, Una vaca, una vaca, y con sus bocas embarradas de grasa de vaca, corrían hacia la puerta de atrás.
La segunda vaca apareció tranquila, imprudente, en el Subte de Agüero. Casi tropiezan con ella cuando abandonaban el tren. Mirá otra vaca, Marcela, gritó Carlos Argentino Mayour y como gran profesor de estrategias, como buen bailador en las milongas, tomó la mano de Marcela Viterbo, amagó con entrarle de frente al animal, pero giró, giraron, esquivó, esquivaron, ofreció, ofrecieron una variante inesperada, y con esfuerzo, con astucia, con las frentes empapadas por el susto, sólo ellos salieron al andén. La vaca, en cambio, atarugada en la puerta, impedía el paso al resto de los viajeros. Aquellos intentaron demasiado tarde la otra salida y el tren ya se marchaba. Podía verse el rabo del animal atrapado en la puerta, podían imaginarse ciertos signos en los movimientos del rabo, podían sentirse los gritos de espanto. Carlos Argentino Mayour y Marcela Viterbo suspiraron en el andén mientras la hilera de vagones se alejaba con vacas y con viajeros. Pobrecitos, dijo ella. ¿Cómo era posible que aparecieran dos vacas vivas, campantes, en plena ciudad y no estuvieran como siempre, congeladitas en las heladeras o preparadas en trozos sobre las parrillas? El mundo andaba loco, patas arribas andaba. Menos mal que nos salimos a tiempo, se dijo Carlos Argentino Mayour antes de tomar la mano de Marcela Viterbo. Luego, en compañía de otros viajeros asustados, corrieron hacia las escaleras. ¿Notaste que era una vaca idéntica a la anterior?, preguntó Carlos. No, no era idéntica, la primera tenía más manchas negras, dijo Marcela Viterbo y dio un grito al ver que la avenida Santa Fe estaba repleta de vacas. De vacas, de autos, de lluvia y de frío. Hacía frío. Las gotas de agua golpeaban los rostros de Marcela Viterbo y de Carlos Argentino Mayour, quienes tomados de las manos contemplaban el cuadro desolador que se les imponía repleto de vacas. Un grupo de personas no se atrevía a abandonar el colectivo, otro miraba atónito desde la pizzería de enfrente, dos empleados sin tiempo para escapar se habían subido encima de la gasolinera, otros estaban sobre un camión, en el Café Aroma muchísimas personas miraban a través de los cristales. La avenida Santa Fé estaba repleta de bostas de vacas. ¿Y ahora qué hacemos?, gritó Marcela Viterbo, Irnos de aquí, respondió Carlos Argentino Mayour, ¿Pero a dónde?, suplicó ella, A casa, dijo él, Son muchas cuadras, Carlos, esas vacas nos pueden matar, Vamos, Marcela, por Agüero no hay tantas. Jadeantes, excitados, apurados, empapados, congelados, sin soltarse las manos, esquivaron vacas hasta llegar a Charcas y Agüero. Pero en el trayecto resbalaron más de una vez, pudieron verse inclinados, arrodillados, sentados sobre mierda de vaca, más de una vez. Entonces, Marcela Viterbo soltó un gritó histérico justo en esas entrecalles: No puedo más, no puedo más, mirá cómo estoy de mierda, embarrada hasta los tuétanos. Carlos Argentino Mayour, estuvo a punto de responder con otro grito: Marcela, también estoy repleto de mierda, ¿no lo ves?, pero prefirió el silencio. Comprensivo, como buen bailador en las milongas, como gran profesor de estrategias, se recordó perfumado, bien vestido detrás de una mesa confortable en tiempos de oficina y de poder; respiró profundo, colocó la mano embarrada de mierda de vaca en el hombro de Marcela Viterbo, como si se tratara de alguna estudiante en apuros, y prefirió suplicar: Vamos, mi amor, ya falta poco. Marcela Viterbo, impotente, miraba sus manos, el abrigo, a Carlos Argentino Mayour, al mundo embarrado de mierda de vaca y deseó quedarse en Agüero y Charcas llorando con todas sus fuerzas, como si las lágrimas pudieran controlar aquel desastre, pero Carlos Argentino Mayour le repitió, Vamos, amor, ya falta poco, y ambos caminaron muy abrazados entre decenas de vacas.
Sin embargo, cuando llegaron al 1134, Carlos Argentino Mayour no podía abrir la puerta de entrada. La llave le temblaba entre los dedos, las gotas de sudor le empañaban el rostro, la peste a mierda de vaca había terminado por vencer los antiguos olores de oficina. Esto jamás me había pasado, carajo, gritaba. Dejáme intentarlo, Carlitos, suplicaba Marcela Viterbo, mientras la llave caía al suelo una y otra vez. No, yo siempre he abierto esta puerta, no, balbuceó Carlos Argentino Mayour, hasta que convencido de que era un manojo de nervios, un mal bailador de esa milonga, un pésimo profesor de esa estrategia, optó por apartarse y contemplar cómo Marcela Viterbo se inclinaba con calma, tomaba la llave y abría. Maldita puerta, malditas vacas, maldito país, gritó descompuesto, manoteante, pateador, Carlos Argentino Mayour, protegiendo a Marcela Viterbo de las vacas que intentaron acercarse. Cuando pudieron entrar, suspiraron detrás de los cristales, lloraron como niños detrás de los cristales, y trenzaron con amor sus manos embarradas de mierda de vaca.
Tomaron el viejo ascensor hasta el Tercero F y Marcela Viterbo para evitar otro problema con la llave se adelantó dispuesta. Entraron, cerraron con seguro, revisaron como nunca en los rincones, debajo de las camas, en el baño y luego se abrazaron. Suerte que aquí no hay vacas, dijo ella y se echaron a reír. Por fin estaban en casa, repletos de mierda, pero en casa. Las vacas quedaron allá abajo, el mundo andaba patas arriba allá abajo, pero ellos estaban tranquilos, salvados en el Tercero F. Poné un tango, Carlos, poné a Pugliese, dijo ella. Carlos Argentino Mayour quedó desconcertado con semejante petición, dejó caer el abrigo en el suelo y miró a Marcela Viterbo recostada en la ventana.
_ ¿A Pugliese, Marcela?
_ Sí, poné a Pugliese.
_ Pugliese es Pugliese, Marcela.
Carlos Argentino Mayour se acercó al aparato de música, limpió el disco con la parte menos sucia de su camisa embarrada, cerró los ojos, suspiró, volvió a abrirlos, volvió a suspirar, colocó el disco con solemnidad y Pugliese, la orquesta del gran Osvaldo Pugliese, se dejó escuchar en el Tercero F como si estuviera en el mejor de los teatros. Marcela Viterbo abandonó la ventana y se colocó frente a Carlos Argentino Mayour dispuesta para el baile. Ambos acercaron sus cuerpos, juntaron sus mejillas, cerraron los ojos y se dejaron llevar por los acordes del gran compositor. El Tercero F dejó de ser un simple apartamento; quedó convertido en el mejor salón del mundo y de inmediato las ropas de los bailadores perdieron sus manchas. La peste a mierda de vaca quedó sustituida por un olor a mar, a cerveza, a vino tinto, a buen asado, a cigarro. Marcela Viterbo y Carlos Argentino Mayour levitaban, tomaron altura gracias al talento de Osvaldo Pugliese. Pero no, carajo, no puede ser, el mundo repleto de vacas y nosotros bailando un Pugliese, gritó Carlos Argentino Mayour desde la altura y ambos cayeron de golpe en el Tercero F, otra vez embarrados y con peste. Carlos Argentino Mayour corrió al aparato de música y el maestro Osvaldo Pugliese, aún con los dedos en el piano, dejó interrumpido su tango. Marcela Viterbo, abandonada en medio del pequeño salón, guardó su rostro en las dos manos y como bailarina que incumple su sueño se echó a llorar. Los pasos de Carlos Argentino Mayour retundaron en el Tercero F mientras manoteaba como un loco. Pugliese es Pugliese, Marcela, repetía. Marcela Viterbo otra vez en la ventana lo dejó caminar hasta que se le agotaron las fuerzas. Abajo hay muchas vacas, ¿viste?, dijo ella, mejor nos damos una ducha caliente y luego vemos la tele.
Después de un baño casi agonizante estuvieron frente al televisor. Sobre la cama, acurrucados en batas de dormir, con sus pelos húmedos todavía, perfumados hasta la saciedad, como si hubieran competido por ver quien había recuperado mejor su identidad perdida entre mierdas de vacas, se sintieron aptos para indagar por la suerte de los otros. ¿Qué carajos había ocurrido en la ciudad?, ¿quién habría dejado escapar tantas vacas?, ¿cómo era posible que cagaran tanto?, ¿a qué partido político le convenía semejante descalabro?, ¿y qué partido político podría controlar tantos miles de vacas?
Carlos Argentino Mayour sintió dolor de cabeza. Demasiadas preguntas, se dijo y prefirió no responderse ninguna. Recordó a Marcela Viterbo en el baño, repleta de champú, frotándose el cuerpo, advirtiendo costras de mierda entre las uñas, en el cuello, en el pelo. La recordó, además, bajo el agua hirviente de la ducha, con la enjabonadura resbalando por su cuerpo hasta llegar al suelo, con sus inclinaciones, con su femineidad. Recordó la toalla recuperando la cordura de Marcela Viterbo, mientras él, Carlos Argentino, sentado en la taza con un cigarro entre los dedos, miraba cómo su compañera de años volvía a ser la misma gracias al agua caliente, al champú, al perfume que comenzó a frotarse. Cuando Marcela Viterbo salió, Carlos Argentino Mayour dejó caer el cigarro en la taza. También dejó caer, con cierto esfuerzo, su excremento de carne de vacas. Dios mío, se dijo, cómo nos persiguen estos animales. Están más presentes que nosotros, pero somos incapaces de notarlo. Carlos Argentino Mayour juró no comer más carne de vacas y descargó la taza. El excremento se perdió con la fuerza del agua, pero la colilla de cigarro quedó flotando y tuvo que descargar otra vez. Tampoco voy a fumar más, carajo. Con el agua de la ducha cayéndole encima pensó en que tal vez sería prudente alquilar el Tercero F por un tiempo. A estudiantes de otros países que vengan a aprender español. Incluso, hasta podría impartirles clases de tango a los interesados. Luego se lo comentaría a Marcela. Imaginó a un cubano alquilando en el Tercero F. ¿Un bailador cubano?, ¿un músico?, ¿un deportista? No, mejor un escritor. Y un estudiante de California, o de Boston. Mejor de Boston. Y para completar, un sociólogo colombiano. Carlos Argentino Mayour, con semejante combinación de inquilinos en el Tercero F, salió del baño muerto de risa y Marcela Viterbo preguntó, ¿De qué te reís, Carlitos? y él contó sobre los posibles inquilinos que deseaba tener alguna vez en el Tercero F, mientras se acurrucaba en la cama, perfumado, con el pelo húmedo todavía, ya frente al televisor.
_ ¿Y este tipo, Marcela?
En la pantalla, al cocinero del Puerto Leyenda le parecía imposible aquella vaca viva en pleno restaurante. Jamás he visto algo así, dijo para la cámara, dichoso de que lo entrevistaran por primera vez. Carlos Argentino Mayour quiso escucharlo, pero bostezó justo cuando el cocinero dijo que para él las vacas, lo que llamamos vacas, continuaban reduciéndose a sus partes sobre las parrillas, a nada más, ¿viste?, porque en eso era especialista, el mejor entre mejores, como un Maradona en asuntos de cortes de vacas, y si querían los televidentes, dijo, si lo deseaba la televisión del país, ahí mismito y con mucho gusto podía demostrarlo. La periodista confirmó con un guiño cómplice, Pues, adelante, que tenemos tiempo, pero ya Carlos Argentino Mayour quiso quedarse dormido junto a Marcela Viterbo, quien advertía atenta cómo el cocinero del Puerto Leyenda tomaba aire para explicar que la vaca, lo que llamamos vaca, consta o se divide en varios cortes, sí, en varios cortes, ¿viste?; en los delanteros y centrales tenemos el corte Matambre, ¿quién no conoce el Matambre?, esta pieza es la primera que se saca de la media res y se encuentra entre la Paleta y el Cuarto trasero. Mierda de noticia, dijo Carlos Argentino Mayour, no mejoran ni con las vacas cagando las calles, y cerró los ojos. Marcela Viterbo, en cambio, tomó mate, cruzó los pies sobre la cama y escuchó cómo el cocinero del Puerto Leyenda explicaba que para asegurarse de un buen Matambre se debía limpiar la grasita, pero tenemos además la Paleta, dijo, corte que nos aparece a la vista después de apartarla de los huesos, el omóplato y el húmero; de la Paleta, señores televidentes, se obtienen unos bifecitos preciosos cocidos a la plancha o en sartén, o si prefieren otro corte tenemos la Palomita de paleta, ubicada al costado interior de la Paleta entera, la podemos utilizar en guisos, estofada con salsa de tomate o hervida en pucheros, ¿y qué me dicen del Garrón?, ah, maravilloso, ¿viste?, se corta transversal en trocitos y se puede vender como ossobuco o emplear en guisos o hervir en sopas, ¿viste?, pero no olvidemos el Azotillo, señores televidentes, este corte, poco apreciado porque resulta duro si no es de animal joven, por más que lo critiquen otros cocineros a mí me encanta, me las ingenio al picarlo, ¿viste?, y lo convierto en exquisitas hamburguesas, ah, pero la Falda con hueso ya es otra cosa, la Falda con hueso, como es el recorte de la parte del pecho del costillar, si la vaca no es vaca, es decir, si la vaca aún es tierna, ¿viste?, y tiene poca grasa, se puede saborear a la parrilla, si no, su empleo natural es en Puchero, imaginen, estimados televidentes, un suculento caldo para sopa, o imagínenla junto a la Panceta, al chorizo, en las morcillas, con legumbres y con vegetales, ah, la cocina nacional es exquisita, no se olviden de la Falda sin hueso o Pechito de ternera deshuesado, imagínenla sabrosa en la parrilla, pero si algo no nos puede faltar son las Entrañas, ¿viste?, o la Tira envuelta en robusta membrana bordeada por grasita, bien jugosa, ¿y el Costillar?, ¿dónde dejamos el Costillar?, ¿qué me dicen del Costillar?, el Costillar, estimados televidentes, es la estrella de nuestro asado, los criollos de pura cepa, los auténticos nacionales como yo, lo preferimos en su estado primario de desposte, dejándole el Matambre con tapa y falda, ah, maravilloso, exquisito, y ni hablar de la Tapa de asado, el Asado de tira que no tiene comparación con el saborcito que da el hueso de la res, bueno, contamos con tantos cortes, tantos cortes tenemos, la Aguja, el Cogote, el Vacío, sabroso que es el Vacío, la Marucha, los cortes del Cuarto trasero, ¿viste?, aquí se encuentran las piezas más grandes, valiosas y rendidoras de la vaca, tenemos la Nalga, ¿viste?, de allí se sacan grandes tajadas para milanesas y niños envueltos al estilo italiano, también tenemos la Tapita de la nalga, el Cuadril, la Colita del cuadril, la Bola de lomo, el Peceto, y me detengo aquí un momentito señores, miren, el Peceto se utiliza en fiestas para preparar platos fríos, viteltonné, también se prepara en escabeche o con distintas salsas, tenemos la Cuadrada o Contrapeceto, la Tortuguita, en fin, tenemos muchos cortes, ventenas de cortes, ¿viste?, ah, perdón, me olvidaba del Lomo, del Escondido o Arañita o Bife del carnicero, y hablando de bifes, pues, también se me olvidaban algunos tipos de bifes, miren, tenemos los Bifes angostos con su parte de costilla o sin ella, los Bifes angostos con lomo, los Bifes anchos, los Bifes deshuesados, los Bifes de chorizo, ¿viste?, ¿viste?
Hora y media después Carlos Argentino Mayour abrió los ojos. Sentado en la cama junto a Marcela Viterbo estiró los brazos, bostezó y preguntó por la suerte de las vacas.
_ Las vivas, no las que conoce el cocinero, dijo y se echó a reír.
Entonces, Marcela Viterbo, perfumadita, con el control de canales en una mano y el mate en la otra, se dispuso a contarle. Dijo que para los periodistas del siete, del trece, del nueve y de casi todos los canales, la noticia del día era la ciudad repleta de vacas. Corrientes, Callao, Independencia, 9 de julio, todas las calles estaban repletas de vacas y de mierda de vacas, y hoy, por primera vez en muchísimos años, habían estado nulos los reportes de página roja. No hay un solo asalto, Carlos, le dijo. Los atracadores, los matones a sueldo, los taxistas que timaban viejitas y extranjeros con billetes falsos, los raterillos de Corrientes, los ladrones de cuello blanco, habían fracasado en sus intentos por primera vez. Marcela Viterbo, sonriente, se burló de los periodistas de página roja. Están decepcionados, Carlos, sin las noticias usuales, dijo y después explicó que un grupo de asaltantes de un edificio en Palermo optó por devolver los objetos robados cuando al salir se toparon con decenas de vacas. Consideraron aquello como una advertencia divina, un aviso y prefirieron largarse. Un sujeto que corría con la cartera robada a una anciana a la salida de una casa de cambio quedó enganchado en los tarros de una vaca. Los asaltadores de un restaurante, llorando se quitaron sus pasamontañas, pidieron perdón a sus víctimas y lo devolvieron todo al ver las puertas selladas por decenas de vacas. Increíble, Carlos. La oposición política acusaba de incapaz al presidente del país. El presidente, consternado por tantas noticias de vacas, habló diez minutos a la nación y ahora mismo sobrevolaba la ciudad en helicóptero. El Ejército tenían una sola orden imposible de cumplir debido a la presencia de las vacas: sacar los tanques a la calle. Marcela Viterbo tomó mate y de repente dejó de sonreír. ¿Sabés otra cosa, Carlos? En Mataderos, qué nombre más repulsivo para vacas, ¿viste?, un grupo de chicos Caras Tristes confirmaron a la prensa que ellos fueron los primeros en advertir la presencia de las vacas. En plena calle, cuando consumían como siempre su ración de Poxiram, vieron la primera. Quedaron fríos, Carlos, patitiesos quedaron. Pensaron que esa goma de pegar zapatos, el maldito Poxiram, estaba demasiado fuerte esa vez y los había hecho alucinar viendo vacas. Pero apareció la segunda, la tercera, la cuarta, comprendieron que eran vacas de verdad y entonces sacaron sus cuchillos, Carlos. No tardaron en destripar la primera. Dicen que al principio en la Villa Miseria pensaron que el asunto de las vacas era broma de pibes drogados con Poxiram, pibes jodedores que luego se acuchillarían entre ellos cuando se aburrieran de gritar que había vacas sueltas. Pero las cosas cambiaron pronto, Carlos. Los vieron correr hacia sus casuchas con grandes pedazos de carnes encima, con las patas traseras a cuestas, el lomo, las delanteras, y ya no fue lo mismo. Los pobres diablos de la Villa Miseria no lo podían creer. Vacas sueltas en las calles. Cientos de vacas sueltas y sin dueño por las calles. Dios existe, al fin hay una prueba de que Dios existe, madre mía, dicen que dijo un anciano blandiendo un machetín afiladísimo. ¿Sabés lo que dijeron los que probaron la carne, Carlos? Son vacas, pero no saben a vacas. Eso dijeron. El sabor no era el mismo que imaginaron o el mismo que suponían o el que debería tener la carne de vaca. Cuando se preparaba como Dios manda, dijeron, al pincho o a la parrilla como Dios manda, la carne de vaca debía tener otro sabor y no ese. Aunque ellos no pudieran asegurar cómo era el verdadero sabor de una vaca, por la cantidad de tiempo que no comían carne de nada. Marcela Viterbo tomó mate y mencionó a Maritza Carrasco, ¿te acordás de esa chica, Carlos? La líder de los Caras Tristes en Mataderos, la que a veces sale en la televisión. Dicen que dijo a la prensa que ella lo había advertido. Algún día esto tenía que suceder, dijo. En un país donde esos animalitos se dan como la mala yerba, ya es hora de repartir parejo panes, peces y vacas, dijo. No sé leer ni escribir, pero conozco el dolor de la miseria, dijo. Por otra parte, Carlos, dicen que en Nicaragua y Scalabrini Ortiz, una anciana de origen lituano soñó con vacas caminando en la ciudad. Detalló el suceso a la joven escritora Carolina Abatte, quien ya tenía el texto listo para publicarlo. Y como si fueran autos paseaban vacas, le dijo la anciana. Y cagaban mucho sin comer, puntualizó. Y volaban las vacas en mi sueño. Y un gordo muy gordo comía carne con la boca embarrada de grasa. Y fuera del lujoso restaurante un pibe revisaba en la basura. Y el pibe y el gordo se encontraron en la calle. Y el pibe dejó de revisar para mirar al gordo y el gordo se detuvo un instante para mirar al pibe. Y el pibe iba a decirle algo, pero el gordo no le hizo caso. Y cuando se sentó en el auto, justo cuando se sentó, el pibe pudo ver cómo una de aquellas vacas le cayó encima. ¿Hay algo más triste que eso? ¿Puede haber algo más triste que eso?, preguntó la anciana. Marcela Viterbo tomó mate y contó que Diego Armando Maradona había apoyado el sueño de la señora de origen lituano, las sentidas palabras de la señora de origen lituano. Es hora de repartir goles y vacas, advirtió. Según la joven escritora Carolina Abatte, en el sueño de la anciana las vacas también sabían distinto a las vacas normales. ¿Sabés por qué, Carlos? Porque estaban muertas. Eran vacas muertas. Las vacas que andan en las calles son las que han sido sacrificadas, destripadas, descuartizadas y consumidas por este país desde su fundación hasta la fecha. ¿Y sabés por qué salían a las calles, Carlos? Porque sólo tenemos en cuenta el corte y no la vaca entera. ¿Dónde está nuestro monumento a la vaca? ¿Dónde queda expresada nuestra adoración? No tenemos nada, Carlos. Entonces, todas las vacas que han sido salieron a las calles. Marcela Viterbo, con lágrimas en sus mejillas, dijo que Carolina Abatte confirmó a la prensa que ya Evaristo Carriego, amigo entrañable de la familia de Borges, había previsto en un poema el descalabro de tanta vaca suelta. Pero el cantautor Fito Paez, quien también fue entrevistado, aclaraba a la escritora que en realidad el anuncio de las vacas cagando la ciudad aparece por primera vez en una obra de arte justo en un tango de juventud de Osvaldo Pugliese, cuyo nombre en ese momento él, Fito Paez, no recordaba. Mirá qué coincidencias, Carlos. Sin embargo, aclarando más las cosas llamó al canal televisivo el escritor Horacio Battista para precisar a Carolina y al cantautor que en realidad, como lo prueban documentos en archivos de la Biblioteca Nacional, Evaristo Carriego sí había escrito el poema y también era cierto que Osvaldo Pugliese había compuesto el tango, pero basado en el poema de Carriego, y el tango, estimados televidentes, se llamaba Bostaurus.
_ ¿Bostaurus?, preguntó Carlos Argentino Mayour.
_Bostaurus, repitió Marcela Viterbo.
_ ¿Pugliese compuso Bostaurus?
_Sí, Carlos querido, Pugliese compuso Bostaurus.
_ Claro, ahora lo comprendo todo, Marcela.
_ ¿Qué cosa?
_Por eso en vez de bañarnos enseguida, cuando llegamos nos dio por bailar un Pugliese.
_Bostaurus es una metáfora, Carlitos.
_ Y Pugliese es Pugliese, Marcela.
Carlos Argentino Mayour sacó un pañuelo, limpió las lágrimas de Marcela Viterbo, apagó el televisor y la invitó al pequeño salón. Mientras Carlos Argentino Mayour seleccionaba un disco en el aparato de música, Marcela Viterbo abría la ventana. Un aire helado penetró en la habitación y Osvaldo Pugliese, el gran Osvaldo Pugliese, otra vez se dejó escuchar en el Tercero F como si estuviera en el mejor de los teatros. Marcela Viterbo, en bata de casa y con las mejillas enrojecidas por el frío, se detuvo frente a Carlos Argentino Mayour dispuesta para el baile. Ambos juntaron sus cuerpos y se dejaron llevar por los compases. El maestro Pugliese, frente al piano, no les perdía de vista los pies. Al bailador hay que mirarle a los pies, recordó que así le explicaba su padre. Porque un tango, un buen tango, además de ser música, es un pensamiento triste que se baila, y Carlos Argentino Mayour y Marcela Viterbo lo demostraban en el Tercero F. Bostaurus, Bostaurus, el tango de las vacas, el homenaje que jamás se había hecho, estaba dictándose en los pasos de dos bailadores. Un buen profesor de estrategias y una elegante mujer pegaban las mejillas al ritmo de Osvaldo Pugliese aunque estuviera abierta una ventana. El maestro no dejaba de mirarle los pies, tampoco descuidaba la orquesta. Bostaurus era el tango del país, la metáfora que necesitaban todos, el argumento sobre el que se sostenía la historia cultural de un pueblo con peso. Bostaurus, Bostaurus, Carlos Argentino Mayour y Marcela Viterbo lograron levitar sin mucho esfuerzo, tomaron una altura de centímetros y los pasos en el pequeño salón dejaron de escucharse. El maestro Osvaldo Pugliese comprendió que era hora de ofrecer el giro melódico que los catapultara. Ya están a punto mis bailarines, se dijo y conminó a la orquesta. El piano, los silencios, los violines sonaron distinto y la propia música indicó que había llegado la hora. Vamos, muchachos, salgan de aquí, gritó el maestro y Carlos Argentino Mayour y Marcela Viterbo, salieron por la ventana. Bailaban encima de las vacas, encima de la ciudad. Pasaron por Agüero y Charcas, por Santa Fé, por Corrientes, por Rivadavia, por Medrano, por Callao. Contemplaron la ciudad llena de vacas, sintieron una asombrosa peste a mierda de vacas, pero no dejaron de bailar. Jamás dejaron de bailar. Vamos, muchachos, gritaba Osvaldo Pugliese, bailen Bostaurus. Llegó la hora. Compartiremos un tango y un minuto de amor. Con tantas vacas no puede haber tristeza. Vamos, muchachos, necesitamos metáforas. Bostaurus no es un corte. Es la vaca entera, gritaba Osvaldo Pugliese, el gran Osvaldo Pugliese, a punto de la risa, y de las lágrimas.