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A perpetuidad

A perpetuidad


Me dispuse a entrar en el abandonado altillo con un sentimiento de añoranza que me obligó, como un cuchillo en la espalda. No lo hacía desde aquel día en que perdí el control. Con el paso del tiempo había atesorado momentos buenos y quise recrearlos sentándome en la vieja mecedora que ella tanto había amado. Pero, al acercarme a la puerta y sentir el olor extraño que emanaba de allí, no pude dominar el temblor que me detuvo. Mis piernas se aflojaron. Tuve que sentarme en la escalera. Entonces la escuché: “pasa, entra, te estoy esperando”.

Su altivez me desafiaba una vez más. Enardecido, envuelto en cólera, me incorporé para matarla cuantas veces fueran necesarias. Tomé el picaporte y la puerta se abrió antes de que lo intentara. Ingresé pisando bien fuerte para que, de nuevo, sintiera mi autoridad. La puerta se cerró detrás de mí con un golpe seco.

Su imagen fantasmal estiró la mano, la introdujo en mi pecho y me arrancó el corazón.

 Mientras mi alma caía en un pozo infinito, atrapada por sombras que me jalaban hacia abajo, no  dejé de escuchar su risa y la odié más que nunca.