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Ochocientas cincuenta y dos

Ochocientas cincuenta y dos


Ha pasado más de un año que llevo recluida en mi apartamento con dos habitaciones. Eso es lo que anuncia el helicóptero que sobrevuela la calle, invitando a los sobrevivientes a salir por primera vez desde “el encierro forzoso”, aquel en que por afuera pusieron trabas a las puertas de casas y edificios no sin antes dejarnos una dotación de comida y la recomendación de rendirla como si nuestra vida dependiera de ello. La advertencia terminó siendo cierta, aunque en aquel momento solo reinaba la desinformación y el miedo. Y ahora… esas mismas voces autoritarias piden algo que ya había olvidado que fuera posible: ¡Salir! Me tiemblan las piernas ante la idea de tener que hacerlo.
 
En vez de eso camino en círculos y hago un recuento en mi mente nublada. Nerviosa ante la certeza de que alguien vendrá y abrirá la puerta que ha sido objeto de pesadillas, enemiga y verdugo despiadado. La misma que por tantas horas de oscuridad se mantuvo imperturbable e inamovible y que, de pronto, amenaza con abrirse intempestiva, mientras yo temo que se dispersen mis miedos recluidos aquí desde entonces; temo que entren nuevos; temo que colisionen en mi interior y mi encierro se convierta en mental y eterno.
 
El audio en el altoparlante insiste en que salgamos para comenzar la cuenta. Hace mucho que cambié mi obstinación personal por contar los días y en vez comencé a contabilizar con precisión todos los objetos que me rodean, al mismo tiempo que les di un nuevo nombre de pila a cada a uno. Un nombre que reflejara más su nueva utilidad, que cargara con alguno de los sentimientos que ya solo podría experimentar dentro de estas paredes, un nombre al borde de la locura y mi desespero. Ahora puedo asegurar que todos esos objetos han pasado también una transformación, más allá de la pintura y diseños monótonos que les pinté, producto de mi reclusión y mi profesión de artista. Todas mis cosas sufrieron cambios y atestiguan, al igual que yo, el desgaste y la opresión de este confinamiento.
 
No tuve otra opción. Mis lienzos y libretas de dibujo fueron lo primero que agotó mi desesperación, como un adicto que no prevé la abstinencia. Me quedé sin una hoja en blanco mucho antes de agotar la comida que racioné, hasta ingerir una mordida al día. Aprendí a vivir con un ardor permanente que fluía desde mi esófago hasta el hueco en mi estómago, como el viaje en la montaña rusa más peligrosa del mundo. Entonces que me dediqué a pintar en muebles, paredes y objetos y, al terminar de darles color, como regalo, les obsequié un nuevo nombre. Rasgué, en el último objeto, la única gota restante de color de mi tubo de pintura, como un legrado doloroso que ponía fin a una existencia ahora lejana.
 
Como no pude dibujar más, obligué a mi mente a dar vida a esos objetos fríos, únicos compañeros en mi encierro. Al tener ahora un nuevo nombre, comencé a sentirlos cercanos, confidentes y cómplices de una locura premeditada; una que quería obligar a visitarme antes de que lo hicieran otros males más peligrosos, como la creciente obsesión de ver el cordón de la persiana, y hacer un cálculo entre su fuerza, mi peso y la inclinación final que tendría el que podría ser mi último lienzo suspendido hasta el fin de mi aliento.
 
El mensaje que perturba los cielos se vuelve cercano, pero aún habita en el exterior y yo solo tengo conciencia de mi mundo interno, este compañero improvisado, tatuado en mi memoria sensorial, por eso que hago un esfuerzo por traer todo a mi mente. Son ochocientas cincuenta y dos cosas las que tengo a mi alcance: infamia, certeza y lujuria, las que más usé y a las que más pensamientos dediqué. Dejaron de ser plato, sillón, y almohada. Deseché esos nombres y los dejé partir por la delgada rendija debajo de “sombra” (la antes llamada puerta que, clausurada, recluyó mi existencia), imaginé que esas palabras flotaron libres por el corredor del edificio, hasta abrirse camino a la calle en donde se perderían para siempre, en la última memoria que pudiera recordarlas. Sin ser pronunciados nunca más, sucumbirían al silencio.
 
Silencio. Así fue como comenzó todo. La resignación ante el inminente aislamiento, la retracción de los sueños y la reflexión mental que no alcanzó palabras. El tiempo suspendido entre la incertidumbre y el miedo. Días sin horas, amaneceres sin propósitos, sol sin testigos de su sombra hasta que incontrolable y sin transición llegó el momento del Ruido. Sirenas, gritos, llantos. Sonidos de vidrios rotos que helaban la sangre pues su proximidad profetizaba peligro. Las calles se convirtieron en zona de guerra, como río del inframundo en que los cuerpos flotan a la deriva, solo que en éste permanecieron estáticos; ni demonios de profundidades tuvieron intención de subir por ellos. Fue esa razón que tapé mi única ventana después de esa visión dantesca. Usé lo que pude; tristeza antes llamada tela; negación antes conocida como cartón; y en ese momento mi reclusión forzada se tornó dolorosa, voluntaria, como herida incurable que nos obliga a despedirnos para siempre de una articulación para mantenernos con vida. Dejé en la ventana, sin embargo, espacio para la única rendija de aire que comunicó mi existencia todo este tiempo con el más allá, antes llamado afuera.
 
La grabación autoritaria repite las mismas palabras en bucle y yo me empecino en ignorarlas y recapitular lo más posible, ante el inminente cambio de realidad que se avecina. Durante este tiempo sin registro no atesoré ninguno de mis pensamientos, obstinada por ocultar todo bajo capas de pintura y ninguna palabra. Ahora, me ahoga el apremio de recordarlo todo de golpe y el dolor es el mismo al de una cascada intempestiva que arremete contra un frágil cuerpo a la deriva. Por mucho tiempo me comuniqué con mi vecina, del lado derecho de mi apartamento, dando golpes en la pared. Una abuela con una decena de nietos que quedaron recluidos en otro pueblo, en espera de unas vacaciones a su lado, postergadas como los buenos deseos de una carta que perdió el rumbo. No hablé mucho con ella antes del encierro; era ella quien me soltaba sus historias de viejo en cada encuentro fortuito en el corredor. Y yo asentía y reía entre dientes a la espera de que su anécdota llegara a su fin y pudiera apagar esa luz en sus recuerdos para yo seguir la mía propia. Sería mentira decir que me arrepiento de no haber hablado con ella entonces; era obvio que su necesidad de platicar se imponía a la mía. Sin embargo, y siendo sincera, me entristece no poder hacerlo ahora, cuando el sonido de mis palabras se quedó sin testigos y fue sustituido por el tono hueco de los golpes, a veces eufóricos y otras, simple obstinación espaciada por saberse viva. Ese sonido se convirtió en mi diálogo exclusivo, mi contenido profundo, en la única vía de mi expresión. Sentimientos simplificados sin palabras. Único recurso con un solo canal de transmisión que sensibilizó mis sentidos sin proponerlo y, al poco tiempo fui capaz de intuir cuando mi vecina se encontraba más nerviosa de lo habitual y yo trataba de apaciguar su sentir con golpes espaciados, como el corazón en calma de una madre al abrigo de su cría. Este esfuerzo me provocó en ocasiones caer rendida de cansancio y buscar consuelo en certeza, como mi último refugio que sabía no iría a ningún lado y estaría firme para confortarme. Así fue como vivimos lo que ahora me parecen muchas vueltas de sol. Hasta aquella ocasión, en la que no importó el ruido que yo hiciera, el sentimiento que pusiera en mis golpes, o las cicatrices visibles que dejé en la pared para provocar la respuesta de mi escucha, reinó tan solo y de nuevo el silencio.
 
Esa fue la primera vez que lloré hasta quemar mis ojos y sufrir su sequía como la tierra resquebrajada del desierto. La primera en que mis pupilas ardieron igual que llagas hasta fracturar mis pensamientos. Después de eso fue inevitable. Ese fantasma que había evitado a toda costa estaba allí. Me obligó a hacer cálculos por primera vez de todo lo que había quedado afuera: familiares, amigos, amores. Esa cuenta pendiente que antes eludí con empeño se presentó como un acreedor despiadado que no aceptaría un plazo por respuesta. El número creció en mi mente sin control, a la vez que escarbó en mi corazón doliente: mis padres, mi única hermana, mis tíos mayores de quienes la última noticia que tuve era desesperanzadora, mis compañeros del colegio y amigos de la oficina. Me detuve. Me negué a contarlos a todos. Fue esa la verdadera razón por la que aboqué todo mi esfuerzo a contar con precisión todas mis cosas: mi nuevo mundo. Y me aferré a la idea de que el resultado superaría con creces las pérdidas. Me convencí de que ochocientos cincuenta y dos sería un número afortunado; uno superior. En esa obsesión meticulosa me obligué a no morir sin dar pelea, a costa del hambre y a pesar del miedo y la locura provocadora.
 
Me mantuve todo este tiempo junto a ochocientos cincuenta y dos objetos; entre la suciedad, el mal olor y mi presencia. Cuando la luz de la fe se extinguió y los sonidos de esperanza dejaron de visitarme, cuando las transmisiones alarmistas de los noticieros cesaron y se encendió una desesperanza creciente de la que yo era única emisora, fue en ese instante que me recluí entre nuevos significados, para darle una nueva explicación a mi existencia, con la intención de entender de una vez y para siempre que me pertenecía a mi misma y éste era mi nuevo mundo. Aislado, terreno, finito.
 
Y ahora, ese silencio, que cual verdugo apegado a su hoz me atormentó con volverme loca, de pronto se transmuta y lo sustituye el ruido tentador que promete un cambio a través de una grabación repetitiva desde el helicóptero. Como parte del tratamiento para conseguirlo me exige enfrentarme a mi antiguo terror. La certeza dolorosa de saber que al salir tendré que atestiguar con mis ojos —esos mismos que pensé no podrían llorar más— y contar, con los dedos de mis manos, las pérdidas que he tratado de alejar de mi mente, las ausencias irreparables que me aferré durante todo este tiempo a guardar en el sótano de mi memoria, antes desierto. Ahora sé que tendré que regurgitar la llave que abre ese candado, obligarla a salir de la acidez de mis jugos gástricos, enfrentarme a su herrumbre y al daño que cause su contacto en mi piel, con la seguridad de saber que el dolor que he aprisionado durante este calvario vendrá a cobrarme mi indiferencia, como un nido de avispas que ha sido ignorado en la cercanía de una ventana y que espera con malicia imperturbable a que alguien deje el vidrio abierto y se atreva a sacudirlo.
 
El mensaje para presentarnos a “la cuenta” se repite entre el sonido de las hélices pasando. Mi reclusión tiene un tiempo de caducidad fijo y me pregunto si estaré lista para un nuevo ajuste a mi mundo, para enfrentarme a lo que sea que me deparen los veinte centímetros del dintel de sombra con la realidad exterior. Es por eso que ahora me aferro a los significados de mis objetos, con la necesidad apremiante de que su número supere las malas noticias que me aguardan, con un profundo nerviosismo por encontrar allá afuera nuevos depósitos de contenido, a sabiendas que los antiguos han quedado vacíos. Escucho pasos presurosos que suben la escalera. Están llamando a todos los departamentos para corroborar que alguien les responda. Han llegado frente a mi y respondí con un ligero golpe a su llamado. ¡Están quitando las trabas! Cuento mis latidos acelerados como mi respiración mientras me repito: Tan solo necesito encontrar allá afuera ochocientas cincuenta y dos nuevas razones.