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Vidas enlazadas

Vidas enlazadas


¡Calla! ¡No digas más! ¡ya sé lo que tengo que hacer hija! Su padre salió enfurecido de la habitación. Nunca lo había visto así. Durante aquel viaje, habían vivido experiencias increíbles. Visitaron cada guru de aquel mapa. Os preguntaréis qué son los gurus. Yo todavía no lo sé a ciencia cierta...

Oliver tenía 80 años y más cicatrices que vidas vividas. No le preocupaba la muerte, porque sabía que cuando se desvanecía una historia, su canción favorita vibraba señalando un nuevo punto en aquel misterioso mapa. Llevaba siglos sin buscar respuestas. Aquella magia envolvía todo su ser y lo transportaba. Al llegar a su destino, la vida empezaba de nuevo. Pasó los años persiguiendo al fantasma de un pasado difuso. Ahora, a las puertas de la muerte, recuerda con cariño su único viaje en soledad.

Nuria despertó sin saber su nombre. Lo escuchó retumbando en su cabeza y le resultó familiar. Cuando aquel señor la miró con gesto preocupado, supo que era su padre, que siempre lo había sido. - Hola, soy Nuria, papá - dijo, con el menor de los convencimientos. Todo esto era nuevo para ella. Acababa de volver de su primer guru. No conocía las reglas de aquel juego, ni siquiera sabía si tenía reglas, si era un juego. Poco a poco, fue recobrando la memoria.

Pasaron muchos años después del primer viaje. En su segundo nacimiento, Oliver aterrizó en la calle La Plata, junto a un despacho de pan. Su nueva madre no tuvo tiempo de subir al coche. Al escuchar su grito, se desmayó de la alegría. En su delirio, le pareció que aquel llanto era rítmico, siguiendo el son de una mágica música. El pequeño creció con un secreto envuelto en una melodía. Formaba parte de su ser, pero los acordes escapaban de su memoria. Un día, con 40 años recién cumplidos, conoció a Nuria. La pequeña vivía en El Vacie y nadie respondía por ella. Aquel barrio sevillano lo transportó a su anterior vida, aunque no lo supo hasta desplegar de nuevo el mapa. El destino hizo que se detuviera en aquel suburbio. Siempre que pasaba por allí, apretaba el volante y cruzaba con extremo cuidado. Aquel día, junto a la rotonda, sus manos se aflojaron al ver la sombra de una niña tras una farola.

La pequeña le mostró el mapa. Lo había mirado mil veces en su corta vida, pero nunca lo había entendido. Desde que nació había esperado con apatía ese momento. Su existencia era triste y pobre, pero ese día cambió todo. Oliver pudo recordar y aunque no la conocía, supo que eran familia. En el extremo superior de aquel extraño mapa rezaba una frase incompleta: “en esta y en cuantas vidas haya...”

Su padre lo estuvo escrutando durante horas. Su mente racional nunca encontró mayor adversario. Todo era incoherente, lleno de destinos sin conexión aparente. Le transmitía amor y misterio, ambos sentimientos por igual, entrelazados. Tan solo reconocía dos puntos: Sevilla y Los Campos de la Agonía. En ese instante, recordó su anterior vida.

Año tras año, vida tras vida, siempre se repetía la misma historia. Oliver buscaba a Nuria desde antes de tener uso de razón. Nuria aparecía con aquel mapa que iba madurando, como si tuviera alma propia. La pequeña conservaba el recuerdo de sus vidas pasadas, pero perdía la esencia adquirida en cada una de ellas. Se limitaba a esperar sin ánimo la llegada de su padre. Una vez se daba el reencuentro, Oliver recobraba la memoria, Nuria sus sentimientos y el pergamino relucía lleno de gozo. De este modo, fueron recorriendo cada recoveco del atlas, visitando lugares de este y otros mundos, de esta y otras dimensiones. En Raíces, los árboles estaban sembrados por sus ramas y agrupados por estirpes. Las raíces flotaban en el aire y Nuria disfrutaba saltando de una a otra. Allí aprendió el valor de la familia. En Francia, durante la Edad Media, su padre era un mendigo, pero al encontrarla hizo que se sintiera una princesa. En Triste Pasado, Nuria revivió penurias de otras vidas, hasta que Oliver le recordó que el cariño todo lo cura. Vida tras vida, aquel pergamino nunca la abandonaba, como si cuidara de ella en ausencia de su padre. Cuando este aparecía, una emblemática marca cubría el destino visitado, hasta que un día, solo quedó por señalar la ciudad de Dugium. Oliver conocía la leyenda, no podía ser casualidad estar en la tierra del fin del mundo. Por primera vez, sintió miedo. En el mapa se había completado la misteriosa frase y eso solo podía suponer el final del viaje. Miró a Nuria y esta comprendió que se había rendido. Tenía el aspecto demacrado por su enfermedad y no quería ser una carga para su pequeña en su último destino. La niña le miró horrorizada, pero Oliver la mandó a callar, cerró la puerta y corrió sin mirar atrás. Cuando estuvo al filo del precipicio, recordó cómo comenzó todo y saltó al vacío.

Nuria era madre de un niño. Dani se llamaba aquel bebé travieso y noble. Tenía una marca de nacimiento en el interior del muslo, que a la joven siempre le resultó familiar. Su amor era infinito, pero se sentía incompleta. Un día, Nuria recibió la buena nueva. Su pequeño iba a tener un hermanito. No quería ilusionarse, no era la primera vez que recibía aquella noticia y sus heridas no habían sanado por completo. Después de darle mil vueltas, decidieron llamarlo Oli. Cuando llegó la hora, sintió un extraño escalofrío. Con cada contracción, llegaba un nuevo recuerdo. Al nacer Oliver, la hija se convirtió en madre y el padre en hijo, mientras sonaba Palabra de amor en sus corazones. A la mañana siguiente, Dani se acercó a la cuna donde descansaba su hermano. Sin que nadie pudiera percibirlo, susurró mirándolo con ternura: en esta y en cuantas vidas haya, te querré siempre. De esta forma, las almas de Nuria, Oliver y el mapa se reencontraron y ya nunca más se separaron.