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Onírico

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ONÍRICO

César Córdoba

 

 

 

 


Deberías tener un nombre o al menos un apodo. Pero no. Aunque no me importa demasiado, aún sigues siendo. Eres. Al menos, para mi.

Sueles visitarme cada vez mas espaciado, pero ahí llegas de tanto en tanto, difuso y atemporal como un caleidoscopio sepia o un collage de retazos perdidos.

Como un halo oscuro de eclipse lunar… no-brillante, opaco y desapercibido.

De todas formas siempre te recibiré con los brazos abiertos. Cuando sea. Estaré atento a la puerta o a mis ojos. Siempre confié en ellos. He descifrado mentiras, amores, amistades, confabulaciones y también tristezas con tan solo mirar. ¿Por que no habría de confiar en ellos ahora?

La última vez que te vi, estabas igual de triste y acongojado, empequeñecido aún por el espanto y la impotencia de nadar en el barro, estancado .

De todas maneras, voluntariosamente apareciste, como un resorte acerado, saltarín y fugaz, enclenque y chiquito pero con los rasgos aún firmes, permanentes. Pero esta vez pareces cansado mas de la cuenta, tal vez más que la última vez .

No sé, esto flotar en gas orgánico y de ser un recuerdo perenne no te hace bien.

Te define ciertos bordes, aún niño... pero los espejos también se quiebran, se rompen, se convierten en fragmentos mi querido amigo, sin dudas.

Tal vez hoy ya nadie se acuerde de tu nombre o algunos prefieran no acordarse.

Pero vos y yo sabemos que eso no sucederá entre nosotros, es imposible, no quiero y no puedo... no debo.

No dejaré pasar por alto ese extraño momento que vi tus ojos de pez sin agua y yo te daba mis abrazos de pan en silencio. Tratando de ser cómplice, hermano, un amigo, un padre, un escondite, un pozo, un todo, un nada.

Y esas increíbles ganas de hacerte desaparecer en ese mismo instante en que te abracé como si fueras un cometa o un barrilete suelto en el viento o un conejo que se mete en la galera gigante de ese mago inexperto y equívoco que nunca fui, para no volver jamás .

Justo en ese segundo cúlmine y trascendental , expectante y abribocas en que todos esperaban la genialidad.

Mi inutilidad te haría esfumar del mundo para siempre, Siiiiiiiiiii!!!

De este mundo lleno de miedos y sollozos y gritos y alaridos. Y no regresabas jamás. Y todos me abucheaban!!!

Buhhhhhhhhhhhhhhh!!!Buhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!

—¿¿¿VOS SOS MAGO??? — Me gritaban así...con mayúsculas!

Y yo me reía a mandíbula batiente...jajajajjaja!!!! Y no me importaba.

¡Cómo reía! ¡Cómo me reía!

Recién entonces, volveríamos a tener como hace siglos, esa sonrisa diáfana e inocente con la cual nos conocimos.

Te juro que a veces me sorprendo como se sostuvo este vínculo, a través de todo, hasta de nosotros mismos. Invisible, insoluble en el tiempo y la distancia. Confirmaría la teoría de que el horario es un estúpido invento del hombre para mantenerse ocupado en si mismo o para demostrar que pudo dividirlo en horas, días, años, de puro ególatra nomás. Para distraerse de sus quehaceres fútiles, tan playos como cuando después de la sudestada, baja la marea en el río de Quilmes. Cuando el agua se va, por caprichos de la luna y solo queda basura sobre la arena oscura y algunos bagres muertos.

Entre vos y yo eso no corre. Aunque estoy un poco viejo para esto... a veces me duelen las huesos, otras veces, el alma. Es menester que enrollemos las cortinas y que entre la luz.

Hay que encender fuego y quemarlo todo, las miradas, las causas perdidas incumplidas.

— ¿La casa?

— No...no existe más, solo quedan las ruinas.

— La casa se quemó hace años. La quemó Carlos.

— Hablo de la memoria .

— Ya es hora, ¿No te parece ?

— ¿Que opinas ?

— O estas protegiendo a alguien ?

— ¿A mí?...¡no!

He crecido. Soy un hombre, tengo hijos y no necesito cubrirme de nada, de nadie. Me importan un carajo en realidad .

No me sirve, nunca me sirvió. Al contrario, siempre fue una excusa negra para no olvidar. Una equis en el calendario. Si alguien tiene que pagar aquí... que pague y chau!

El temor es algo siniestro... Y sinceramente me gustaría que lo sientan, que se les contamine la sangre de químicos salinos, con pentotal y cloroformo, con antidepresivos adictivos y alucinógenos, con petróleo, que saliven ácido o soda cáustica de sus lenguas negras y fétidas.

Que se vean dentro del reflejo de un espejo reflejado por otro espejo reflejado y así...por siempre y que vean esas caras mortuorias eternamente. Es justo. Es justo y necesario. Para que este mundo sea un poco más sano, un poco menos asqueroso, menos vil.

Ya que el dictamen no es suficiente, o no ha sido suficiente para mi. Sería lapidario en el más estricto sentido de la palabra.

Lapidaría a los bestias. Sin vueltas. Sin remordimientos ni piedad, como si solo fuesen una cucaracha gigantesca y alienígena. Evitando pisar su ponzoña esparcida cuando camino. Nada más.

Después de eso. Recién podría dormir tranquilo nuevamente sin necesidad de forzar el viaje onírico con drogas o sexo o alcohol o simple cansancio. Recién entonces podríamos reanudar nuestra última conversación o continuar nuestro partido de damas inconcluso, sin apuros.

Así, de esta manera, se dificulta cada vez más, créeme .

No puedo entender lo que decís, pego mi oído a la pared, atento filoso y no puedo discernir nada. Es como un sonido vacío, un eco sordo, un martillazo en el dedo pulgar, un susurro en bajas frecuencias, nefasto y diabólico. Un disco de vinilo girando al revés.

Y aunque no entienda se que algo pasa o pasará.

Mi instinto es agudo y últimamente se ha afinado aún más. Tal vez sean los años imprecisos que viví o la desesperanza masiva de los otros, lo que me lleva a estos sitios desconocidos e inhóspitos, a deambular entre márgenes y orillas, de aquí para no sé donde, zig-zagueante y esquivo.

Pero alerta, primitivo, sagáz .

Reaprendí a oler la lluvia por ejemplo. Sus matices estacionales, la distancia que falta para llegar a mojarme. También a escudriñar los ojos cuando estrecho la mano.

Así, sin pedir permiso. Porque es necesario saber con quién estás, qué piensa, qué siente quien esta frente a vos, es fundamental. No puedes confiar en los traidores.

También aprendí a disolverme en el cuerpo de mi hermosa amante y morir un ratito cada momento, cuando llegamos a deshacernos en mil pedazos y terminamos siendo al revés.

Sé guardar secretos, pero éste ya no… ha sido forzado por el tiempo y la desidia .

La ignorancia de tapar las cagadas del perro con pasto, no dan buen resultado. No se ven, pero el olor está y apesta. Supongo que lo habrás notado.

Además el anonimato no te sienta bien y es muy pesado para mí, que se hagan cargo de llevarte en andas alguna vez ellos también. Después de todo para esos son los héroes o los mártires. No hay chances, no hay marcha atrás.

Intento buscar otro momento, otras imágenes tuyas, mías.

Pero no puedo, me siento un infelíz, un traidor, un inútil, un pusilánime, un cobarde, un lisiado, un mariquita, un escapista, un llorón.

Y no puedo cambiar nada. Resbalo en cámara lenta en el mismo sitio, en blanco y negro por siempre, sobre un mismo y único mosaico de hospital. Cuadrado y antiséptico, con olor a yodo y gasas saturadas de sangre, a matambre crudo recién cosido.

Y me doy cuenta que no vino ningún superhéroe y que yo tampoco lo fuí, ni lo soy, ni seré. Ni Súperman, ni Pepe Galleta, Ni Super Hijitus vinieron.

Nadie que castigue a los malos. Tampoco Carlos. Aunque una vez regresó, poco tiempo después (creo que lloraba).

Regresó a buscar unos anteojos de metal cromados con agujeros circulares en las patas y los lentes de cristales oscuros. Como los que usaban los servicios especiales. Esos que manejaban autos de color verde oliva. Esos que mataban gente.

Se los dí en la mano y por suerte nunca más lo ví. Nunca más volvió. En el barrio decían que era Montonero. Seguramente tiene su infierno propio. Es justo.

Ni más ni menos, con lo que lleva en el alma le alcanzará hasta que caiga en espiral y se diluya.

Como te decía antes... Imaginate… justo en ese preciso momento en que te fragmentabas por los golpes, en que te diluías por que ya no sentías más, ya no entendías el dolor, ni el pánico, ni el miedo, ni el hígado reventado por las patadas. Justo cuando decías: ya está, me escapo, no tiene sentido intentar evitar que el agua o la sangre llenen mis pulmones y dar manotazos de ahogado.

Justo ahí. En ese momento irrepetible. Hubiese entrado siquiera el diablo, el nazareno que todo lo salva o algún pterodáctilo atravesando la ventana para rescatarte. ¡¡¡Algo...alguien...Perón… Dios… Bonavena!!!

Pero nunca nadie llegó.

Nunca nadie dijo nada.

Solo la muerte, amigo. Sorda y silenciosa como siempre.

Cual eficaz cirujano nocturno

Hizo lo suyo. Luego se fue.

Sonriendo.

 

 

 

 


FIN