My Stories

Sleeping bionic

...su ADN, y por lo tanto también el mío, era parte de esa nueva herramienta...


El refugio se hace cada vez más estrecho, o quizás debería llamarlo sepulcro; pero en cualquier caso, es lo que me retiene y con cada nueva respiración se van borrando las imágenes que componen el pasado.
Jamás me habría imaginado que una estudiosa del arte como yo, terminaría convertida en una pieza fría, abandonada, en uno de esos montones que acumulan polvo y que son excluidos de la rutina.
Nunca formé parte de la sociedad consumista en la que nací, no me entretenía emulando a otros y para pesar de mi padre, no resulté ser la hija científica que él había deseado tanto. Prefería pasar las horas acostada sobre la hierba, leyendo libros antiguos, envidiando el color azul que se escapaba entre las cúpulas de los rascacielos, mientras él se encerraba en su laboratorio, del cual ahora soy parte.
Aún recuerdo el día en que intentó hablarme sobre la criogenia y los avances que lo mantenían ocupado. Yo me reí, completamente ausente, a pesar de estar sentada a solo centímetros de su alcance. No le presté importancia y eso fue irónico porque de haberlo hecho, entendería mejor esté presente que parece sacado de una pesadilla o de un arrebato producido por alucinógenos.
Ya no puedo volver atrás y en lugar de tocar las plantas o de gozar bajo los rayos del sol, sobrevivo entre el plástico, los cristales y esos metales cuyos nombres jamás aprendí. Las luces parpadean, percibo la estática a mí alrededor y escucho los gritos que atraviesan las compuertas, para recordarme que otros sufren más que yo.
Todavía mantengo la imagen clara del momento en el que mi padre me contó sobre sus investigaciones, advirtiéndome de que guardara silencio y lo negara todo, cuando descubrieran que su tan esperada invención era un virus con el que se proponía controlar al enemigo, en esta guerra que amenazaba con destruir completamente a la humanidad. Hice el mayor esfuerzo para aceptar de una vez que su ADN, y por lo tanto también el mío, era parte de esa nueva herramienta y que por eso ambos seríamos inmunes a cualquier cambio, solo que nunca esperamos que ese virus llegara a afectar tanto a sus huéspedes, incluso contra todo pronóstico, también a su creador y que los convirtiera en monstruos sedientos de carne tibia con la que rellenar sus entrañas ponzoñosas.
No sé cuál es la fecha, cuantos humanos resisten, cuantos han muerto. Solo tengo la certeza de estar aún en la cámara en la que mi padre me dejó, para que con mi sangre purificara el agua que la ciudad consumiría, del mismo modo en el que yo estaría alimentada por conductos, ingeniosos mecanismos que daban la impresión de retenerme como un útero y varios cordones umbilicales, dispuestos a darme oxígeno y a detener el paso del tiempo.
Nadie sabe que sigo aquí. Todos creen que el traje con el que adornan mi sepulcro, contiene los restos de la joven hija del científico traidor y por eso evitan acercarse, temiendo que la cepa del virus se albergue en estas instalaciones y que la presencia de intrusos active otra oleada de infortunios.
¿Por qué mi padre no ha venido a buscarme? Es probable que lo hayan ejecutado por traicionar los principios que juró defender o tal vez el enemigo lo retenga al otro lado de la frontera, obligándolo a servirles cómo mismo hizo con esos hombres que murieron antes de que encontrara la forma de crear los siete trajes aislantes que todavía tienen la capacidad de resistir al virus.
Desde lo más profundo de mi corazón espero que uno de esos trajes esté en poder de mi padre y que así haya logrado mantenerse a salvo, porque cada vez escucho menos risas y aumentan los llantos, que llegan desde las naves aledañas para indicarme que el final está cercano.
Fuera del refugio, Perséfone, ese virus que como su nombre indica, es la que lleva la muerte en lugar de ser la luz en medio de las sombras, cobra cada vez más vidas y convierte a los hombres en monstruos despiadados, mientras que, en el interior del último bastión humano, donde se supone que debe reinar la paz, todo empieza a desmoronarse. Los engendros aquí no tienen cuerpo, sino que anidan en las mentes de aquellos que se dejan perturbar por las inseguridades, ya que el miedo es el peor de los virus y el que más rápido se propaga. Pronto reinará el caos, terminando con las esperanzas de resistir a esta nueva guerrera que nosotros mismos hemos desatado.
Yo fui una artista, acostumbrada a llevar pinceles en los bolsillos y miles de ideas para llenar con ellas las paredes y no sabía cuánto se puede llegar a extrañar el verdor en las hojas de los árboles, el aire fresco de la mañana, el sonido de una voz querida anunciando un día más para salir en busca de los sueños. Todo eso forma parte de recuerdos borrosos, de imágenes que se destiñen gradualmente y por eso ahora no se si los ruidos que escucho son un trozo más de ensoñación o si conforman un presente en riesgo.
Un rostro familiar se dibuja en la frialdad de mi cautiverio y quiero tocarlo, llenar de preguntas el ambiente cargado y a medida que lo intento, los ruidos en el exterior aumentan hasta herirme los oídos.
Me siento vigorizada ante el sobresalto que me empuja a creer que soy una testigo silenciosa de un nuevo ataque y temo por los inocentes que dependen del refugio y de mi sangre para sobrevivir, pero el sonido de los amortiguadores aún no se borra del todo de mi registro y sé que lo que se acerca es uno de esos trajes que mi padre construyó. Yo misma presencié como los diseñaba y hasta me burlé por el ruido de los cargadores y el chasquido de la ventilación que garantizaba la respiración de los portadores, sin necesidad de cargar con pesados tanques de oxígeno. Esos trajes estaban destinados a los soldados, para que pudieran salir al exterior en busca de provisiones y para salvar a los que consiguieran acercarse a la base. ¿Sería uno de ellos el que entraba a mi lugar de reposo?
Me ilusioné creyendo que podía ser mi padre el que se acercaba y ese efecto duró muy poco, porque volvió el rostro conocido a aparecérseme. Intenté reconocerlo. Busqué en mis recuerdos hasta sentir dolor por el esfuerzo y solo creí verlo cuando se ocupaba de los vasos dewar, con su uniforme de soldado y la mirada curiosa siguiéndome hasta molestar a mi padre, que no toleraba atrevimientos como esos con su hija.

Un temblor me subió por el pecho, hasta hacerme creer que despertaba del todo y me sentí feliz, extrañamente motivada. Otra vez las pantallas pestañeaban y mis pensamientos se reflejaron en ellas, como si fuera capaz de transmitirle imágenes, comunicándome a través de ellas al no poder hacerlo con las palabras y el sonido de un conector al chispear con otro, me dio a entender que el recién llegado se conectaba a mí.
Yo habría descrito ese instante como la introducción de un dispositivo móvil en un puerto, mi padre lo habría hecho con un sinfín de terminologías y conceptos, un poeta sencillamente habría dicho que ese conducto hacía de puente entre mi alma y la del desconocido, que ahora se inclinaba para besar los labios del traje dormido que conservaba mi aspecto.
Me vi en las pantallas, tan nítidamente como si tuviera los párpados abiertos y creí estar en presencia de una de esas esculturas yacentes que crearon los artistas del renacimiento para inmortalizar a sus reinas. Así me sentía, inmortal, petrificada en el tiempo y el espacio, pero viva, más viva que nunca gracias a ese hombre.
Él llevaba uno de los trajes que mi padre creó, tal y como imaginé antes y cuando creí que volvería a beber de mis recuerdos, me transmitió los suyos, en un arranque que no pude evitar.
Presencié el ataque al refugio. Naves descendiendo con la cólera cargando las armas que los soldados usaban para extirpar las vidas de los inocentes. Muchos fueron sacrificados, con tal de llegar hasta el científico y cargarlo entre cadáveres y archivos a medio derruir, donde se guardaban probetas, equipos y todo lo necesario para extender la tortura del hombre por el hombre en esa guerra.
Vi a mi padre vendiendo sus secretos, experimentando con soldados en lugar de procurarle alivio tras duras horas de pelea. Todo acudió de un golpe: El olor de la carne quemada, el desinfectante, inútil ante la agresión del virus, las vacunas inexistentes y que solo se formaban en los gritos desesperados que las pedían.
La bata blanca diferenciaba a mi padre del resto de los monstruos que ideaban nuevos planes para masacrar a los que se resistían. Si, él colaboraba con los mismos soldados a los que una vez intentó manipular a través del virus para evitar derramamientos de sangre y en este momento los ayudaba a prevalecer, porque ellos lo rescataron cuando los suyos pretendían ajusticiarlo por jugar con toda la especie.
Los cascos pretendieron proteger el fuerte donde operaba mi padre y cayeron, conformando una muralla de armaduras insuficientes ante el avance del virus. Ahora Perséfone escapaba del inframundo para llevar sus desgracias a la tierra y a los cielos, de donde caían las naves, levantando olas de destrucción que ahogaron tanto a edificios como a las posibilidades de los ingenuos que se negaron a abandonar sus hogares.
Nuevamente el rostro del joven encerrado en el traje se impuso por encima de cualquier otra imagen y me sonreía. Con su mano acarició el frío metal al que estaba conectado y deseé poder sentir el calor de su piel, entonces el tormento regresó y a través del conducto que nos unía, lo vi sirviéndole de conejillo de indias a mi padre. Él se prestó para el engaño de un científico escapado de un cuento de terror y al leerle los labios entendí que deseaba desde un principio llegar al refugio, con el propósito de encontrarse conmigo y la única forma posible era la de compartir la misma sangre, para que el traje lo aceptara y así poder atravesar los campamentos, hasta llegar a mi sepulcro.
¿Quién era él? ¿Por qué correr tantos riesgos y aguantar semejante tortura? Volví a sumergirme en sus recueros y fui parte de sus duelos, de los golpes que soportó, de las balas esquivadas. Lo acompañé durante las noches de marcha, sostuve sus armas, lo consolé como habría querido hacer en realidad.
Todo había sido afectado. El aire era irrespirable, los animales morían, muy pocos seguían despiertos, pero sin formar parte de otra cadena que no fuera la de la desgracia, que se reiniciaba con la salida del sol. El agua se veía siempre empantanada, ya fuera en los charcos, en las tuberías que sobresalían sobre el desgastado asfalto, empañando las calles y arrastrando los despojos de lo que fue una civilización.
Sostuve su mano cuando el arma empezó a temblar, porque él aún veía en esos monstruos a los humanos que una vez fueron parte de una sociedad ya extinta. Lo obligué girar la cabeza, a no mirar mientras volaba los brazos y garras del enemigo. Algunos de los monstruos atacaban de forma aislada, asechándolo, infectando el aire con el hedor nauseabundo de sus cuerpos carcomidos por el virus y la inmundicia.
Una de las bestias se atrevió a saltar para intentar llevarse la cabeza del soldado y solo recibió un balazo en medio del pecho, desperdigando su sangre ennegrecida contra el cristal empañado de un edificio que le sirvió de sepultura.
Sus últimos gritos no intimidaban, sino que me obligaron a ver a los atacantes como a los animales que en realidad eran y a ignorar los pocos rasgos humanos que les quedaban. Esa era la creación de mi padre, la huella que su Perséfone dejaba en sus semejantes y por primera vez me alegré de estar encerrada, lejos del caos y del dolor que producen las garras afiladas.
Otros monstruos se reunían en manadas, devorándose entre sí cuando faltaba una víctima de carne incorrupta a la que llevar a la locura entre sus fauces sangrientas. Esos eran los más peligrosos. Casi trazaban estrategias con tal de comer, pero al final el instinto infernal los llevaba al desvarío y terminaban rompiendo sus formaciones ante la desesperación que les provocaba ver a un humano intentando huir de la agonía.
Temblé al percatarme de que al igual que la naturaleza, el joven había perdido la voluntad para sanar y solo el traje lo mantuvo con vida, hasta que llegó a las puertas del refugio, para ser recibido por otros soldados que reconocieron en él a su líder perdido.
―Mi dulce Koré ―me susurró el joven, inclinándose para besar la armadura que me protegía y devolviéndome al presente―. Tu príncipe ha llegado y ya es hora de que despiertes, porque contigo lo harán la luz y la alegría de tu corte.
Quise responderle y no aparecieron las palabras, sin embargo, ante mí se formaron imágenes brillantes y a la vez que él me besaba, fui capaz de recuperar esos recuerdos perdidos.
Él era mi amor, mi compañero. Un soldado sacrificado y valiente a quien no le importó ignorar los ruegos de su amada con tal de mantenerla a salvo, al luchar para defender el último refugio donde los niños crecían sin riesgos.
A mi mente regresaron las tardes pasadas entre sus brazos, las risas compartidas y los dibujos con los que ilustraba sus versiones de cuentos de hadas, pero con una mirada futurista, tal y como a él le gustaba.
Sí, él era mi príncipe y yo lo había esperado. Ahora sería mi guardián y con otro beso logró que el metal perdiera su frialdad. Pude mover las manos. Sentí la tibieza de la sangre joven renovando cada espacio dormido, llenándolo de vigor y necesidades. Al fin la esperanza se reunía en sus labios para llegar hasta mi corazón, que me empezó a latir con más fuerza, después de tantos años de sueño.

 

Fin