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El peso del humo

El peso del humo


–¿Y cómo acaba la historia? –preguntó ella.

 –Dímelo tú –dijo él, abierto a continuar.

 

Me hacen daño los zapatos, pero sigo: sigo caminando en la noche. Lo importante es no pararse. Camino con el beneplácito del insomnio, contra la sensatez de la cama y el parecer de la almohada. Lo malo es tener que andar así. Malditos zapatos. No pensé que fuesen a darme la noche. Claro que cómo imaginar que escondían púas para taladrarme los empeines. También es mala suerte. Para una vez que me decido a apurar la noche caminando, voy y elijo los zapatos del enemigo.

No podía dormirme y además hace una noche irresistible. Una de esas noches en las que uno podría salirse de la ciudad o del mapa caminando. Caminando sin parar. Del otro lado de la ventana brillaba una luna plena y agigantada que parecía llamarme afuera. Me levanté de la cama y me asomé al balcón para sostenerle la mirada a la luna serena y cálida. Me sedujo al instante con sus guiños ambarinos. Sentí la temperatura-bendición del aire inamovible, el silencio plateado, el tintineo celestial de las estrellas. Más noches así y todo iría mejor en el mundo. ¿Cómo resistirse entonces a tanta mejoría, a tanto encanto, a tamaña promesa de paz? No cabía objeción posible para aquella llamada, ni siquiera la del sueño, tan esquivo conmigo de un tiempo a esta parte. No tardé nada en vestirme para salir. Y aquí ando.

Me hacen daño los zapatos, no debí ponerme calzado sin ahormar. Un error, este de principiante. Ni que fuera nuevo en el camino: camino más de espinas que nunca, calzando estos dichosos zapatos. Me duelen mucho los empeines, pero ya no hay vuelta atrás. Empezaron a dolerme con astucia, lo bastante lejos de casa para que no me volviese a cambiarlos por otros más hechos a mí. Así que aquí sigo, caminando a través de esta nueva noche, tan plácida por lo demás. Levanto la vista y miro la yema de huevo lunar sosegando el verano de la ciudad. Definitivamente no: una noche así no la dormiría ni pudiendo. No me iría a la cama ni por el descanso de descalzarme, pese al dolor que me mortifica cada paso. Es mejor andar mientras se pueda. Sé que un día Dios o cualquier otro echarán el telón y todo habrá acabado. ¿Y qué haré entonces, cuando no pueda caminar así?

            Sigo deambulando hasta la estación de tren. Me gusta el tren. Y aún queda uno por salir antes de mañana. Mañana, mañana, mañana: el tiempo mantiene su ritmo sin importarle nadie. Y los trenes también. Mientras espero el mío, remuevo café en la estación a punto del cierre. El café ya no puede desvelarme. El sueño nunca se me cumple y hoy ni siquiera conseguía dormir.

            El de los zapatos no ha sido mi único error de la noche. No era este el tren para la costa, me he liado con las informaciones de la pantalla. Adiós para siempre a la playa bajo esta luna irrepetible de hoy. Me he equivocado de tren y por consiguiente de camino. Otra vez. Pero cuando llevas toda la vida equivocándote llegas a acostumbrarte. La ciudad equivocada queda a espaldas del mar, pero me servirá igual para perderme otro poco. Tendré tiempo sobrado para recorrerla hasta que salga el primer tren de vuelta.

Y la recorro, haciéndola así un poco mía, a pesar de la quemazón de los zapatos. No tardo en percatarme de cuánto se parecen sus calles a las de mi propia ciudad; se parecen demasiado. Sobre todo bajo el resplandor común de la luna, tan redonda, tan naranja, tan yema. Pero las coincidencias del trazado no bastan. No termino de ubicarme entre las similitudes de las calles; tampoco entre los recuerdos. Mi escasa andadura por esta ciudad vecina se remonta al año 90 y creo que no he vuelto desde entonces. 1990 es también el año y el verano donde se situaba la acción de Smoke. Para mí el 90 fue Smoke. Y ahora más que nunca, en estos tiempos más faltos de humo y de creatividad verdadera. Pienso en mis iconos cinematográficos. Siguen siendo los mismos de entonces: Harvey Keitel y William Hurt; es decir, aquellos Harvey Keitel y William Hurt, los de Smoke, no esos actores en otros papeles. También era verano en el estanco escenario de Auggie-Keitel. Qué gran personaje Auggie. Hablando de viva voz o con su cámara réflex, él nunca se repetía haciendo siempre la misma foto. Tenía la rara habilidad de no sacar jamás dos fotos iguales de su rincón favorito de la ciudad, un poco mía también desde Smoke. Mañanas, mañanas, mañanas: todas eran mañanas, sí, pero nunca del mismo día y por ende podían verse siempre distintas. Con la pausa adecuada podían apreciarse las diferencias de luz, de estación, de gente la gente paseante alrededor. Así nos lo hizo ver Auggie a los espectadores y tuvimos que darle la razón y rendirnos al sello distintivo de cada imagen repetida, cambiante; única.

Todas iguales, pero distintas a la par. Las noches de verano son un poco como las fotos de Auggie, me sugiere con luz nueva la luna de esta corta noche de junio. Corta como la vida, por eso hay que apurarla, porque, al igual que sucede en las buenas películas, nunca sabes lo que va a pasar a continuación. Y si crees saberlo, otro error. Porque precisamente cuando crees que lo sabes es cuando no tienes ni zorra idea. A eso lo llamaba Auggie una paradoja. Yo pienso lo mismo. Sobre todo teniendo tan reciente la hoguera de San Juan, donde nuevamente traté de quemar mis humos más negros. Pero la vida no tiene vuelta atrás y mejor haré en asumir que la juventud de oportunidades perdidas no volverá nunca. Y el año 90 tampoco. Paul Benjamin-Hurt también lo sabía. Creo que por eso explicaba en el estanco de Auggie cómo pesar ingeniosamente el humo. Paul-William era un cliente escritor que creía entrever leyes universales compensando cada acto humano. Nunca está de más agarrarse a algo cuando pesa la vida en la conciencia. Y a eso me agarro también yo ahora para resistir el pesar del humo existencial que me nubla a veces por dentro. Pesar el humo y nivelarlo para hacerlo respirable. Avanzar contra el pasado cruzando un puente sin Brooklyn ni Paul Auster para acabar en alguna parte. Para no acabarse del todo.

La luna en plenitud me alumbra mejor que las farolas porque, aparte de darme luz, es capaz de guiarme en mi desvarío. Apuro la noche casi desierta sin dejar de moverme por dondequiera. Activada por el paseo y el mate esplendor del cielo, mi memoria epidérmica sigue a flor de piel. Visualizo otros paseos y otras nocturnidades pasadas mientras me adentro más en la transparencia de la noche, no tan impenetrable ni tan extraña como algunas anteriores que, esas sí, me niego a recordar. Cuando tu vida es lo bastante anodina, mejor recordar el cine: claramente. Lo que sea con tal de no pensar en el suplicio de los pies. Qué cruz verte claveteado por tus propios zapatos. Parece también de película, pero no, no tengo esa suerte.

            Observo y comparo. Esta parte de la ciudad no se parece en nada a la mía. Puede que no haya estado en décadas, puede que no haya estado nunca. Mi deambular es firme de voluntad, pero tiene los pies de barro; barro pertrechado con cuchillas. Y me digo que debo darme una tregua antes de despearme del todo. Porque cuando te están matando los zapatos a todas luces es mejor pararse antes de que te rematen. En la vida y hasta en el cine. La expresión morir con las botas puestas tiene otro significado menos literal y comporta más honor que cabezonería. Acepto, por tanto, el reclamo destellante de neón que emite el bar más cercano. Hay un solo cliente y una camarera atendiendo. Le pido el último café del día o el primero, en rigor por la hora. Parece agradable y su café mejora mucho al terminal de la estación, me entonará el cuerpo antes de empezar con las copas. Cafeína para sostenerme despierto hasta la vuelta y alcohol para anestesiar mis empeines martirizados, un plan sin fisuras. Calidez estival de antaño y trenes nocturnos con destino sorpresa por errar las vías. ¿Me bastará con eso para distinguir esta noche del resto? El caso es que no se distingue mucho aquí adentro. Más bien poca cosa, entre el vacío, la poca luz y el humo. Una neblina de tabaco adensa el aire hasta casi solidificarlo ante las caras. Los clientes de este bar deben de fumar tanto como los del estanco de Auggie. Yo también fumaba por entonces, en el 90. Pero el humo me cegaba demasiado y no distinguía el camino. Supongo que siempre me perdía por eso, por el exceso de humo. Porque hay fuegos que no se apagan y humos que pesan mucho; mucho más de la cuenta. ¡Qué sangría de veranos perdidos desde entonces! ¡Qué  grotesco desperdicio de años! A la camarera le pediría la inmortalidad o de nuevo el 90, pero apenas me llega la voz para pedirle otra copa. Con uno de los tragos caigo en que nos hemos quedado a solas y la miro. Paradójicamente la veo mejor a través del humo y de los vapores del licor… ¿Elena? No, no puedes ser tú.

Solo tú podrías disputarles a Auggie y a Paul la iconografía del 90 en mi memoria. Me pregunto cómo pude olvidarte antes. No es nada personal, cielo. Si te sirve de disculpa, tampoco recuerdo a las mujeres que salían en Smoke. Tan solo a una que gritaba mucho; aunque quizás fuese en alguna otra parte, allá afuera, lejos del 90 y de las evasiones del cine. Por la pantalla de mi vida pasaron ya demasiadas mujeres gritonas y por eso ahora prefiero el silencio. Un silencio elocuente como el nuestro. Si entonces nos hubiéramos hecho más caso, daríamos que hablar. Si nos hubiéramos apuntalado emocionalmente en vez de fumarnos uno tras otro, sin sentido, los veranos y los inviernos, seguro que todo hubiera sido distinto entre nosotros. Pero no me queda rencor, descuida, ardió en la hoguera de San Juan. Por tu parte tampoco hay reproches y eso me alegra. Cierras el bar por dentro y me sacas a bailar. Bailamos envueltos en humo sin que me duelan ya los pies. Bailamos como si no nos hubiéramos perdido, como si nada malo hubiera pasado desde el 90. Yo te sigo como puedo en este baile humeante de pasado, abrazados sobre los rescoldos de nuestro fuego. Un fuego que por una vez nos alumbra sin quemar. El tiempo sigue con su propio ritmo, hoy y mañana y pasado, y nosotros se lo seguiremos mientras podamos sentir la música.

El reloj llega a marcar una hora temblorosa de frío. Siempre se siente frío cuando cesa la música. Con caballerosidad invertida, me cedes tu chaqueta ante el portal de tu casa. La mía sigue lejos todavía, pero no tengo prisa por volver. Nos despedimos sin palabras y echo a andar solo de nuevo, viendo a las calles recuperar su color con el alba.

Mi cuerpo duda sus sensaciones. Por un lado siente bienestar y por otro se queja del sueño, de la caminata y de la alargada cruz de los pies. Yo también dudo. No sé si fue de verdad o solo si pudo ser. Pero ¿y esta chaqueta de mujer? Porque la chaqueta en mi perchero es tan incuestionable como el sol riguroso de la ventana o las mataduras en los empeines. Lo cierto es que la mentira adecuada ha sido siempre algo muy cinematográfico, además de un verdadero talento a veces muy conveniente. Otro talento que nunca tuve y que no pararé de soñar hasta hacerlo real, Elena. Algún día; sin humos ni quemaduras. Y con el enfoque correcto, para no repetir errores.