CUENTO

Mi abuelo Eduardo no tuvo la suerte de conocerme. Suerte que fue recíproca, ya que tuvo el mal tino de fallecer en 1968, poco más de un año antes de que yo llegara al mundo. Por eso, todos los recuerdos que tengo de él son prestados, lo que me da la licencia de contar su historia como se me da la gana. De todos modos, por cómo lo imagino, de acuerdo a los relatos cruzados de quienes lo conocieron, estoy seguro de que él mismo se tomaba sus licencias cada vez que contaba una anécdota.

La historia de cómo mi abuelo llegó a la Argentina no es muy romántica. Al estar segundo en la fila sucesoria, sus expectativas de crecimiento económico en base al patrimonio familiar eran muy exiguas. Así que se enlistó en la marina británica. Su motivación era sencilla, quería conocer el mundo. Qué mejor manera para viajar que subirse a los barcos de Su Majestad el Rey y recibir un sueldo por ello.

Claro, no todo lo que brilla es oro. Confinado a trabajos que los ingleses no querían hacer, tratado como un ciudadano de segunda por sus compañeros ingleses y sin la posibilidad real de ver el mundo ya que poco y nada lo dejaban bajar del barco, allá por 1904, cuando estaba de licencia en Liverpool a punto de tomarse un barco hacia Dublín para visitar a la familia, se cruzó con unos irlandeses que decían que se iban para la Argentina. Averiguó, consiguió que lo enrolen en la tripulación para hacer el viaje hacia Buenos Aires, dijo bye bye navy, y se convirtió en desertor.

La decisión no fue fácil. La deserción se pagaba con la vida, por lo que si llegaba a ser capturado por los ingleses seguramente terminaría o con un fuerte dolor de cuello cuando le pusieran la incómoda corbata del cadalso. Irse implicaba no volver. Irse implicaba no poder despedirse. Irse implicaba no poder siquiera escribir cartas a su familia, porque el brazo del Imperio Británico era largo y nada le garantizaba que no llegara hasta un lugar tan remoto como la Argentina.

Irse, por otra parte, implicaba una aventura. Cruzar el océano, ir hacia el cono sur y adentrarse en tierras lejanas, salvajes, vírgenes. Irse era poder descubrir lo que había más allá de su amada Irlanda. Irse significaba escapar de la infelicidad que el servicio en la Armada Real le provocaba. Irse, especialmente de esa manera, era lavar su nombre como irlandés al hacerle un corte de manga a los opresores de su tierra.

Aceptó pagar el precio y se fue. Subió al barco y pagó su pasaje con su trabajo para llegar a Buenos Aires. Durante el viaje comenzó a aprender un poco del idioma, pero le dijeron que no se preocupe, que había muchos compatriotas irlandeses en Argentina. Fueron tres semanas de pura expectativa hasta llegar a esa mañana de 1904 en la cual divisó por primera vez la costa de Buenos Aires.

El puerto ingresó al puerto y apenas pudo, mi abuelo se despidió de sus compañeros de viaje para pisar el suelo argentino. El buque ancló en la dársena norte de Puerto Madero y apenas puso pie en tierra un funcionario de migraciones le pidió sus papeles. El sacó de su bolsillo lo único que tenía, una libreta de embarque de la marina real, y se la presentó.

–Así que te estás escapando de los ingleses. Bienvenido a Argentina –le dijo dándole una palmada al hombro y le indicó que se pusiera en una fila.

Eduardo traía consigo una bolsa marinera con sus pertenencias y algo de dinero en el bolsillo. Pagó el precio para que le dejaran pasar y le entregaron un papel para que pudiera hacerse un documento argentino. Después le indicaron una puerta y salió a las calles de Buenos Aires.

  El Paseo de Julio fue la primera avenida que lo impresionó. Hoy, Leandro N Alem, hasta pocos años antes de la llegada de mi abuelo sobre dicha arteria se encontraban emplazados los rieles del Ferrocarril Central Norte que partían desde la Estación Central de Buenos Aires. En 1897 un incendio convirtió a la estación, que era una estructura de madera importada de Inglaterra, en un montón de cenizas, lo que llevó al gobierno a decidir levantar las vías y construir la estación de Retiro. Allí mi abuelo vio algo que nunca antes había visto en su vida, un taxi.

Caminó por el Paseo de Julio hasta llegar a la Plaza de Mayo, visitó el Cabildo y la Catedral. Allí se escuchó hablar a un hombre en inglés y se acercó a saludarlo.

–Buenos días, acabo de llegar de Irlanda –le dijo sin rodeos –Me han dicho que aquí en Buenos Aires hay muchos irlandeses.

El hombre resultó ser nieto de un irlandés que había llegado en 1806 con las tropas de Guillermo Beresford para conquistar la ciudad y luego de ser tomado prisionero fue llevado al interior para que no huyera. Allí conoció a la abuela del interlocutor de mi abuelo y nunca más se fue. El hombre invitó a mi abuelo a comer en un café cercano y luego le ofreció trabajo en los campos que su familia tenía en el sur. Mi abuelo aceptó feliz y esa misma noche se subió a un tren con rumbo a la provincia de Rio Negro, hacia la ciudad de General Roca, donde llegaría en dos días para comenzar a trabajar en la estancia “La Rosa de Irlanda”.

El viaje fue largo. A mi abuelo le impresionó la cantidad de territorio recorrido lleno de pastizales interminables antes de llegar a destino. Todo era inmenso al lado de su pequeña isla, donde la granja de su padre podía verse entera desde su casa.

Al llegar a la estación se encontró con un capataz que lo saludó con un fuerte apretón de manos y en un correcto inglés le dijo –Así que venís de la Isla Esmeralda.

Mi abuelo respondió que sí y a pedido del capataz, comenzó a contarle sobre su lugar de nacimiento, su familia, la granja, respondiendo a cada pregunta con mucho detalle.

La estancia era un lugar formidable. Cientos de cabezas de ganado, árboles frutales y un casco impresionante. Mi abuelo se acomodó en el lugar y trabajó con esfuerzo, y con el tiempo se ganó la amistad y confianza de todos. Fue por ese tiempo que, un día de enero, le encomendaron la tarea de ir hacia el Sur, hacia una estancia vecina, a llevar la correspondencia que el patrón les había traído de Buenos Aires. Así, subió un caballo y con las instrucciones que le dieron partió hacia el sudoeste. Según le habían dicho, tardaría dos días en llegar, motivo por el cual se llevó una alforja llena de víveres para sobrellevar el viaje sin contratiempos. La cuestión fue que al tiempo de acampar esa noche se desató una tormenta demencial y el caballo de mi abuelo se soltó y huyó.

Al clarear el día, mojado hasta los huesos y muerto de frío, comenzó a caminar en dirección a la estancia vecina, la que estaba a varias leguas de distancia. El sol fue subiendo y el frío fue pasando, las ropas se le fueron secando y el hambre comenzó a hacerle mella. Sus provisiones se habían arruinado por la lluvia y no tenía ni un pedazo de galleta vieja para comer. Y así estuvo dos días, porque perdió el rumbo. No se cruzó con nadie, ni con nada. Hasta que al tercer día, agotado y famélico, vio una casita destartalada a lo lejos. Le tomó tres horas llegar, horas en las cuales rezó pidiendo que allí hubiera alguien que pudiera ayudarle.

Al llegar a menos de cien pasos de la casa se le hizo evidente que la casilla estaba abandonada. Era una de esas casillas que los peones de campo utilizan para pasar la noche cuando están lejos del casco. Entró y el abandono fue evidente. No había habido nadie allí por días. Entonces se dirigió hacia la mesa y vio que había moscas. Las espantó con la mano y vio un pedazo de carne en mal estado. Encontró un poco de leña, prendió un fuego y echó el pedazo de carne podrida sobre una sartén de hierro que encontró en un rincón. A medida que la cocía, la boca se le hacía agua. La coció de un lado, del otro y se aseguró que estuviera bien cocida en el centro. Luego, ayudándose con su cuchillo, cortó la carne en pequeños pedazos y la comió despacio. Cada bocado era una visita al paraíso. Para él, fue la mejor cena del mundo.

Al cabo de unas horas, dos jinetes llegaron a la casilla. Eran peones de esa estancia. Mi abuelo les dijo que venía de la Rosa de Irlanda con correspondencia para el patrón y les contó cómo su caballo se había desbocado y huido con la tormenta. Estos le dijeron que habían encontrado su caballo el día anterior y lo llevaron hasta el casco de la estancia, donde descansó durante dos días antes de regresar a La Rosa de Irlanda.

Al tiempo, mi abuelo comenzó a sentirse inquieto. No había desertado de la Marina Real a riesgo de su vida y de no volver a ver a su familia para instalarse en un campo al otro lado del mundo. Habló con los patrones y les comunicó su decisión de marcharse. Quería conocer el país. Entonces se volvió a Buenos Aires donde contactó a otra gente de la comunidad irlandesa en Argentina y trabajó en muchos lugares.

En 1910 falleció el Rey Eduardo VII de Inglaterra y se dictó una ley de amnistía general, lo que le permitió volver a Irlanda a ver a su familia. Su llegada fue toda una sorpresa y para celebrar la llegada del hijo perdido, pese a la pobreza contra la cual luchaban todos los días, hicieron una gran fiesta a la cual acudieron familia y amigos. Todos llevaron algo de comer y una botella para festejar. Entonces, a la mitad de la fiesta, un viejo amigo de mi abuelo le preguntó si alguna vez había tenido una velada tan feliz como ella. Mi abuelo lo miró fijo durante unos segundos durante los cuales se transportó a aquella casilla perdida de la Patagonia y al sabor de esa carne que le salvó la vida.

–Si te lo digo, no me lo creer –le respondió con una sonrisa.

Mi abuelo vivió los siguientes años entre sus dos tierras. Al final, Argentina ganó la pulseada y no volvió más a su Irlanda natal. Aquí vio a sus hijos crecer y a sus hijos tener hijos. Cuando se fue, fue llorado en dos continentes.

Algún día me gustaría encontrar esa casilla en la cual una vez se sirvió la mejor cena del mundo.

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