Más vale que corras por tu vida, chiquita.

“...Well you know that I’m a wicked guy, and I was born with a jealous mind...”

Los celos habían gobernado la mayor parte de su vida. Difícilmente una persona salía con él más de una vez, ya que era tan obsesivo con sus celos que terminaban ahogadas.

Lo había heredado de su madre, que había finalmente enloquecido de celos y terminado sus días confinada en una clínica  psiquiátrica. Lo peor de su madre había sido la poca inteligencia para enamorarse, ya que su marido había sido uno de los más mujeriegos del país, que no dudó en más de una ocasión en engañarla frente a sus narices con otra u otras. En una ocasión la llevó a un baile y la sentó en la mesa, se puso a bailar con una platinada. Un rato más tarde se acercó a la mesa de la mano de la rubia para avisarle a mi madre que no iría a dormir a casa.

Recordaba perfectamente el día en que su madre, poco después de su duodécimo cumpleaños, fue sacada de su casa atada a la camilla de pies y manos y con un bozal para evitar que mordiese a los camilleros. Él comenzó a golpearlos, tratando de defender a su madre, pero el psiquiatra lo detuvo, le explicó que era lo mejor para ella, y después de darle una pastilla para calmarlo, le puso una inyección en el brazo que lo dejó dormido por dos días.

Su madre pasó diez años en esa clínica, tras los cuales murió consumida y desgarrada. Él la visitó cada domingo, y fue testigo de cómo los días se la iban comiendo lentamente. Al final ya no lo reconocía, era poco más que un vegetal con forma humana. Sin embargo él jamás faltó un domingo a visitarla, ni dejó de hacerlo después de que muriera, ya que cada domingo estuvo junto a su tumba, dejándole un ramo de flores.

De su padre no supo más cuando cumplió los 16. Siempre lo odio por hacerle la vida un infierno a su madre, y el día que la enterraron juró que lo mataría.

Desde los quince trabajó en una zapatería de Acoyte y Rivadavia. Las clientas enloquecían con él, y se probaban varios pares de zapatos antes de comprar alguno, tan sólo para sentir como él les acariciaba los pies y las pantorrillas. Muchas de ellas iban con faldas cortas y omitían la ropa interior. Sus ventas eran muchas y las comisiones buenas. No le quedaba mucho tiempo para gastarlo, ya que trabajaba de lunes a sábado de 9 a 21 hs., y los domingos visitaba a su madre, y después de eso iba a la cancha a ver a Vélez, lo único que tenía en común con su padre, la pasión por el equipo del fortín.

Cuando su madre murió renunció a su empleo. Tenía una suma considerable en el banco, e invirtió una parte para comprarse una Bersa calibre 32. Con ella se dedicó a buscar a su padre, al que nunca encontró, y a asaltar a personas que eran lo suficientemente descuidadas como para meterse en un cajero automático de noche. El trabajo era sencillo, elegía la víctima, la encañonaba, le sacaba el dinero, la golpeaba en la nuca, sin herirla, pero dejándola inconsciente unos minutos, y después desaparecía. De esta manera sacaba unos trescientos pesos por noche, mucho más de lo que ganaba como zapatero, aunque extrañaba tocar las piernas de las clientas y mirar dentro de sus faldas.

Su vida cambió drásticamente. Dormía todo el día, se levantaba a eso de las cinco de la tarde, comía algo, se daba un baño y después salía, asaltaba a una o dos personas, dependiendo del monto del botín, tras lo cual, si estaba de ánimo, se iba a buscar con quien pasar la noche.

En principio sólo buscaba mujeres, pero después de un tiempo le daba lo mismo si era mujer, hombre, transexual, travesti o lo que fuera. Sabía que fuera lo que fuera no le sería fiel, por lo que al finalizar la noche debería castigarlos.

El plan era sencillo, primero charlaban, tomaban algo, si daba, bailaban, y, por último, se iban a su casa. Era una casona antigua de San Telmo, que había pertenecido a su tía, fallecida cuando él cumplió los 16. Era inmensa, y tenía una serie de túneles y pasadizos que fascinaban a todos sus visitantes.

Al llegar a la casa tomaban algo, se divertían un rato, y después los llevaba a dar el tour. Al bajar al segundo sótano se encontraban con una gran sala con una enorme bañera para dos personas, toda de hierro, un horno de barro gigantesco, en el cual fácilmente se podía cocinar una vaca entera, y un alambique clandestino donde preparaba ron de melaza a la vieja usanza.

Hombre o mujer, o en cualquier categoría que quiera ponerse un humano, la curiosidad es una enfermedad que afecta a todos por igual, y al encontrarse frente a esas instalaciones el virus comenzaba a funcionar.

No hubo una persona que visitara con él ese lugar que no quisiera saber más acerca de esa casa, de esos sótanos, de los pasadizos. Él les contaba una historia que había escuchado hacía muchos años, de cómo, en la época del virreynato los contrabandistas usaban instalaciones similares a esas para esconder las mercaderías traídas de Colonia del Sacramento, que los pasadizos y túneles salían al río, que en aquella época el río estaba a muy pocas cuadras de allí, no más de seis, que Puerto Madero no existía, todo eso era agua. Les contaba como en otra época se iluminaba todo con antorchas, y que él mismo había instalado el sistema de iluminación que veían, por fases, para economizar. A medida que se encendía una fase se cerraba la que se dejaba atrás, aunque era posible mantenerlas todas encendidas si era necesario.

Sus acompañantes, en general, no sabían que un siglo atrás no existía la electricidad, no sabían de la fiebre amarilla durante la presidencia de Sarmiento, no sabían que Sarmiento aparte de ser maestro había sido presidente. Menos entonces iban a saber de la mazorca, de las conspiraciones, de los masones, de persecuciones políticas que terminaban en ejecuciones o asesinatos. Él se había interesado en ello desde siempre, desde que su tía le mostró en su octavo cumpleaños lo que escondía el mundo inferior de la casa.

El ron de melaza que fabricaba en el alambique era la conclusión de la historia. El mismo lo envasaba en botellas de barro tipo tubo, similares a las viejas botellas de ginebra, las cerraba con corchos especialmente diseñados y las distribuía a un selecto círculo de bares, bajo la marca “Del Infierno”. Casi todos habían probado aquella delicia que me generaba un ingreso importante, lo que me había permitido dar por terminada mi actividad de asaltante.

En ese punto, cuando les explicaba como se hacía la bebida, solía colocarse por detrás del visitante y con un garrote de acero, que tenía escondido en el lugar ideal, lo golpeaba violentamente en la nuca dejándolo inconsciente. Sin matarlo, desnudaba al visitante y lo colocaba en un barril de dos metros de alto y uno de diámetro en la tapa, lo cerraba con clavos y remaches, y luego con una manguera lo llenaba de ron. Rara vez hacían algún escándalo, porque entre el golpe y el alcohol, ni se daban cuenta de que se morían.

Así lo dejaba cinco días: el alcohol impedía que se pudriera el cuerpo, y el cuerpo daba un sabor especial al ron.

Después venía el trabajo de embotellar, lo que solía demorar una noche entera, ya que con paciencia debía utilizar una bomba de mano, llenar una a una las botellas y encorcharlas. Vaciado el barril, el cuerpo iba a parar al horno, que había calentado a 400 grados, y donde lo dejaba un par de horas hasta carbonizarlo. Luego lo sacaba, lo trozaba, y lo utilizaba de combustible para el alambique. Nada se pierde, todo se transforma.

Así pasó un año, inmolando semanalmente a quien debía servir de fermento para una partida y combustible para la siguiente. Sin embargo, no todo era tan fácil, porque el ron “Del Infierno” se convirtió en una bebida muy popular y comenzó a ser insuficiente su cuota de producción.

Entonces decidió comprar un segundo barril. Si lograba incrementar al doble la producción, pronto sería rico. Al principio lo hizo por tandas. El viernes una víctima, el sábado otra. Pero ese viernes ocurrió algo inesperado: dos jóvenes señoritas, muy sensuales, muy calientes, quisieron irse con él a pasar la noche. Era el sueño de todo macho cabrío, y él no era la excepción: negocios son negocios, pero una oportunidad así no se desperdicia.

Fueron a su casa, bebieron, escucharon música, y se desató una avalancha de pasiones de la cual parecía que él quedaba excluido, lo que comenzó a irritarlo. En lugar de disfrutar del espectáculo que las dos chicas le obsequiaban fue a buscar su vieja compañera de trabajo, que hacía tiempo descansaba en un cajón, la que si bien había asustado a muchos nunca había lastimado a nadie. Cuatro veces resonaron las explosiones, y cuatro veces las balas rompieron la frágil armadura que cubre a todo humano. Las chicas, aún después de muertas, parecían seguir disfrutándose mutuamente. Las agarró por los tobillos y comenzó a arrastrarlas al sótano, dejando un rastro bermellón a su paso.

Los vecinos escucharon los gritos de la Bersa y, alarmados, llamaron a la policía. Estos irrumpieron en la casa y siguieron las huellas rojas hasta el alambique, llegando en el preciso momento en que cerraba la tapa del primer barril. Sacó a su amiga del cinturón y, sabiendo que era el final, disparó una sola vez a la nada. Los uniformados respondieron certeramente, terminando con él.

El trabajo de los peritos duró semanas, tras los cuales se llegó a determinar que al menos había restos de 57 víctimas del “Loco del Alambique”, como lo llamó la prensa, en ese sótano.

Poco tiempo después, ya en ningún bar de Buenos Aires se podía tomar un shot del ron “Del Infierno”.

“...That’s the end...”

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