Las Olas y el viento...

Siete días después estaba en el mismo lugar con una pregunta flotando en mi mente. ¿Por qué?

Llegó sin avisar. Yo estaba en la terraza de mi habitación tomando un suculento desayuno mientras mis ojos se relajaban con la visión de las olas que ciclo tras ciclo rompían sobre las arenas blancas. Mi mujer había bajado temprano. Podía verla caminar frente a la línea de los árboles. De pronto, el mar se retiró. Fue algo súbito y silencioso. Todos parecieron congelarse. La pared de agua se levantó hasta alcanzar nueve metros de altura. Dejé caer la taza.

Recuerdo que corrí al interior del edificio para refugiarme. Una imagen de mi esposa en la playa invadió mis pensamientos y giré. El vidrio a mis espaldas se evaporó y el agua llenó la habitación empujándome hacia el baño. Pude ver a los peces nadando a mí alrededor durante un instante. Me aferré al lavabo, consciente de que pronto el agua se retiraría. La succión que sobrevino tenía la fuerza de una locomotora. El lavabo se desprendió y mi cabeza golpeó contra algo. No recuerdo más.

Es un milagro que esté aún con vida. Desperté en un rincón del baño, que aún tenía varios centímetros de agua. Me ardía la cabeza y me dolía todo el cuerpo. Nada estaba roto, nada parecía estar fallando. Me levanté, me mareé y vomité. Me incorporé con lentitud y quedé de pie con el peso de mi cuerpo inclinado sobre la pared. Primero di un paso, después otro y pronto estuve en la habitación. Miré a hacia la playa y volví a vomitar, aunque ya no quedaba nada en mi estómago.

El olor a muerte es insoportable. Había docenas de peces descomponiéndose en donde había estado mi cama, había cadáveres humanos recostados sobre la arena junto a tiburones que habían sido arrastrados a la arena por la ola y no habían logrado regresar a su hogar. Había restos de las cloacas que se habían inundado bañando todo el paisaje.

¿Dónde estará mi mujer?

Bajé a la recepción del hotel. Era una gran sala desierta. Aquí y allá encontré alguna cosa: una olla, un almohadón, los restos de un cocinero. Salí a la piscina, llena de agua de mar. Algunos peces aún retozaban en la trampa a la cual el océano los había arrojado, jugando a las escondidas con turistas y empleados que allí habían encontrado la muerte. Caminé por el jardín hacia la playa. Las palmeras se balanceaban con la brisa como siempre lo habían hecho, no parecían haberse enterado de la gran tragedia que me envolvía. ¿Seré el único que se ha salvado?

Añoré encontrar entre los cuerpos algún rostro familiar. Ese hombre estaba en la habitación siguiente, aquella mujer había llegado en nuestro vuelo, aquel joven era el que nos servía los tragos en la playa. No sé sus nombres, nunca se los pregunté. ¿Quiénes eran ellos? ¿Por qué me importaron tan poco?

Busqué a Bea entre los árboles y escuché una voz. No entendía lo que decía. Me acerque a ella y encontré a hombre europeo, alemán, sueco, o algo parecido. Me hablaba en su idioma y yo le contestaba en el mío. No nos entendíamos, pero sentí que su dolor se aflojaba. Lo examiné con la mirada y me di cuenta que no podía hacer nada por él. De pronto sonrió y dijo algo que entendí como que me daba las gracias y murió. Me quedé con él un rato, no sé cuánto. En el aire resonaba el eco del silencio. Ya nada importaba.

Hoy se cumple un año de aquél tsunami que me cambió la vida. Todavía no sé qué pasó. Todavía guardo la esperanza de que algún día encuentren a Bea.

Qué mierda...

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Joseincomentó hace 3 años

Me gustó la narración. Saludos.
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