Parte sin título

—Martín, intercederás por ellos   —pronunció el Creador, mientras miraban la pelea. Obedeciéndolo bajó al plano terrenal; justamente a la casa de aquella pareja que se ofendía con cada palabra. Martín esperó a que se durmieran, uno de espaldas al otro. Entonces, como si fuera la conciencia de ambos, murmuró a los oídos señales de consuelo:

—Cuando despiertes, sorpréndelo con un beso que demuestre reconciliación   —y se volvió al otro lado.

—Agasájala con un desayuno para los dos en la cama, y si lo acompañas con flores, mejor.

 

El joven fue el primero en levantarse. En silencio llegó a la cocina, prendió el fogón y cocinó cuatro huevos, hizo tostadas y salió con prisa al jardín del frente, del que cortó algunas flores. Al volver a la casa, colocó el desayuno en una bandeja y se dirigió al cuarto. Su mujer lo esperaba con los ojos entreabiertos. En medio de la sorpresa, las sonrisas y las flores que llevó escondidas, ella le regaló un beso. Desde la puerta Martín observó satisfecho el trabajo, y partió en busca de otra pareja a la que ayudar, y más tarde buscó otra, y luego otra; y los años de convivencia entre los humanos se hicieron largos y complacientes, hasta el punto, que cuando le llegó la hora de volver, abandonó su Aro Celestial, la Blanca Túnica y al encontrar el amor, creó su propia familia.