Trébol

TRÉBOL

Abrió la puerta, salió a la noche, probó el aire con un soplo, sintió el frio en la cara, en la piel de las manos, en el aire blanco del aliento. Encendió el coche, lo dejó en marcha para que calentara su motor. Entró a la casa. Tomó el último mate, sabroso con ruido. Cerró despacio, para no despertar. Eran las 3.41, como ayer, como mañana. Quizás mañana serían las 3.40.
Atravesó el camino azul con manchas de pintura, de líneas gastadas, blancas y amarillas. Esquivó los pozos de todos los días, el gato encandilado, la lechuza que levanta vuelo a tiempo. Vio la comadreja arrollada como un trapo, las iguanas las reemplazarían en verano, ofreciendo sus cuerpos en un ritual de cruce de ruta. Miró de reojo el pinar, las luces de la quesería, el reflejo de los carteles: curva, contra curva, curva peligrosa.
Llegó al trabajo, las luces blancas de la mole de cemento la señalaban en las nubes desde kilómetros antes. Su sonido a motor de heladera, como si fuera una heladera gigante en el medio del campo. Saludó al guardia, avanzó con el coche lentamente sobre el estacionamiento, se detuvo frente a la marca en la que estaba pintado su número de legajo. Bajó del auto. Cerró con alarma.
―Buenos días, Germán –saludó el guardia. ― ¿Cómo anda la flamante gerente de Calidad?
Germán contestó, macanudo aunque algo dormido, como siempre. Que bien, que la flamante gerente aún dormía dado que el ascenso le había cambiado los horarios. En ese momento se sintió extrañado, como si algo no estuviera en su lugar. Pensó que pudiera ser precisamente el cambio en la rutina, ya no ingresar, su esposa y él, en el mismo horario. Pero no, no se trataba de eso. Estaba seguro que era otra cosa. Miró el reloj, eran las 4.10.
―Che, son más de las cuatro. ¿Pasó algo? No me digas que otra vez no andan los inyectores de vapor.
El guardia negó con la cabeza.
―No, no. Un ratito antes que usted, llegaron de gerencia. Parece que hay paro de camioneros. De Senasa también vinieron. No creo que haya faena hoy. Eso dijeron algunos…
Los demás empleados, el personal de planta, comenzaban a aparecer entre la bruma. Se comenzó a formar un grupo amuchado contra el portón, dando los buenos días, preguntando por la faena y diciendo algo del paro y de los camioneros y de Senasa. Las brasa de los cigarros se batían con la helada, las manos se frotaban con el humo para espantar el frío. Germán recomendó llamar a Producción para que definan si habría trabajo ese día. El guardia accedió. Al llamar, asintió con el cuerpo: que sí, que bueno, que ahora doy aviso, que disculpe la molestia.
―Señores, hoy no se trabaja, por disposición de la empresa― dijo el guardia con voz de verdulero al colgar la llamada.
Los empleados partieron en grupo hacia los autos y las motos. Germán subió al suyo. Lo dejó calentar un minuto y de vuelta a casa. Eran las 4.43.
La mole de cemento con luces blancas quedó atrás como un gigante caído en medio del campo. Otra vez la ruta azul, la pintura gastada amarilla y blanca, el pinar, las comadrejas arrolladas. Llegó a su casa a las 5.05. Abrió despacio para no despertar a nadie.
Al poner un pie en el pasillo, oyó los primeros gemidos. Paró la oreja, dejó de respirar para escuchar mejor. Un nudo en el estómago. Algo estaba pasando en la habitación principal y no le dio buena espina. Se acercó sin hacer ruido, sin poder pisar seguro, sintió que casi levitaba. Los gemidos se hicieron más intensos, no parecían de dolor o era el dolor más fuerte. Casi sobre el umbral, el jadeo ya era rítmico, de una perra pariendo o de una mujer relamiendo un orgasmo. Al abrir la puerta, era su mujer. Reconoció la silueta, la forma de la espalda encorvada hacia atrás, como preparándose para dar un salto sin caída, el tono de los suspiros, la cabeza diciendo no, el susurro ahogado diciendo sí.
Detrás de ella, una sombra o la figura de un hombre en penumbras, percutiendo con su cadera sobre las nalgas dispuestas de Mabel. Todo era preciso, rítmico, desesperante. Estuvo un momento breve (dos segundos, tal vez tres) observando sin hallarse en aquel cuadro. Después la furia encontró su relincho y saltó las tranqueras del absorto. Cerró su puño y se abalanzó sobre los amantes. El golpe derribó al hombre y le hizo dar un grito a la mujer. Germán sintió la oreja caliente en los nudillos.
― ¡¿Qué pasa?! ¡NICOLÁS! ― dijo Mabel, desesperada, buscando la sábana para taparse las tetas.
Desde el piso, a un costado de la cama, se escuchaba el dolor del hombre herido. Germán todavía tenía el puño cerrado, el brazo tembloroso.
― ¿Qué pasa, preguntas? ¿Todavía preguntas qué pasa? ¡Puta de mierda! En la pieza de al lado están durmiendo los chicos, hija de puta. Y vos acá cogiéndote a éste.
El del piso había logrado ponerse en cuclillas. Se refregaba la oreja sangrante.
―Mabel, ¿Quién es este tipo? ―y a Germán― ¿Quién sos, qué querés?
―No sé quién es, Nicolás. ¡No sé! ¡LLAMÁ A LA POLICÍA!
Germán miraba la escena, incrédulo.
― ¡Encima se llama Nicolás! ―gritó como un desquiciado.
Nicolás intentó encender el velador que había hecho trizas con su cabeza al caerse desde el cielo. La penumbra se cernía sobre los tres, apenas iluminados por las luces de la calle que se colaban por la ventana.
― ¿Como que no sabes quién soy? ¡Soy tu puto marido, Mabel!
Nicolás se puso de pie.
― ¡Yo soy el marido de Mabel! ¿Qué mierda estás diciendo?
Germán miró a Mabel, que no lograba serenar la respiración.
―Mabel, por el amor de dios, los chicos están… decime qué mierda está pasando acá.
― ¿Qué chicos? ¿De qué hablás? No sé quién sos, ni qué haces acá…
―Mabel, ¿te volviste loca? Soy, yo, Germán, tu marido. ¿Me estabas cagando con este pelotudo?
Nicolás miraba la escena, incrédulo. Germán logró dar con el interruptor de la luz principal, junto a la puerta. Una luz roja matizó la habitación, más un cuarto de revelado o un ambientado de motel que una recámara marital. La roja penumbra se cernía sobre los tres, ya sin las luces de la calle. Eran las 5.33.
― ¡Qué mierda ésta luz, Mabel! ― exclamó Germán, mirándose la campera, las piernas coloradas.
― ¡Es la que usamos con mi esposo para coger, pelotudo! ¡Andate de mi casa o llamo a la policía!
― ¿De tu casa? ¡De nuestra casa! ¡Y también vivo acá! No puedo creer que me hayas cagado… no puede ser… con los chicos al lado, en la otra pieza… hija de puta…
Nicolás había logrado ponerse de pie, un poco mareado aun por el golpe.
―Mabel, ¿qué está pasando?
―Nico, no sé. No sé quién es. Decile que se vaya…
―Mabel, decime la verdad.
― ¡Te esto diciendo la verdad! ¿No ves que es un loco de la calle? Nicolás, decile que se vaya
― ¿A quién? ¿A tu amante?
Mabel abrió los ojos, morados por la luz ambiente de motel o de cuarto de revelado.
― ¿Mi amante? ¿Estás empedo, vos? ¡Te juro que no sé quién es!
Germán hubiera preferido moler a palos al intruso que estaba de pie, manchando con sangre de oreja el parqué de su habitación. Pensó en los chicos, intentó controlar la furia.
―Flaco, vos mejor ándate de acá. Dale, rajá. Esto lo resolvemos con mi esposa, nosotros dos. Vos andá. No te reviento porque están los chicos en la pieza de al lado…
¬― ¡¿Pero de qué chicos hablás, enfermo de mierda?! ― exclamó Mabel, a punto de una crisis de nervios. ― ¡Yo no tengo “chicos”, tenemos una nena de tres años durmiendo en la pieza de al lado y estamos cogiendo en ésta casa porque somos sus padres, imbécil! ¡NICOLÁS HACÉ ALGO, POR EL AMOR DE DIOS!
Germán se quedó callado. Luego sonrió, nervioso. Nicolás comenzaba a juntar sus ropas del piso, se abrochaba el pantalón…
―Una nena… de tres años… Mabel, Virginia tiene trece y Bruno diez… ¿de qué habl…?― Germán quiso terminar la frase pero no pudo. Algo universal lo abarcó, como un entendimiento. Quedó inmóvil en medio de la habitación. Nicolás, ya vestido, tomó su celular y salió en dirección al comedor. Mabel, detrás de él, enrollada en la sábana.
― ¡Nico! ¡Nico, qué haces! ― lloraba, intentaba sujetarlo de la camisa, él se soltaba, ella lo tomaba otra vez. Forcejeaban.
―Soltame, Mabel, soltá…― Nicolás tenía la mirada de los ciegos, fija en un punto invisible.
―Pero mi amor, te juro que no sé quién es…
Germán apareció entre las luces de la calle que se asomaban desde las ventanas, contoneando sillas, mesas, una biblioteca, la insinuación de una cocina. Hablaba como un profeta loco o como un loco ebrio, un poco para sí, un poco para el exterior…
―Trabajamos en la misma oficina…―alcanzó a decir, con la mirada de alguien a quien se le revela el apocalipsis o la propia muerte.
Los otros dos se quedaron callados al oírlo. Nicolás dirigió la vista a su esposa, como si defenderse de aquella prueba fuera la última posibilidad de creer que todo esto no era más que un invento bien orquestado para salir airosa de una encrucijada de amantes que la había dejado en evidencia.
―Vos… vos entraste hoy en la oficina… es verdad… tu cara…―Mabel pronunciaba todo lentamente, como si un recuerdo lejano viniera rengueando hasta ella y le mostrara en las palmas de las manos su destino. Nicolás hizo un gesto de rasgarse las vestiduras.
― ¡Listo, entonces! ¡Todo aclarado! ¡Te estas cogiendo al compañerito nuevo de la oficina!
Nicolás salió a los saltos por el pasillo, hasta la puerta de calle. Cerró dando un portazo que el picaporte no resistió, rebotando en el marco y abriéndose nuevamente. La luz de la calle se colaba, también ahora, por la puerta principal.
Mabel y Germán se miraban como catatónicos.
―Vos entraste hoy…― decía ella, susurraba.
―No, Mabel… a vos te ascendieron y yo…
Los ojos de Germán se abrieron hasta casi salir disparados.
―Esperá… esperá, esperá… ¿vos decís que yo entré hoy a la oficina?
Mabel asintió sin poder hablar.
―O sea que hoy es 28 de junio…
Mabel asintió sin seguir pudiendo hablar.
― ¡Nicolás! ¡Nooooo, Nicolás! ― gritó Germán, estirando las manos en dirección a la puerta como quien no da con sus piernas para salir corriendo.
Mabel escuchó la frenada, el golpe, los perros del vecino ladrando amargamente, el llanto desesperado de una mujer, sus gritos.
Mabel se sintió sola, como aquella noche se había sentido sola y nunca más así. Los niños aparecieron desde el pasillo de los cuartos. Primero Virginia, detrás Bruno. Los dos desconcertados por el sueño.
―Mamá… ¿Qué pasó? Escuchamos un ruido― dijo Virginia.
Mabel dijo que sí con la cabeza. Salieron los tres a la calle. Había luz amarilla y la quietud de la helada. Los perros del vecino doblados sobre sí, enroscados. El auto de Germán apareció desde la esquina. Germán bajó tarareando la canción que había sonado en la radio, de viaje de vuelta.
― ¿Qué hacen levantados ustedes? Hoy no se trabaja, hay paro. ¿Pasó algo?


FIN.-

 

Escribir comentario
/ 400