¿Quién usa reloj hoy día? Los teléfonos celulares.

El reloj detuvo el tiempo a medianoche. No era algo nuevo, lo hacía cada noche desde el día en que Doña Catalina, mi abuela, lo recibió por correo hace setenta y siete años y lo instaló sobre la chimenea en la sala de su casa.

Cualquiera se preguntaría por qué mantener en el lugar más privilegiado de la casa un reloj que no funcionaba bien. Bueno, es cuestión de perspectiva. Porque el reloj no tiene ningún defecto, funciona a la perfección. Pero si se detiene a medianoche cada noche, cómo puede funcionar bien. Señoras y señores, no he dicho que el reloj se detiene, sino que detiene el tiempo.

Ya los escucho decir, este se ha pasado de copas o se ha comido un hongo que le hace ver elefantes de colores. Yo entiendo que en estos tiempos de ciencia y tecnología exacerbada les cueste entender que la magia existe. Pero más allá de todo escepticismo, sólo puedo decir una cosa. La magia existe.

 Volviendo a la historia, el reloj detuvo el tiempo a medianoche y en ese momento todos nos reunimos junto a la chimenea a escuchar la historia que Doña Catalina traía para contarnos. Ella había muerto hacía mucho, pero el reloj le permitía volver cada medianoche para contarnos una historia.

“Erase una vez un grupo de caballos pintados de colores que corrían y saltaban al ritmo de unos tambores que crecían dentro de los troncos de los árboles que rodeaban el prado donde los caballos vivían”.

Doña Catalina tenía el cabello blanco recogido en dos largas trenzas que caían sobre su pecho. Llevaba un sweater rojo sobre su vestido azul con lunares blancos y pantuflas en los pies. Pese a su avanzada edad, no usaba lentes. Nunca las había usado. Básicamente porque era ciega. Pero su magia le permitía ver sin usar los ojos.

“La música de los tambores comenzaba a sonar cuando el sol asomaba por el horizonte y se detenía cuando el sol llegaba a su punto más alto. Y cuando el silencio llegaba, los caballos detenían su baile y comenzaban a comer el pasto de la pradera y beber agua del arroyo que la atravesaba”.

Nosotros éramos sus niños. No importaba si teníamos 5 o 50 años, todos éramos sus niños para ella. Y el amor con el que contaba los cuentos nos hacía sentir como tales.

“Un día un caballo decidió viajar hacia el atardecer y se encontró con una montaña muy grande. Intrigado, porque nunca había visto nada parecido, comenzó a subir por ella por un sendero resbaladizo que lo llevó, al cabo de una larga escalada, hasta lo más alto que la tierra llegaba”.

Doña Catalina manejaba las pausas con la experiencia de una vida de cuento. Se había casado muy joven con el amor de su vida, había tenido cinco hijos y ellos le habían dado un ejército de nietos que la adoraban.

“Allí en lo alto, encontró a un hombre que lo abrazó apenas lo vio. Tu tribu y la mía son hermanas, dijo el hombre, y así lo seremos tú y yo. Entonces el caballo sacudió su cabeza y le permitió al hombre que lo montara. Y desde entonces, hombres y caballos han viajado juntos por el mundo”.

Doña Catalina cerró el libro y se despidió de nosotros. El tiempo volvió a correr y ella ya no estaba. Pero nadie se puso triste. Porque todos sabemos que mañana, cuando llegue la próxima medianoche, ella vendrá a nosotros con otro cuento.

 

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Alejo Aldocomentó hace 2 años

Muy bueno.
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