ME OLVIDO ALGO

“No se puede sobornar al olvido:

la mayor parte debe contentarse con ser como si no hubiera sido…”

Thomas Browne


Me olvido algo. No sé qué, pero estoy seguro.

Los sobres con los papeles están en la caja marcada con rojo. Los documentos, las facturas y todo eso son lo primero que guardo. Nunca los perdí y rara vez me los pidieron, de manera que, tenerlos o no, jamás significó mucho. Sin embargo, saber dónde están me tranquiliza. No imagino una requisitoria en la que no los tuviera a mano. Sé de personas que por no tenerlos debieron cumplir penosas condenas. Algunos hasta fueron a prisión. Y hay quienes desaparecieron en oficinas del gobierno, intentando conseguirlos. Como le pasó al primo del viejo Juan, fue a Saladillo a tramitarlos y no volvió más.

EL Boby y Amanda no son.

Al Boby siempre lo pongo en la caja con telgopor y la rotulo: FRÁGIL. Además, le dibujo la flecha para indicar el sentido de apoyo y le escribo: ARRIBA y ABAJO. Tomé estas precauciones desde que perdió el ojito izquierdo y se le descosió la pata derecha. Los zanguangos de la mudancera le pusieron una bolita. Yo mismo le completé con estopa la patita y se la cosí. Por suerte conseguí repuesto del ojo en la Galería de Avenida de Mayo, no era del mismo tono, pero le quedó bien, canchero. Le compré un marrón almendra, el que tenía era más miel. Se nota si lo mirás de frente. En el mismo lugar compré la urna nueva para Amanda, con lo ribetes en verde esmeralda, que tanto le gustaban. Ella está sobre la repisa, es lo último que empaco y la llevo conmigo, por las dudas.

Las fotos tampoco son.

Si fuera por mí ya me las hubiera dejado, pero ella las adoraba. Todavía conservo los marcos que les pintaba. Me gusta la que tiene el cuadro viejo, que compró en San Telmo. Ahí tiene el pelo suelto y me mira fijo, como si fuese a sonreír, pero sin hacerlo, en el instante justo de empezar a reírse, como recordando algo gracioso o una picardía. ¡Qué bueno que tomé esa foto! De lo contrario ya hubiera olvidado cómo me gustaban esos momentos. No soy bueno para atesorar. En cambio, Amanda disfrutaba más en conservarlas que en la torta de chocolate que comía, mientras las miraba.    

¿Qué será?

Ojalá sean los pulóveres escote en V. Creo que la única manera de deshacerme de ellos es olvidándolos. Esos que me regala la Tita, de colores pastel. ¡Un asco! Aunque, si es por regalos desagradables, mi hermana le gana a mi cuñada. Es como si compitieran en un concurso de regalos espantosos. ¡María, con esos pañuelos, supera a cualquiera! Sus regalos están en la categoría: “Ah, no te hubieras molestado”. Y ellas se molestan y se molestan. Lamentablemente, están todos con los cachivaches del ropero.  

Tiene que ser algo chiquito. Los objetos diminutos son los que se extravían.

Nadie pierde una cama o un armario. Amanda, por ejemplo, tenía un aro de cada par. Y yo, cada vez tengo menos cucharitas de postre. Ya nadie tiene cucharitas de postre, es cierto, pero comer un postre con cucharita de té es feo y hacerlo con cucharita de café, imposible.

Hay veces en que quisiera dejar todo.

Instalarme y comprar todo nuevo. Guardarropas completo, vajilla, electrodomésticos, muebles… No sé. Hay que ser muy rico o muy pobre para que no importe perder algo. Los que tienen de todo o no tienen nada puede prescindir de esos trastos, el resto estamos unidos a su destino.

¿Y si lo que omito no es un objeto, sino un hecho? ¿O algo intangible, como la juventud o la felicidad? Hace mucho que no soy joven y no soy tan insensato, como para creer en la felicidad o en supercherías como esa. Pueden ser sentimientos descarriados, como escriben las revistas dominicales. O puede ser algo que no hice, como las tareas que me hubieran convertido en un hombre emprendedor. También pueden ser nimiedades, como pagarle al diarero o al sodero. O despedirme de algún vecino. O cerrar las llaves de paso. A veces los sucesos habituales son los que nos dan sentido. Sin ir más lejos, cuando mi tío Osvaldo, se fue a Pigüe y no cerró la puerta del pasillo le desvalijaron la casa. Y otra vez, cuando se fue a pescar a Monte con la duda de haber cerrado la llave de gas, le agarró un pasmo, que casi queda seco. Si la cerró o no, sigue siendo un misterio, pero quedó tullido, con la seña del siete de velo eterno.         

¿Y si alguien se lo robó?

No creo que alguien se lo haya quedado. Tengo tan pocas visitas que es imposible. Aunque la gente es muy dañina, con tal de hacer el mal es capaz de cualquier cosa. ¿Cómo lo denunciaría? No me imagino al oficial tipeando la desaparición de “algo sustancial” del domicilio del señor... “ALGO SUSTANCIAL” es lo más parecido a una clasificación satisfactoria. Si fuera ferretero lo pondría en un anaquel con ese nombre, al lado de los tornillos, las tuercas, las arandelas y las llaves de tres octavos, que, casi, son imprescindibles, junto con lo que no puedo acordarme.

Tiene que ser “algo sustancial”, algo que no pueda desechar.

Si no fuera relevante no tendría sentido que me preocupara. Lo mejor va a ser que escriba una lista. Seguro que cuando vea la nómina notaré su ausencia. O mientras la escriba vendrá a mi mente. O si vacío cada rincón de la casa, hasta el último recoveco, estaré seguro que no lo dejo. Quedará entre los bultos que llevo conmigo. Aunque no sabré qué es, ni la relevancia que tiene para mi vida y mucho menos el lugar exacto donde se encuentra. Quizá viva el resto de mis días ignorando su existencia y quedará acechando, en el inconsciente de las cosas.  

Mejor no pensar tanto, cuanto más pienso menos recuerdo.

Al fin, el mundo tiende al Tetris. Es un video juego viejo, como yo, pero no tiene nada que envidiarle a otras cosmogonías. Algunos universos propenden al caos o al equilibrio. Están los que buscan la armonía o el desarrollo. El mío no. Las cajas se suman, arriba, abajo, delante, atrás y a los costados. Forman bloques que se desplazan unos a otros hasta que se pierden en un submundo, que no vemos y sirve de base. Todo lo que sale de nuestra vista lo conocemos o lo conocimos, son como partes nostalgiosas del juego. En algunos de esos bagayos se ocultó de mi memoria. Tal vez algún día lo reencuentre. Espero, para entonces, recordar qué era y así reconocerlo o no sabré si lo vuelvo a ver y lo habré perdido, como se pierden las cosas importantes, entre las otras pequeñeces de mundo.

Tal vez jamás sepa qué olvidé, pero siempre sabré que una vez olvidé algo que nunca supe.   

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