El SUICIDIO DE VLADIMIR PUTIN

Los fuegos artificiales iluminaban el cielo moscovita. Millones de soldados acababan de desfilar gallardamente ante el Kremlin. Las multitudes eufóricas lo aclamaban como el líder más grande que haya tenido Rusia en su historia, inclusive más que su ídolo, Pedro “El Grande”. Vladimir Putin estaba disfrutando su más grande logro de su carrera política. Kazajistán, la exrepública soviética que se quería salir de la órbita rusa amenazando con crear un eje musulmán contrario a Moscú en Asía Central, había sido derrotada. Las Fuerzas Armadas rusas hicieron gala de una brutal eficiencia, sometiendo a los kazajos en dos meses, mediante bombardeos estratégicos y la ofensiva de los blindados.

Ya recostado en la soledad de los históricos salones del palacio de gobierno moscovita, una fuerte sensación de desazón y cansancio dominó al gobernante ruso. Era el vació de la victoria que se apoderaba de él. Era consciente que nunca más vería una celebración tan apoteósica como la que acababa de presenciar. Aunque nunca había soñado con vencer a los kazajos, su objetivo de juventud de revalidar el poderío ruso en el mundo se había conseguido. Por eso, primero intervino en Ucrania para apuntalar a un régimen adicto a Moscú, anexionando Crimea. Luego lo hizo en Medio Oriente, respaldando al gobierno sirio contra la amenaza de los fundamentalistas islámicos. La victoria en Kazajistán fue la constatación que Rusia volvía a ser la segunda potencia militar del mundo. Pero él sabía bien que ya había alcanzado lo máximo y ya no quedaba ningún nuevo cielo al que escalar. Todo indicaba que, casi por la naturaleza de las cosas, el camino sería descendente. El que era el próximo objetivo, por el que muchos gritaban en la Plaza Roja, la derrota de Estados Unidos, estaba fuera las posibilidades de su economía. El país más grande del mundo podía resistir, pero la lucha implicaría una devastación irrecuperable. “Como lo fue la Segunda Guerra Mundial para Gran Bretaña: vencieron militarmente, pero fueron derrotados políticamente, dado que perdieron su condición de superpotencia”, reflexionaba. Por más que se haya burlado de las sanciones económicas que Estados Unidos y la Unión Europea le habían impuesto, sabía que el daño económico era considerable. La guerra contra Kazajistán había sido una exigencia que la economía rusa no podía soportar. Rusia estaba endeudada por décadas con los chinos, que indirectamente habían sido los grandes vencedores del conflicto. El petróleo seguía bajando y persistían los problemas sociales, especialmente en salud y educación, con lo que el descontento social persistiría. Por más que hiciera creer a todos que estaba predestinado a liderar a Rusia, en su fuero intimo sabía bien que no tenía ningún mandato del Cielo. No era difícil descubrir que su poder era mucho más débil de lo que se creía. Veía con una mezcla de rabia y desanimo como el apoyo a su gestión no despegaba. Era en las grandes ciudades, especialmente entre las clases medias y los jóvenes, dónde el rechazo a su régimen era más acentuado. Dos semanas después de la guerra, la oposición organizó masivas protestas por la democratización de Rusia. 300.000 mil personas salieron a la calle en Moscú y otros cientos de miles en el resto del país. Pese a que los medios locales minimizaron la noticia, igualmente sus efectos fueron demoledores en el ánimo del presidente. “Sin el apoyo de los sectores más educados de la población, mejor no seguir gobernando”, se le escuchó decir. 

Por eso, se le vio muy distante y pensativo en los días que precedieron al desfile de la victoria. En esa turbulencia de oscuros pensamientos la idea de dejar el poder se le hacía cada vez más seductora. Pero cómo ¿renunciar a su primer ministro, su leal ladero, Dimitri Medvedev? Eso equivalía a una cobardía, a menos que se expusieran razones de salud, pero las mentiras siempre se podrían descubrir. Si Lenin gobernó hasta el fin de sus días, pese a su enfermedad, Putin no podía ser menos. Además, él se conocía bien, sabía que no podría estar fuera del gobierno y sin influencia. Siempre aparecerían sus allegados solicitándole sus consejos o denunciando al nuevo gobierno, asumiendo que él era el verdadero jefe. Por otro lado, tampoco confiaba mucho en Medvedev, a quien no lo veía capaz de sobrellevar todo el peso del Estado ruso. Hacía tiempo estaba pensando que su amado país debía avanzar hacia la democratización, proceso en el que, por supuesto, no podía participar, pero tampoco podía dejar el gobierno a la oposición que, muy probablemente, lo encarcelaría por sus muchos crímenes y actos de corrupción.

Orando en la capilla del Kremlin una iluminadora reflexión le dio una salida. “No tiene sentido gobernar sin objetivos, y para una persona como yo, que logró levantar a Rusia y ha conducido este país por más de veinte años, carecer de poder es como carecer de vida”. Pero Putin no se podía suicidar como lo hacían los políticos derrotados. El único que lo podía derrotar sería él mismo. Por eso, la mejor alternativa era organizar un auto-atentado, en el que sea asesinado. De esta forma, quedaría consagrado como el más grande mito de la historia rusa, superando a Iván “El Terrible”, Pedro “El Grande”, Catalina “La Grande” y Stalin. Como cristiano, sabía que la sangre lavaba la sangre y su propia sangre lavaría sus crímenes.

Sigilosamente, como exigía una misión de esta relevancia, habló con Serguéi Naryshkin, director del Servicio de Inteligencia Extranjera, y excompañero suyo en la KGB, para preparar el atentado, que denominaron Operación Kruschev, en homenaje a quien llevó a la Unión Soviética a la destalinización, un proceso que Putin identificaba con sus propósitos. En realidad, el propio Putin tenía en la cabeza el plan. Una célula islámica, formada por kazajos, atentaría contra su vida en venganza por la derrota en la guerra. El presidente tenía la idea que el atentado se realizase en una ceremonia pública relevante. Putin quería que sea en el gran desfile del Día de la Victoria, que conmemoraba el triunfo ante la Alemania nazi, pero Naryshkin lo disuadió porque eso dejaría en ridículo la seguridad rusa ente el resto del mundo. Siempre preocupado de preservar la imagen rusa, Putin aceptó la sugerencia y se decidió que la operación se implementaría en una ceremonia menor en San Petersburgo, su ciudad natal.

Pero antes Putin quiso preparar el camino para el futuro de Rusia. Se reunió de forma secreta con el principal líder opositor, Mikhail Kasyanov. Los dos hombres tenían un largo historial de desencuentro y odiosidades, pero con algunos vodkas se fueron amigando. Putin le dio a conocer que creía que Rusia tenía que llegar a una democracia de forma gradual. Él tenía muy presente el colapso de la Unión Soviética, por lo que era enfático en no tolerar ningún peligro de secesión. Reconoció que había sido muy cruel y autoritario muchas veces, “pero no tenía alternativas: Rusia necesitaba un gobierno fuerte y estable para enfrentarse a las muchas amenazas exteriores, que nos querían ver convertidos en un país irrelevante,” le dijo. Asumía que Medvedev no tendría la capacidad para mantener el régimen que él construyó. “En realidad a mí me importa una mierda si Rusia Unidad (su partido) mantiene el poder” – le confesó. “Lo que me importa de verdad es Rusia: preservar el poder de nuestro Estado ante el mundo. Por eso, te pido que nunca negocies con los norteamericanos, como lo hiciste cuando criticaste la invasión a Ucrania. Nosotros podemos tener diferencias, pero somos todos rusos, los norteamericanos serán siempre nuestros enemigos y tenemos que estar unidos para enfrentarlos.”

Kasyanov, también bajo el influjo de la bebida, aceptó que se equivocó en criticar la intervención en Ucrania, y aseguró que estaba imbuido en el mismo espíritu nacionalista que motivaba a Putin. Esa noche los viejos enemigos sellaron un pacto. El presidente los dejaría llegar al poder, siempre que mantuvieran su modelo para expandir la hegemonía rusa. Después, el líder opositor se preguntaría ¿por qué Putin cedió tanto cuando seguía estando en una posición de fuerza?

El presidente también quiso negociar por última vez con Michelle Obama, su par norteamericana. La desconfianza siempre había determinado su relación con los Obama, que no le perdonaban su intervención a favor de Donald Trump. Ante la guerra de Kazajistán, Putin llegó a instarla a luchar contra ellos. “Envíen a sus marines, acá sabremos como recibirlos. Veamos si se atreven a sacrificar a miles de sus soldados. Nosotros siempre estamos dispuestos a cualquier sacrificio por nuestra sagrada tierra,” le espetó por teléfono. Esta vez, Putin quiso expresarle que el anhelo ruso era mantener la hegemonía en Eurasia, que creía que lo merecían por ser el país más grande de la región. “De la misma forma que Estados Unidos tiene su hegemonía en América Latina. Nosotros no hicimos mucho para evitar su intervención en Venezuela, porque entendíamos que era su área de influencia”, le señaló. En la conversación mencionó que Rusia tenía que avanzar hacia la democracia, lo que requería el respaldo norteamericano. “Ustedes como grandes adalides de la democracia tendrán que apoyarnos y no tratar de socavarnos como potencia”. Al final Putin logró el compromiso de Obama de respaldar el nuevo proceso que seguiría Rusia. Al igual que Kasyanov, Michelle Obama concluyó la reunión muy intrigada por la actitud de Putin, inusualmente abierta y conciliadora. Los dos, respaldados por sus asesores, asumieron que el presidente, de una u otra forma, los quería engañar.

El viernes 24 de enero Putin llegó a su ciudad natal. Visitó la Iglesia de San Simeón, en la que se crio en la fe, donde sentía una intimidad religiosa mucho más fuerte que en la capilla del Kremlin. En ese lugar, tan especial para él, un sentimiento extraño se apoderó de su persona: el miedo. Ni siquiera cuando se tuvo que enfrentar solo con su pistola a cientos de alemanes enfervorizados en Dresde experimentó esa sensación. Su mente comenzó a buscar razones para cancelar la operación. Se quiso dar argumentos para desconfiar de Kasyanov y de Obama, rechazando sus negociaciones anteriores. A las tres de la mañana, desde la misma capilla, llamó a Naryshkin para comunicarle que la operación Kruschev se cancelaba. Fríamente, como era su estilo, se abstuvo a dar la más mínima explicación.

Por eso, el 27 de enero, día de la celebración del fin del sitio de San Petersburgo, se le vio muy contento y relajado. La buena recepción de la gente lo convencía más que había tomado la mejor decisión. Pero en medio de su discurso una bala se alojó entre sus cejas. El mundo entero vio como el autócrata ruso caía de espaldas en el estrado.

Vladimir Putin no lo pudo presenciar, pero su alma observó una ceremonia aún mayor que la de la victoria de Kazajistán. Millones de rusos lloraron ante la marcha fúnebre de sus restos por la Plaza Roja. Putin quedó como un mártir de la lucha contra el fundamentalismo islámico, catapultándose como el líder que recuperó la grandeza de Rusia e inicio el camino hacia la democracia.

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