Parte sin título DEFINITIVAMENTE

Una vez que llegué a la autopista siendo las dos de la madrugada no me imagine jamás que cerca de la plaza hubieran varias pandillas a esas horas pese a la vigilancia policial. Así que temiendo de verdad que me hagan daño o al menos me roben, apenas divisé que un autobús venia y paraba en el cartel, lo abordé y no pregunte siquiera -por mi desesperación- si me llevaría a Madrid o haría un desvío por Barcelona. Lo único que sé -y que si me hizo retroceder unos pasos para atrás-fue que el conductor no era un conductor normal sino un oscurecido y extraño ser al cual tampoco quise ya preguntar nada, sino que en silencio me dirigí hasta mi butaca.

 

Las horas pasaron.

 

 

Y cuando lo pensé luego de estar sobrecogido de pánico, es que este bus no era un bus como los demás que siempre abordaba, sino que nunca paraba ni se detenía en ninguna estación. Lo que empecé a notar y para mi desgracia -para mi pavor- es que conmigo viajan personas ensangrentadas, como heridas de muerte o agónicas, que al verme se sorprendían de mi presencia y yo no sabía por qué.

 

Creo que estuve en el lugar y en el momento equivocado.

 

 

Lo único que pensé fue querer saltar por la ventana, pero he aquí esta estaba bien resistente y por más que usaba toda mi fuerza en romperla no podía. Luego desee darme valor para ir hasta la parte delantera y preguntarle al chofer a donde nos dirigíamos, pero en el camino una fuerza sobrehumana me detenía para que no

lo hiciese. Por un momento quise pensar que esto más bien podía tratarse de un sueño o pesadilla; pero luego al ver que no despertaba de ella entonces comprendía que todo era real, y temí. Llegué a creer en esa tremenda leyenda urbana acerca de un extraño bus de medianoche que a incautos como yo recoge de las calles para nunca vérseles jamás. Pero yo me resistía a darme por vencido y desesperado me acerqué esta vez muy serio al conductor y le dije que quería bajar a lo que él me contesto:

 

“Nunca bajaras”.

 

 

Lo único entonces que me quedo hacer fue lo que mi abuela me dijo un día que debía ser -y que en esta ocasión por lo desesperado lo haría-. Era que me muerda con todas las fuerzas el brazo izquierdo y acto seguido darle de cabezazos a la pared más cercana, porque mi abuela me dijo que el maligno utiliza en el hombre ese estado intermedio en que se sitúa entre el sueño y la realidad, pudiendo él manipularnos en ese estado si permanecemos temerosos o hacemos algo fuerte para salir de él.

 

Por eso ahora lo había comprendido.

 

 

Seguro de que realmente me hube quedado algo dormido a la espera del bus en la esquina de mi casa siempre pendiente de los maleantes de esas horas, el maligno utilizó este estado intermedio entre el sueño y la vida, para haciéndome creer que venía un bus en vedad venia un bus, pero no uno de pasajeros como yo quería sino otro. Y he aquí las consecuencias de ello.

Desesperado entonces por ver que esto no cambiaba, puse en práctica lo que me dijo mi abuela, aun en el estado en el que me encontraba. Pero justo en el momento cuando rejuntaba las fuerzas para hacerlo, he aquí recordé aun estas palabras de mi misma abuela que aún me sorprendieron igualmente.

 

“Escucha, Hijo mio, si el maligno se ha dado la gracia y fortaleza de hacerte cosas como esas, hasta gastando su fuerza y poder en -de una vez- llevarte a la otra vida, es porque realmente ya se acercaba tu ida de este mundo -por eso Dios permitió asimismo que sucediera- porque no hay cosa que él no sepa ni permita”.

 

A estas sus palabras no les preste mucha atención porque tampoco las entendía. Pero si lo primero, pues desde muy joven yo sentía estos ataques. Estos ataques que les ocurre a muchos seguramente cuando en un estado somnoliento uno siente como que de repente algo detiene sus músculos. Una fuerza sobrenatural que la ciencia paranormal llama Larvas astrales, pero que para mí no eran sino meros y escondidos demonios en la región espiritual y onírica.

 

El hecho es que después de este cumulo de pensamientos, ya convencido de que si no hacía algo definitivamente iba a quedar guareciendo aquí en este extraño bus, me di un terrible mordisco en el brazo, y acto seguido me lancé contra la pared del autobús que no mostró nada de cambios, sino que solo increíblemente un velo se me fue diluyendo de la vista,

 

Un velo que me permitió ver ahora sí -y con lujo de detalles- que era cierto lo que decía mi abuela, pues vi en el interior del bus –ya no ya- a ningún herido ni ningún agónico- sino a seres amorfos y asquerosos que me miraban como en son de burla y se reían de mí.

 

Pero que yo ya atiné, lo que querían hacerme.

 

 

Un nuevo golpe en la cabeza y esta vez me di contra el chasis. Y he aquí aparecí de nuevo en el mismo lugar donde había estado, pero ligeramente más cambiado. Sudando, asustado, sobrecogido aun por todo lo que había pasado, las personas a mi lado me auxiliaron; y he aquí vine a calmarme un poco porque mi corazón palpitaba a mil por hora.

 

El punto es que me había salvado de un estado supongo que si tratara de describirlo diría que mortal. Pues es tan verídica la sensación que se siente que si no te pones fuerte en esa latitud sin duda alguna hasta puedes llegar a morir; porque es un riesgo este, de todo punto considerable. Y estoy seguro que a cualquier pasajero y lector como yo alguna vez le debió haber pasado; y saben perfectamente lo que les hablo

 

Por eso, querido pasajero, si me oyes con este cuento, no vayas a subir a un bus cualquiera estando cansado o en estado somnoliento. Te aconsejo entonces primero tomar un baño, y luego ir a la estación a tomar recién tu autobús. De otro modo acabaras como yo asustándote hasta lo más, por hechos que increíblemente pasan en este mundo. Pero que no se cuentan.

 

Luego, al fin, de ya calmarme un poco y de ya tomar aire y un bocado de pan, tomé -esta vez si- un nuevo bus con dirección a Madrid, pues ese era mi destino real. Pero lo que pasó a continuación sin duda alguna no lo preveí pero ni en el más ocurrente de mis sueños.

Estando ya en camino a Madrid y a punto ya de echarme a dormir en el asiento -pues es cómoda la butaca- he aquí sentí que algo trastabilló desde las ruedas que rozaron el pavimento. Y por un momento pensé en un ligero accidente de carretera. Mas luego -ya convencido- caí para atrás del horror, al recordar -esta vez si- para mi mal- en las segundas palabras de mi abuela- en las que jamás puse atención- pero que ahora cobraban sentido: que una vez asomándome yo a ver qué ocurría en la carretera, he aquí que me elevaba de la tierra como si fuera un globo aerostático. Y vine pues entonces a concordar que realmente no podía cambiar mi destino: que era el de morir: pues sino fue en el bus aquel, ahora sería en este, que era una nave en realidad, que contundentemente me conducía a otros lugares y de lo que realmente ya no pude escapar,

 

 

 

 

Definitivamente era la hora para mí.