Parte sin título

I

Gran Ciudad de Britania

Sector Londres, julio 1898

¡Buenos días, caballero! —anunció la estridente aunque educada voz del autómata-vendedor, tenuemente desarticulada por su garganta de metal— ¡Recuerde, una vida con vigorizantes, es una vida mejor!

«Tráenos el Conejo Blanco y saldarás tu deuda. Ese fue el acuerdo —pensó para sí Gabriel Watson, un ex militar extranjero caído en desgracia, mientras observaba con desdén el artilugio frente a él—. Los detalles no me fueron proporcionados.

Pero ¡carajo!, los detalles pueden cambiar todo el maldito asunto».

Corazón Delator —continuó el autómata, del todo ajeno al hondo desprecio que inspiraba en el hombre—: no permita que nada permanezca oculto a sus ojos.

Tónico Tesla: el poder de Zeus en sus manos.

Cuervo negro: castigue a sus enemigos con el amargo poder de la culpa.

No importaba cuántas de estas máquinas hubiera visto, no terminaba de acostumbrarse a ellas. Se trataba de ingenios de incómoda forma humana de manera impecable con camisa y levita, que estaban unidos por la cadera a un largo cajón de madera y cobre, en donde se encontraba gran parte de su complejo mecanismo. También era ahí donde se colocaba el dinero y se recibía a cambio el vigorizante o tónico previamente seleccionado.

…al alcance de una botella.

Corazón Delator: no permita que nada…

«Una vida mejor… sí, claro. Toda una vida de bienestar al alcance de una jodida botella».

Gabriel dio un fuerte puntapié a la máquina, sacudiendo el intrincado engranaje interior, e inmovilizando por un breve momento al autómata adherido a ella; el cual no tardó en volver al inicio de su insípido discurso.

¡Buenos días, caballero! ¡Recuerde que una vida con vigorizantes es una vida mejor…!

Cansado de ello decidió arriesgarse y abandonó el callejón en donde hasta entonces se venía ocultando. En cuanto se encontró en la calle, no tardó en ver una gran multitud que se arremolinaba entusiasta alrededor de uno de los muchos predicadores de la ciudad, y se aproximó al grupo, aprovechándose de su número para pasar desapercibido.

—…y así, mis amigos, nuestra amada reina Victoria envió una poderosa flota de dirigibles a las que fueron nuestras antiguas colonias, los cuales descargaron fuego sobre el ejército de la Unión durante la batalla de Gettysburg. Aquella noble acción inclinó la balanza a favor de nuestros aliados Confederados. Pero ¿cómo nos pagaron esas miserables ratas la ayuda prestada? Yo se los diré, mis amigos. ¡Negándose a otorgarnos refuerzos durante la Segunda Batalla de Waterloo, donde aquella sabandija mecanizada de Napoleón y sus tropas reconstituidas destrozaron nuestro ejército, lo que le permitió a esa escoria francesa apoderarse de nuestro magnífico imperio!

»Se preguntaran, mis amigos. ¿Por qué nuestra reina no envía de nuevo su flota de poderosos dirigibles de batalla y sojuzga a esos cerdos miserables? La respuesta es sencilla. Porque nuestra gloriosa reina todavía es capaz de sentir piedad por esa escoria y no quiere derramar más sangre de la que ya ha sido derramada.

»Pero no se confundan. No, no. Su piedad tiene un límite y su paciencia comienza a agotarse, en especial con aquellos estúpidos yanquis, quienes han estancado su maldita guerra civil durante ya treinta largos años. La reina no permitirá que ningún acto ponga en riesgo nuestra seguridad. ¿O acaso ella no construyó para nosotros la Gran Ciudad de Britania? Tengan por seguro, mis amigos, que la reina hará cuanto esté a su holgado alcance para…

El predicador detuvo en seco su discurso cuando una enorme figura metálica surgida de ninguna parte cayó justo sobre él, aplastándolo como a una fruta madura ante la exaltada muchedumbre.

 

II

La creatura, una grotesca mezcla entre hombre y máquina conocida como Humpty Dumpty, cuyas partes y placas blindadas recordaban brevemente la figura de una estufa ovalada, de la que brotaban brazos y piernas articulados, no tardó en descubrir la presencia de Gabriel y fijó su fría mirada en él, emitiendo desde su desfigurado rostro humano un bufido cargado de amenaza.

Sin demora, Watson sacó de entre su ropa un arma, una pistola Mauser C96, y en un parpadeo descargó los diez proyectiles del cargador sobre la mole de acero. Bien sabía que eso no bastaba para acabar con semejante enemigo, pero el estruendo de las detonaciones fue suficiente para dispersar a la multitud y valerse de ella para poder escapar.

Por desgracia, el Humpty Dumpty ya se había grabado su imagen en la memoria y salió en persecución suya, arrollando y arrojando por los aires a todo aquel pobre diablo que tuviera la mala fortuna de interponerse en su camino. Mientras continuaba corriendo por avenidas y estrechos callejones, Gabriel se obligó a recordarse a sí mismo lo que había escuchado decir a la gente, que hasta el momento nadie había logrado escapar jamás de uno de aquellos engendros mecanizados. Y al ver cómo su violento perseguidor se movía con gran agilidad escalando muros y saltando a través de puentes, ganando terreno como una locomotora desbocada, no le quedaron dudas de ello.

Aun y cuando ese encontraba en buena forma, Gabriel comenzó a sentir que se acercaba a su límite. Sin detenerse tomó otro cargador de sus bolsillos y lo colocó en el arma, asegurándose de que en la cámara hubiera una bala. Por lo que él sabía, la única manera de derribar a un Humpty Dumpty era destruyendo los complejos componentes en el interior de su coraza, algo muy difícil de hacer, pues esta estaba diseñada para resistir bastante daño; o bien, dañando su cabeza descubierta, lo que tampoco resultaba sencillo, ya que la criatura se valía de sus enormes manos mecánicas recubiertas de bronce para cubrir esa vulnerabilidad, tal como pudo comprobar con una nueva ronda de tiros dirigidos a su cráneo.

Antes de que vaciara de nuevo su arma, el exmilitar pudo ver que, en el extremo de un puente cercano, un hombre vestido de negro le hacía urgentes señales para que se acercara. Gabriel no tenía forma de conocer las intenciones de aquel desconocido, pero como se mostraba dispuesto a prestarle algo de ayuda, le imprimió mayor velocidad a su carrera, alcanzando su posición al mismo tiempo que el engendro mecánico pisaba los primeros centímetros del puente. El hombre de negro, que también llevaba un elegante y ajustado bombín, sacó de entre sus ropas una escopeta Winchester de acción de palanca y abrió fuego con ella sobre el redondo pecho del acorazado. Los perdigones de acero le arrancaron un fuerte tintineo a la coraza del Humpty Dumpty, deteniendo de súbito su desesperada carrera.

El desconocido aprovechó el desconcierto del híbrido mecanizado para entregar a Gabriel una segunda escopeta que igualmente hizo surgir de su abrigo, revelando con ello una pequeña insignia cosida al forro en la que era visible la figura de un ojo sin parpados. Entre ambos consiguieron contener a la criatura, haciéndola retroceder a escopetazos, hasta que el abrumado Humpty Dumpty perdió el equilibrio y cayó por uno de los lados del puente, precipitándose hasta el rio Támesis, cuya corriente lo arrastró en un instante, terminando así con la amenaza.

—Es bueno saber que la Agencia todavía cuida mi espalda —comenzó el exmilitar, tendiéndole al caballero del bombín la escopeta vacía, cuyo cañón humeaba todavía.

—¿Cómo lo ha sabido? —preguntó éste sin mostrar verdadera sorpresa.

—Vi un destello de su insignia con El Ojo Que No Parpadea.

—Ya veo. Pero no se confunda, únicamente estamos cuidando de nuestra inversión. Y estamos preocupados. La operación necesitaba realizarse con la máxima discreción posible. Por lo que acaba de ocurrir, me parece que ese requerimiento no se ha cumplido.

—¿Y qué esperaban? —replicó Gabriel, colocando su último cargador en la C96—. Nadie me informó sobre lo que me encontraría en éste maldito lugar.

—¿A qué se refiere, señor Watson?

—¡A esas malditas máquinas parlanchinas, a los vigorizantes, a las cada vez más peligrosas legiones de adictos…! Y por supuesto, a la cosa que acaba de caer del puente. ¿Me dirá que en Pinkerton no sabían nada al respecto de toda esta locura?

—Por supuesto que estábamos al tanto, señor Watson. La verdadera cuestión aquí es: ¿ha olvidado usted nuestro pequeño acuerdo?

—Claro que no.

—En ese caso, asegúrese de cumplir con su parte y todo saldrá bien.

—Estoy cerca —mintió.

—Bien, no lo olvide. Tráiganos al Conejo Blanco…

—Y saldaré mi deuda. Lo sé, lo sé.

—Actúe con rapidez y olvide la discreción, es evidente que ya saben de su presencia en la ciudad.

—¿Tendré apoyo? La verdad, no me caería nada mal.

—Como ya le dije, cuidaremos de nuestra inversión, pero la Agencia no puede verse involucrada en modo alguno.

—¿Qué significa eso?

—Significa, señor Watson, que a partir de este momento estará solo. Todavía le proporcionaremos munición y suministros del modo en que lo hemos hecho hasta ahora, pero no intervendremos de nuevo para salvarlo. Y ahora, si me lo permite, hay otros asuntos que precisan de mi urgente atención.

Sin decir nada más, el hombre del bombín le dio la espalda a Gabriel, alejándose de él y dejándolo solo con sus pensamientos.

 

III

Ciudad de México

Enero, 1898

—¿Dónde está mi familia? —exigió saber Watson al par de hombres que lo escoltaban.

Shut up! —le soltó con aspereza uno de ellos, mientras lo arrastraban sin contemplación alguna a través de un sucio y mal iluminado callejón de una zona de la ciudad que le era desconocida.

Finalmente, tras varios minutos de incómoda marcha, lo introdujeron en una vieja casona de dos plantas que lucía abandonada. Una vez dentro, sus custodios lo llevaron hasta una de las habitaciones del segundo piso, abandonándolo en ella.

—Tome asiento, señor Watson —la voz, de un marcado acento norteamericano, pertenecía a un hombre ya maduro pero todavía sólido, el cual le señalaba una polvosa silla de madera con recubrimiento de terciopelo color rojo.

—¡Mister Adams, es usted! —reconocer en su anfitrión a uno de los hombres más influyentes de la Agencia Pinkerton cambió el semblante de Gabriel, quien con rapidez se apresuró a agregar—¡Le aseguro que soy inocente, no tuve nada que ver con el atentado al presidente Díaz!

—Lo sé, muchacho, lo sé. Pero para tu mala fortuna, él piensa diferente. Incluso ya ha puesto un precio por tu cabeza.

—No es posible… ¡mi familia! —exclamó con desesperación el guardia caído en desgracia, tomando plena conciencia de lo que las palabras del viejo extranjero significaban para él y los suyos.

—Ya nos hemos ocupado de ello. En estos momentos tu esposa e hija se encuentran sanas y salvas a bordo de un tren con destino a mi país. La Agencia se encargará de que atraviesen con seguridad el territorio confederado y lleguen con bien a nuestras instalaciones en el norte. Tenemos preparada para ellas una pequeña granja a las afueras de Boston, en donde la mano de Díaz no podrá alcanzarlas.

—No lo comprendo… —intentó explicar Gabriel, confundido pero sin duda algo más tranquilo al escuchar aquello—. Tengo que reunirme con ellas.

—Y lo harás. Pero antes de eso, necesitamos de tus servicios para llevar a cabo una misión de gran importancia. Con tu ayuda, cambiaremos el mundo tal y como lo conocemos. Ahora, escúchame con mucha atención…

 

IV

«Cambiar el mundo tal y como lo conocemos» era una frase de gran peso que hizo sentir a Gabriel algo más que incómodo, sobre todo porque se esperaba que él tuviera un papel fundamental en esa empresa. Pero se calló sus inquietudes, esperando a que su interlocutor continuara con su explicación.

—Verás, aunque Díaz haya sobrevivido al atentado y tú seas inocente, tu vida en éste lugar ha llegado a su fin. Sabes tan bien como yo que él no descansará hasta encargarse de ti y los tuyos. Nosotros te ofrecemos una nueva vida en un nuevo país. Pero ese país te necesita.

»Como sabes —exclamó Adams tras una breve pausa—, mi nación lleva ya más de treinta años desangrándose a sí misma en una guerra civil sin sentido. Estuvimos cerca de darle fin durante la batalla de Gettysburg, ¡pero esa maldita zorra de Victoria tuvo que intervenir y complicarnos las cosas! —resultaba evidente la ira en la voz de Adams al mencionar dicho evento, cuyas repercusiones seguían sintiéndose a pesar de todo ese tiempo.

»Pero el destino es caprichoso. Nadie esperaba que ese loco de Napoleón regresara una vez más, sobre todo al mando de un ejército tan peculiar. Sin lugar a dudas su intervención nos fue muy afortunada.

—El ejército napoleónico arrasó con las fuerzas británicas. Inglaterra perdió la guerra y posteriormente su imperio. Estando tan debilitada, la reina Victoria no pudo seguir apoyando a los Confederados, lo que a la largar ayudó a estancar la guerra. Conozco la historia, señor Adams. ¿Pero qué tiene que ver conmigo? —interrogó Gabriel, sintiendo que aquello le gustaba cada vez menos.

—La reina Victoria será muchas cosas, pero estúpida no es una de ellas. Sabiéndose tan vulnerable reunió los recursos que le quedaban y se construyó una gigantesca ciudad en su isla, la Gran Ciudad de Britania, una inexpugnable fortaleza flotante.

—Sigo sin entender.

—Hay algo en ese lugar que deseamos tener. Tráelo a nosotros y saldarás tu deuda.

—¿Traer qué?

—Ellos le llaman el Conejo Blanco.

—¿Conejo Blanco? ¿A caso debo traerles un animal?

Tras aquello, Adams le lanzó una severa mirada que hizo sentir todavía más incómodo a Gabriel, quien terminó por encogerse de hombros, acertando a decir:

—¿Por qué yo?

—Eres el indicado para el trabajo. Como guardaespaldas de Díaz recibiste el mejor entrenamiento que Pinkerton podía ofrecer, tienes experiencia militar, eres hábil e inteligente. Además, tu padre es inglés, un médico si no estoy mal informado. Eso te ayudará a infiltrarte.

—Aun con ello, supongo que en la Agencia habrá hombres mejor calificados.

—Pinkerton no puede verse involucrada de ningún modo. La guerra es inminente, Gabriel, y nosotros no podemos ser quienes la desaten. Pero si cumples con nuestra petición, nosotros podremos ganarla.

—¿Y podré reunirme con mi familia?

—Por supuesto. Tráenos el Conejo Blanco y saldarás tu deuda.

Antes de que tuviera oportunidad de decir nada más, Adams tomó de debajo de su asiento una caja de madera que le extendió a su viejo discípulo. Una vez que éste la tomó, el líder de Pinkerton hizo una ademan con su mano derecha, en el acto dos hombres surgieron de las tinieblas y tomaron al exguardaespaldas por los hombros, sacándolo de la habitación y posteriormente del edificio.

Sin apartarse de él ni mediar palabra, los agentes lo introdujeron en un carruaje, el cual partió en el acto ganando cada vez mayor velocidad. Durante el trayecto Gabriel, que por más que lo intentaba no lograba entender la magnitud del asunto en el que se había involucrado, abrió la caja. Dentro encontró una bolsa de cuero café llena de monedas de plata con la efigie de una mujer de rostro severo, varios tipos de pasajes, entre los que se destacaban uno de barco con destino a España y otro que otorgaba un lugar en alguna especie de dirigible; una tarjeta con una dirección anotada en ella y un salvoconducto que lo identificaba como ciudadano de Britania. Aunque lo intentó, no fue capaz de hallar instrucciones o alguna descripción del misterioso Conejo Blanco.

Cuando el transporte se detuvo al fin, sus custodios lo obligaron a descender, pero sólo para subirlo a un ferrocarril, desde el cual haría un largo y tedioso viaje hasta el puerto de Veracruz, en donde abandonaría de forma definitiva el país que lo vio nacer.

Varios días después y tras viajar en casi todo medio de transporte conocido por el hombre, Gabriel abordó en algún punto de España el dirigible Q. V. III. Según sus acompañantes, y aquella fue la única información que le proporcionaron durante el extenso trayecto, sólo había dos formas de entrar en la Gran Ciudad de Britania. Una era por mar, en su muy bien fortificado puerto o por aire, a través de uno de los varios aeródromos que flotaban sobre diversos puntos de la ciudad. Uno de estos últimos sería su punto de entrada.

Nada digno de mención ocurrió durante la parte final de la travesía, la cual realizó a solas, con excepción de la visión de un magnifico y gigantesco faro que parecía darle la bienvenida a su destino. La única que recibió.

 

V

Gabriel no continuó recordando, pues tenía una labor que cumplir y el tiempo seguía corriendo. Ya habían transcurrido meses desde su arribó a Gran Britania y todavía no estaba ni cerca de encontrar a ese maldito Conejo Blanco o entender lo que era en realidad. Claro que en ese tiempo llegaron hasta él rumores e insinuaciones, algunos de los cuales coincidían en que debía tratarse de un tipo de arma, una tan poderosa que por sí misma era capaz de ganar cualquier guerra. Pero su apariencia, naturaleza y ubicación eran un verdadero misterio. Además, de algún modo su presencia en Gran Britania ya había sido descubierta y eso sólo complicaba las cosas. A partir de ese momento tenía que ser más cuidadoso.

No resultaba prudente que continuara en la calle, pero no se sentía con humor de regresar a su pequeño y deprimente cuarto en St. James Infirmary. Así que, sin dejar de mirar sobre su hombro, se dirigió a la taberna más cercana, en donde tuvo la precaución de sentarse en la mesa más obscura, donde no llamaría demasiado la atención, y en un perfecto inglés ordenó un vaso de cerveza y una orden de carne con patatas.

Mientras devoraba los últimos bocados de su insípida comida, un grupo de hombres entraron en el lugar, tomando asiento en una mesa cercana. Con lentitud Gabriel colocó una mano sobre el mango de su arma pero la retiró al comprobar, por su ajada vestimenta cubierta de hollín, que aquellos sujetos no eran más que inofensivos obreros de uno de los muchos depósitos de carbón de la ciudad.

—¿Por qué la reina Victoria no lanza un ejército lleno de vigorizadores para destruir a nuestros enemigos y así recobrar nuestro bendito imperio? —preguntó un hombre calvo, después de emitir un sonoro eructo.

—Los vigorizantes son sin duda poderosos, pero inestables, tú lo sabes. Quizá la reina no se ha atrevido a emplearlos a gran escala en batalla hasta que sea seguro hacerlo. Pues te aseguro que en definitiva no quiere un incontrolable ejército de adictos con superpoderes tocando a su puerta —respondió el más viejo de ellos, quien por sus palabras parecía más ilustrado que el resto de sus compañeros.

—Si la reina les teme tanto, ¿entonces por qué no prohíbe su uso? —cuestionó a su vez otro, con una barata pipa de madera entre los dientes.

—El mercado de los tónicos genera mucha riqueza, parte de la cual va a parar a las arcas reales gracias a los impuestos —continuó explicando el líder de aquellos hombres—. Y si tarde o temprano Britania entra en guerra en contra de los yanquis o los franceses, va a necesitar recursos para financiarla. Además, su uso está ya tan arraigado que es imposible detenerlo, ni siquiera la reina tiene ese poder.

—James tiene razón —soltó el de la pipa en referencia al hombre mayor—, dos ejércitos intoxicados con vigorizantes enfrentándose en franca batalla… ¿Siquiera eres capaz de poder imaginarlo?

—Es algo que no me gustaría ver —concedió el calvo, dando un largo trago a su cerveza.

—Seguro que no, y puedo asegurarte que nadie quiere algo así, sería algo demasiado monstruoso. No, los vigorizantes seguirán fuera de los campos de batalla. No sé qué es lo que la reina pueda traerse entre manos, pero en lo absoluto se ha mantenido ociosa, eso tenlo por cierto.

—¿Otra flota de dirigibles?

—Lo dudo, los yanquis no se dejarán sorprender dos veces con el mismo truco. Aunque sin duda habrá aeronaves en el conflicto. La guerra es inevitable, sucederá tarde o temprano y lo único que podemos hacer es preguntarnos qué nuevos terrores tecnológicos se emplearan en ella. ¿O es que no has visto todo el movimiento que ha habido en los últimos días en «Carroll´s Mechanical Autobodies»?

—¿Dónde fabrican a esos monstruosos Humpty Dumptys? Sí, desde hace algunos días se encuentran frenéticos allí. Te juro que cada vez que veo a una de esas malditas cosas se me eriza el pelo de la nuca.

—Dicen que si te presentas voluntario para convertirte en uno de ellos, recompensan muy bien a tu familia.

—No estarás pensando en ir allá y permitir que te corten la cabeza para pegarla a una máquina.

—Yo sólo…

En ese momento, un objeto entró con violencia por una de las ventanas haciendo un gran alboroto en el interior. A través del muro de parroquianos que de inmediato se acercaron a curiosear, podía verse que se trataba de un cuerpo ligeramente chamuscado que daba descargas a cualquiera que colocara una mano sobre él.

Dejándose guiar por los curiosos, Gabriel fue al exterior, una vez allí su atención, así como la de todos los demás, se centró en un delgado hombre cubierto de harapos, cuyo cuerpo se retorcía en incontrolables espasmos, mientras una poderosa corriente eléctrica lo recorría. Sin duda se trataba de un adicto al Tónico Tesla. El sujeto en cuestión se encontraba rodeado por varios agentes de Scotland Yard, quienes intentaban someterlo sin mucho éxito, pues éste les mantenía a raya despidiendo latigazos de electricidad por sus manos.

Finalmente, uno de los oficiales aprovechó un ligero descuido del adicto para acercarse a sus espaldas y descargar con su cachiporra un certero golpe en su nuca, tras lo cual el hombre se derrumbó como un fardo de rocas. Los agentes que todavía se mantenían en pie se valieron de guantes de caucho para levantar al vagabundo electrificado y arrojarlo en la parte posterior de un carruaje de acero.

En pocos minutos todo regresó a la normalidad, siendo la ventana rota de la taberna el único indicio de lo que había ocurrido.

—Este tipo de cosas son cada vez más comunes —soltó el hombre de la pipa, inclinando un poco la cabeza—. ¿Recuerdan a «Big Jack», el carnicero de Whitechapel? Hace un par de días otro de esos enganchados a los vigorizantes le hizo cosas terribles. No, el mundo no está preparado para algo así.

Gabriel no podría estar más de acuerdo con ello. Durante las semanas que llevaba en la ciudad había sido testigo de cosas que jamás creyó posibles: hombres voladores, otros con la fuerza física aumentada a límites insospechados, con la facultad de animar por un tiempo limitado objetos inanimados, de manipular a su antojo los elementos y decenas de otras capacidades físicas y mentales increíbles, muchas de las cuales violaban con impunidad las más elementales leyes naturales. Al menos durante algún tiempo, pues su efecto no era permanente; eso sin mencionar que por muchas bondades que poseyeran aquellos tónicos, tenían grandes desventajas. La principal que su uso prolongado causaba una adicción descontrolada, y a mayor plazo locura y alteraciones corporales, como en el caso del hombre de las descargas eléctricas.

No, el mundo no estaba preparado, y era muy afortunado de que la poderosa ciudad aún fuera capaz de contener en su interior esos poderosos compuestos y de que sólo hubiera un único productor de vigorizadores: Carroll, un misterioso hombre al que nadie jamás le había visto el rostro y quien se asumía era el hombre más rico y poderoso de Britania, y tal vez del mundo.

Cuando el exmilitar detuvo su tren de pensamientos, se dio cuenta de que todos a su alrededor se habían marchado, y como nadie parecía encontrarse dispuesto a cobrarle por la comida, abandonó el lugar y se dirigió a casa.

 

VI

Llegó a su habitación cuando la noche ya había caído. Le sorprendió encontrar un paquete de gran tamaño envuelto en tela justo frente a su puerta, el cual tomó con ambas manos antes de entrar a su morada. Una vez dentro, la visión de la cama le recordó lo cansado que se encontraba. Dejó el extraño y pesado fardo sobre el incómodo camastro y se sentó a su lado. Con desgana se deshizo de su levita y la dejó descuidadamente en el suelo, quedando en camisa y chaleco, los cuales no pensaba quitarse para dormir.

Antes de que tuviera tiempo de recostarse, la puerta de su habitación se desprendió de sus goznes por obra de una fuerza descomunal, haciendo un terrible estruendo. Un instante después, una gran mano mecánica se posó sobre el marco de la entrada, seguida de la figura de un Humpty Dumpty vestido de negro y con un bombín del mismo color. Detrás de él apareció otro ser vistiendo de la misma manera, sólo que con ropas blancas. De inmediato las dos criaturas se colocaron a ambos lados de Gabriel, y sólo entonces un hombre se presentó en el umbral, entrando sin esperar a ser invitado.

El recién llegado era alto y bastante delgado, tanto que su cuerpo se encorvaba como si su cabeza fuese demasiado pesada para su cuello. Portaba un elegante abrigo hecho a la medida color gris, rematado por un exagerado sombrero de copa de la misma tonalidad. Su rostro se encontraba cubierto por una pálida máscara de cera de aspecto andrógino, cuyo principal rasgo era una larga y maliciosa sonrisa.

—Buenas noches, señor Watson —comenzó el enmascarado, con una voz particularmente chillona, moviéndose por el lugar como si le perteneciera—. Confío que mi visita no le resulte inconveniente.

—¿Quién…?

—Oh, pero qué modales los míos —le interrumpió el visitante, acercándose un par de pasos—. No le he presentado a mis acompañantes. Éste peculiar caballero de negro es Tweedledee y su contraparte es Tweedledum; mis guardaespaldas personales. Mi nombre es Carroll, Lewis Carroll.

—¿El propietario de «Carroll Manufacturing»?

—Uno tiene que comer —respondió Carroll, encogiéndose de hombros.

—¿Qué es lo que desea? —preguntó Gabriel, mirando al par de hombres mecanizados que con facilidad podrían destrozarlo a la menor orden de su amo.

—Únicamente proteger mi pequeño negocio. Verá, no estoy seguro de quién sea usted o lo que busca en mi país de maravillas. Pero sí sé que ha estado haciendo preguntas, y eso me genera cierta incomodidad. ¿Será acaso que desea hurtar algunas de mis patentes y venderlas en el extranjero?

Aquella declaración relajó un poco a Gabriel, pues daba a entender que en realidad Carroll no tiene idea de su verdadero objetivo, al menos no todavía. Sin embargo, sabía que no se podía permitir bajar la guardia ante un sujeto como él.

—No, no me parece que sea eso —se respondió así mismo el magnate al cabo de unos segundos de escrutinio sobre su anfitrión—. ¿Algún chantaje, quizás? No. No tiene el tipo. Pero sin duda algo desea.

—Como todos, señor Carroll —respondió Gabriel, fingiendo una confianza que en realidad no sentía en ese momento.

—Buena respuesta —concedió Carroll, consultando su brillante reloj de bolsillo—. Se hace tarde, señor Watson, y el tiempo no se detiene por nadie. Ha sido una agradable reunión, pero dudo que se repita. Le recomiendo que cese de inmediato cualquier actividad y abandone mi ciudad, esta misma noche de ser posible —no había amenaza alguna en su tono, ni siquiera una orden; aquello no era más que una petición—. Hasta nunca, señor Watson.

El poderoso industrial le dio la espalda y abandonó el lugar con elegante paso. Los dos Humpty Dumptys le siguieron en el acto con movimientos lentos y desgarbados a través de la abertura, en donde la noche se los tragó como si jamás hubieran estado presentes.

Cuando por fin se quedó solo, el exguardaespaldas liberó el aire que estaba conteniendo en los pulmones y se permitió relajar un poco los músculos. La situación acababa de cambiar de manera drástica y tendría que apresurar las cosas, de lo contrario, amenaza o no, se arriesgaba a que Carroll actuara en su contra, y no había nada que él pudiera hacer en contra de sus monstruos mecánicos.

En eso recordó el paquete que recibiera más temprano y que su inesperado visitante parecía haber pasado por alto. Lo tomó, colocándolo sobre sus rodillas. Era todavía más pesado de lo que recordaba. Retiró la cubierta de tela y descubrió una bella caja de madera, en cuya tapa era visible una pequeña pero ornamentada placa de bronce con la leyenda: «Jabberwocky». Aun cuando desconocía la palabra, se animó a retirar la tapa y en el acto una gran sonrisa se formó en su rostro.

 

VII

Dentro de la caja descubrió un trabuco modificado de tal manera que era capaz de contener varios proyectiles en su interior, además de que su funcionamiento había sido manipulado para operar mediante acción de palanca, muy similar al modo en que lo hacían las escopetas Winchester. Le bastó una breve mirada al enorme cañón del artefacto para percatarse de que las cosas comenzaban a inclinarse un poco a su favor, pues de seguro con aquella peculiar arma podría hacerle frente a cualquier hombre mecanizado que se cruzara en su camino.

Pero el trabuco no era el único contenido de la caja. Debajo de una caja de proyectiles halló también una pequeña nota garabateada con el siguiente mensaje:

 

Necesitamos conocernos. Sé lo que busca y dónde encontrarlo. Véame en el almacén de té abandonado en el centro de Limehouse hoy a la medianoche. El «Jabberwocky» le ayudará en caso de necesidad, no dude en usarlo.
El tiempo se termina… para ambos.

C. L. D.

 

Gabriel no sabía muy bien cómo tomar esa misiva ni si resultaba prudente confiar en su contenido, pero la posibilidad de saber el paradero del Conejo Blanco y el reconfortante peso del trabuco le ayudaron a decidirse. Según su propio reloj faltaban treinta minutos para la cita, tiempo suficiente para encontrarse con su misterioso, aunque bienvenido benefactor. Así que sin más se colocó de nuevo la levita, ocultó como pudo su nueva arma, llenó sus bolsillos con toda la munición que fue capaz y abandonó su cuarto, sabiendo que de un modo u otro, jamás regresaría a él.

Su destino no quedaba precisamente cerca, aun así decidió no tomar ninguno de los transportes a vapor que abundaban en la ciudad y hacer el recorrido a pie, de ese modo tendría algunos minutos para meditar sobre la situación. Por fortuna, no se encontró con ningún adversario, sólo con las solitarias y silenciosas calles de Britania, las cuales se le antojaron opresivas a pesar de la innegable belleza de su arquitectura.

Llegó con un par de minutos de ventaja al lugar acordado, lo que le dio un pequeño margen para estudiar el área. El edificio, abandonado y castigado por los elementos, lucía vacío e inofensivo. Sin embargo, sus muros derruidos y largas sombras eran terreno fértil para una emboscada. Tomó entonces su pistola, la amartilló y entró en el edificio, aguzando el oído ante cualquier sonido que denotara amenaza. Dentro todo era obscuridad, con excepción de una pequeña chispa rojiza que flotaba en medio de la enorme sala. A Gabriel no le tomó mucho relacionar aquella luminiscencia con el ardiente hornillo de una pipa.

—No necesita de su arma, señor Watson —exclamó una voz educada y amable, cuyo propietario permanecía en la negrura—. Le aseguro que aquí, y por el momento, se encuentra a salvo.

—Comienzo a cansarme de que todos conozcan mi identidad de antemano.

—Su presencia en este lugar no ha sido del todo discreta —continuó la voz—. Pero descuide, Carroll todavía desconoce quiénes le mandaron aquí y lo que en realidad busca, por eso es que se encuentra tan nervioso.

—Dígame, ¿cómo es que sabe tanto? ¿Quién es usted en realidad?

—Mi nombre es Charles Lutwidge Dodgson. Y soy la razón por la que usted está aquí.

 

VIII

—En el año 1888 inventé los primeros vigorizantes —comenzó a explicar Dodgson—. Fluidos químicos que otorgan capacidades físicas y mentales extraordinarias a quien los ingiere, varias de las cuales pueden considerarse supernaturales, aunque en realidad no lo son. La idea de los vigorizantes es simple. Así como ciertos olores y sonidos despiertan en el cerebro recuerdos, del mismo modo ciertos compuestos pueden estimular en él capacidades ocultas. Sólo había que dar con el elemento base y trabajar a partir de él, el resto fue en realidad sencillo.

»Por supuesto, nunca pensé que las cosas sucederían así. Mis vigorizadores tenían un gran potencial y las primeras pruebas con ellos resultaron ser bastante exitosas. Creí… creí que ayudarían a la gente, que llevarían a nuestra sociedad a límites insospechados. Pero nunca tomé en consideración la naturaleza humana y su frágil estructura mental. Los sujetos de prueba enloquecieron de poder y comenzaron a consumir cantidades peligrosas de tónicos. Debí verlo entonces, debí parar. Pero pensé que sólo eran detalles de poca importancia que se solucionarían con el tiempo. Continué con mis investigaciones, desarrollando nuevos compuestos e incursionando en otros campos, como la bio-mecánica y la armería. Los Humpty Dumpty y el Jabberwocky están basados en aquellos primeros diseños.

»No pasó mucho hasta que di con mi máxima obra, el vigorizador definitivo. Lo llamé Conejo Blanco.

Gabriel ya albergaba sus sospechas al respecto. Pero la confirmación por parte del artífice de las maravillas de Britania era sin duda relevadora, aunque abría nuevas cuestiones que le ocasionaban inquietud.

—¿En dónde…?

—Sé que tiene preguntas —Dodgson dio algunos pasos hacia adelante, los suficientes como para permitir que un haz de luz del exterior iluminara la figura de un hombre alto y delgado de rostro sabio y amable—. Pero como ya le he dicho, el tiempo se termina. Tiene que hacer una elección. Abandone la ciudad y continúe lo mejor que pueda con su vida. O permanezca en ella y encontrará todas las respuestas que busca, las cuales le aseguro no le gustaran lo más mínimo.

—Hay mucho en juego para mí —fue la respuesta de Gabriel—, no puedo abandonar.

—Entiendo —exclamo Charles con auténtico pesar—. Lo que busca está oculto a la vista de todos, en el último nivel de la Torre del Reloj.

En ese momento, cientos de silbatos de vapor comenzaron a sonar en todos los rincones de la ciudad. Era tan fuerte el estruendo que el exmilitar se obligó a salir a la calle. Una vez allí miró hacia el cielo, donde descubrió una luna gibosa parcialmente oculta tras una gran nube. Sin embargo, ninguna nube podía moverse de aquella manera tan uniforme y veloz. Tras pocos segundos, la verdadera forma de aquel objeto se hizo evidente, una enorme flota de dirigibles que se acercaba con rapidez.

—Son los franceses —indicó Charles a su lado, sin mostrarse en modo alguno sorprendido—. Vienen a poner a Victoria de rodillas.

—¿Es la guerra? —preguntó incrédulo Gabriel, aun y cuando la presencia de las aeronaves resultaba más que elocuente.

—Todavía está a tiempo, señor Watson. Abandone este lugar y sálvese de la pesadilla por venir.

—Ni hablar, seguiré adelante. Tengo que hacerlo.

—En ese caso dese prisa. La reina no tardará en liberar sus propias fuerzas y la ciudad se volverá un auténtico infierno.

Los aullidos de alarma dejaron de sonar tan rápido como empezaron. Gabriel apartó los ojos del cielo y miró su pistola, la cual se le antojó ridículamente pequeña.

—Aún tengo preguntas que hacerle, Charles.

—Apuesto que sí. Sólo siga el camino que ha elegido, recibirá más respuestas de las que espera.

—Supongo que debo agradecerle.

—Tal vez dentro de poco sea yo quien tenga que hacerlo.
Gabriel no comprendió aquellas últimas palabras, pero en lugar de preguntar por ellas echó a correr, justo cuando a lo lejos comenzaron a escucharse las primeras detonaciones.

 

IX

En cuanto los silbatos de vapor enmudecieron, la ciudad se sumergió en un silencio antinatural que duró hasta que las baterías antiaéreas comenzaron a trabajar.

Mucha gente se lanzó a las calles en busca de refugio, mientras que otras, aprovechando el alboroto provocado por la inminente invasión, saqueaban las expendedoras de vigorizantes. Gabriel se movió todo lo rápido que pudo entre la masa de ciudadanos y adictos, sin importarle a quién arrollaba en su carrera. En cierto modo la situación le resultaba favorable, ¿pues qué mejor cubierta podría tener que una batalla desatándose en los cielos? Sin embargo, debía ser veloz y cuidadoso. Como reafirmando ese segundo punto, un pesado obús cayó algunos metros a su derecha, vaporizando en el acto a quienes tuvieron la mala fortuna de cruzarse en su trayectoria.

Edificios y dirigibles empezaron a derrumbarse por varios puntos, bloqueando las rutas de escape y levantando densas nubes de polvo y ceniza que con lentitud devoraban la ciudad, dificultando todavía más el avance. Cuando las aeronaves se encontraban lo bastante cerca del suelo, a su artillería se sumó el fuego automático de ametralladoras Maxim que literalmente dejaron caer una lluvia de balas sobre la multitud indefensa.

Para protegerse de las continuas ráfagas de fuego, Gabriel se vio obligado a refugiarse entre los escombros de una estructura cercana de tres niveles, encontrándose al poco cubierto de una gruesa capa de polvo y de esquirlas de metal. No se demoró en darse cuenta de que seguir el camino a pie era un auténtico suicidio, por lo que si quería llegar hasta la Torre del Reloj, tendría que pensar en otra alternativa. Y como no tenía a donde más ir, decidió subir hasta la última planta del edifico para obtener una mejor vista del campo de batalla y así planear mejor su próximo paso.

Mientras ascendía por la todavía elegante escalera, se topó con los cadáveres aplastados de los antiguos ocupantes, entre los que se encontraba el hombre del bombín que conociera en aquel puente. Los ignoró y siguió adelante, hasta llegar al tercer piso. Una vez ahí se acercó con cuidado a una de las ventanas reventadas y observó el exterior. Hasta donde abarca la vista, la mayor parte de las edificaciones ardían en llamas o se encontraban colapsadas. Los dirigibles seguían avanzando, y desde esa posición pudo ver que además de los cañones y las Maxim, estos contaban con ametralladoras Gatling de motor eléctrico repartidas por su estructura.

Las armas antiaéreas de la ciudad habían agotado su munición o yacían humeantes e inservibles en tejados y plazuelas, y ya no disparaban en contra de los invasores. Lo que significaba que los franceses tenían vía libre para desembarcar a sus tropas.

En ese momento y sin razón aparente, uno de los dirigibles comenzó a perder altitud, hasta incrustarse en los restos del campanario de una iglesia, para después explotar estrepitosamente. A ese le siguió otro y otro más. Entonces, Gabriel los vio. Decenas de Humpty Dumptys que saltaban hacia las aeronaves desde los edificios que se encontraban aún en pie, encaramándose a ellas para derribarlas valiéndose de su desmedida fuerza física.

Aunque se encontraban en inferioridad numérica, los hombres mecanizados se impusieron con rapidez, obligando a los franceses a vender caras sus vidas. Algunos Humptys fueron abatidos gracias a la potencia de fuego de la flota enemiga, pero no tantos ni a la suficiente velocidad como para considerarse una defensa efectiva.

Aquella escaramuza dio tiempo a que los poderosos dirigibles británicos entraran escena, apoyados en tierra por cañones antiaéreos montados en carros de acero tirados por más Humpty Dumptys. La batalla subsecuente llenó los cielos de fuego, incendiando la atmosfera con un calor abrasador. Debido al contundente contraataque, los franceses se vieron obligados tras algunos minutos a emprender la retirada o de lo contrario corrían el riesgo de perder al grueso de flota.

Los dirigibles de Victoria se dividieron en dos fuerzas, una se lanzó en persecución de los debilitados francos, mientras que la otra tomó rumbo hacía otras zonas de conflicto, en donde con toda seguridad las unidades de infantería de los invasores tomaban posiciones. Gabriel se valió de eso para colgarse de una gigantesca aeronave que pasó lo suficientemente cerca de su escondite, aferrándose a una cuerda de amarre, convencido de que ese era el modo más rápido y seguro para llegar a la Torre del Reloj.

Tras avanzar algunas calles, y para desgracia suya, su transporte no tardó en encontrarse con más dirigibles enemigos, los cuales de inmediato iniciaron su ataque. Consciente de que desde su posición era vulnerable, Gabriel comenzó a escalar la soga hasta alcanzar una de las cubiertas del aeróstato. Una vez allí se topó con un grupo de marinos aéreos, los cuales cargaban pesadas cajas de munición y otros suministros. No repararon en él, lo cual no era de extrañar debido a la batalla que tenía lugar.

Sin tener muy en claro qué hacer a continuación, recorrió la zona hasta toparse con una pequeña cabina metálica móvil, en la cual sobresalían un par de ametralladoras Gatling. Como resultaba ser un lugar tan bueno como cualquier otro, entró en ella, tomando asiento frente a sus controles, los cuales se reducían a una palanca de madera recubierta de cuero con un gatillo incorporado.

Casi al instante, la familiar figura de la bolsa de gas de un dirigible francés asomó por su campo de visión. Gabriel alineó sus armas, y en cuanto sintió que tenía un blanco seguro, accionó el mecanismo de disparo. La mayor parte de sus proyectiles se perdieron en el horizonte, y los pocos que alcanzaron el blanco no provocaron un daño visible en él. Se maldijo por su mala puntería, pero no demasiado, pues sus adversarios regresaron el ataque con mayor precisión que la suya. Felizmente para él, el blindaje de la cabina resistió bien los impactos, salvándole la vida.

Manipuló de nuevo la palanca y esta vez dio de lleno en la góndola, reventando varias de sus ventanas. El resto de las armas de su dirigible abrieron fuego también, causándole un daño catastrófico a su objetivo, el cual no pudo girar a suficiente velocidad como para repeler el ataque.

Otra aeronave tomó el lugar de su compañera derribada y de inmediato hizo empleo de su batería de cañones. El exguardaespaldas sólo pudo especular respecto al daño que con ello había sufrido su globo, pero asumió que éste fue grave. Mas como no era capaz de hacer nada al respecto, tiró de nuevo del gatillo, concentrando su cadencia de fuego en el timón de dirección del dirigible enemigo. Le tomó un par de rondas, pero lo consiguió, provocando con ello que perdiera estabilidad y no fuera capaz de utilizar con eficiencia sus cañones. Sin embargo, la nave se encontraba lejos de ser vencida y se valió de una batería secundaria más pequeña para continuar atacando.

Un par de obuses impactaron cerca de Gabriel, causando serios estragos y un pequeño incendio. No permitió que eso lo distrajera y se aferró con fuerza al gatillo, descargando balas por sobre toda la superficie de la bolsa de gas. Se encontraba tan concentrado en ello que apenas si se percató del fuerte bamboleo de su propia nave. Dejó de disparar cuando se agotó la munición y abandonó la ya inútil cabina justo antes de que un proyectil enemigo la hiciera estallar en mil fragmentos.
Cuando logró recuperarse de la onda de choque, se incorporó con dificultad y en medio de la lluvia de metal y fuego se dispuso a buscar otra arma. Alcanzó a ver una torreta en el otro extremo de la cubierta, pero no consiguió llegar a ella, pues un grupo de cadavéricas siluetas se interpusieron en su camino.

 

X

Seis figuras vestidas de uniforme azul, con exagerados compuestos mecánicos unidos quirúrgicamente a sus cuerpos, le miraban con rostros grises y carentes de vida. Se trataba de un pelotón compuesto por soldados franceses reconstituidos, el orgullo de los ejércitos napoleónicos. Los enemigos dispararon al unísono sus carabinas y Gabriel se vio obligado a arrojarse de forma poco elegante al suelo del ya inestable dirigible para evitar el ataque, repeliendo la agresión con algunos tiros de su pistola.

No falló ningún blanco, sin embargo, ni uno solo de los objetivos cayó abatido, confirmándole que en realidad se trataba de hombres muertos. Estos siguieron disparando, con mala puntería por fortuna, sin darle la menor importancia a sus heridas, desde las cuales emanaba un sucio vapor verdoso.

Gabriel, que había tomado cobertura detrás de una gran caja de madera, agotó cargador tras cargador de su C96 sin obtener resultados, hasta que uno de sus proyectiles impactó la frente de uno de los soldados, el cual dejó caer su arma, desplomándose al instante. Dándose cuenta de su éxito, repitió la misma dosis con el resto de adversarios, acabando al poco con ellos y con su último cargador en el proceso.

Esquirlas y proyectiles continuaban impactando cerca de su posición. Permanecer en el exterior del dirigible era demasiado arriesgado, así que confiando en la buena fortuna que lo había acompañado hasta entonces, se lanzó a buscar una escotilla que le diera acceso al interior de la máquina voladora. Encontró una a pocos metros, retiró los cuerpos de dos marinos aéreos y giró la válvula de apertura. Ya en el interior de la góndola se topó con más tripulantes abatidos, mezclados con los restos bio-mecánicos de tropas francesas. No tenía forma de saber cuántos soldados reconstituidos habían abordado la aeronave, pero podía asumir que se trataba de un número significativo de ellos.

Una explosión más poderosa que todas las anteriores amenazó con partir en dos el dirigible. Alarmado, percibió cómo su vehículo comenzó a inclinarse en un ángulo antinatural que complicaba mantener el equilibrio. No le quedaba mucho tiempo. Sabiendo que tal vez fuera un esfuerzo inútil, recorrió el lugar en busca de alguna vía de escape. La mayor parte de los corredores por los que atravesó se encontraban envueltos en llamas o del todo bloqueados por pilas de acero imposibles de traspasar.

Finalmente, tras dar varios rodeos dio con una pequeña pasarela que comunicaba con una inmensa sala. Bastó una breve mirada para percatarse de que se trataba de una bodega, en la cual un nutrido grupo de soldados franceses hacían frente a un Humpty Dumpty. Ya habían derribado a uno de ellos y el que se mantenía en pie tenía serias dificultades para defenderse de sus atacantes. Gabriel dirigió el cañón de su arma hacia la multitud, pero no llegó a accionar el gatillo. Aquellos terrores tecnológicos todavía no reparaban en su presencia y no tenía caso llamar la atención sobre él.

En silencio abandonó su posición, dejando que esos monstruos, creados por el hombre para pelear sus guerras, se destruyeran unos a otros. Por desgracia, no alcanzó a dar más que unos cuantos pasos cuando el dirigible giro con violencia sobre sí mismo y se desplomó a tierra con todos a bordo.

 

XI

Cuando por fin abrió los ojos, una oleada de dolor recorrió su cuerpo como una corriente eléctrica. En cuanto éste se volvió medianamente tolerable intentó moverse, lo que le resultó imposible, pues se encontraba debajo de una pila de escombros. Con gran dificultad consiguió arrastrarse algunos cuantos centímetros, los suficientes para que la parte superior de su cuerpo se liberara de la presión. Durante los siguientes segundos permaneció inmóvil, concentrándose sólo en respirar, a pesar de que cada inspiración era como una puñalada en los pulmones.

Cuando se supo lo bastante fuerte se incorporó, lo que le significó todo un tormento. Una vez erguido realizó un recuento de sus heridas, descubriendo que en su mayoría se componían de contusiones y cortes, nada que resultara de seriedad. De forma sorprendente no se había roto un solo hueso, aunque su vestimenta era una auténtica calamidad y su C96 se encontraba perdida, pero él se mantenía de una pieza.

Se retiró la ceniza y el hollín que escocían sus ojos, y observó el entorno que le rodeaba. Ya había amanecido, aunque era difícil saber la hora exacta, pues el cielo se presentaba gris y nebuloso. El dirigible, o lo que quedaba de él, estaba esparcido en varios fragmentos irreconocibles y humeantes. Algunos soldados reconstituidos se retorcían entre los escombros, pero se encontraban tan chamuscados y maltrechos que no representaban amenaza alguna. No halló rastros visibles de perdedores ni vencedores.

Para su sorpresa, la Torre del Reloj se encontraba a pocos metros de su posición, y por lo que pudo ver, estaba relativamente intacta. Si lo que Dodgson le dijo la noche anterior era verdad, en ese lugar se encontraba el final del camino, sólo tenía que entrar ahí y tomarlo. Así que caminó hacía la Torre, notando una pronunciada cojera en la pierna izquierda debido a un trozo de fuselaje incrustado a la altura de la pantorrilla. Haciendo de tripas corazón retiró de un firme tirón la esquirla de metal. No ganaría ninguna carrera, pero podría subir los escalones con menor dificultad.

Varios tortuosos minutos después, Gabriel accedió al último nivel de la estructura. Allí le cortaba el paso una enorme puerta de acero que pondría en ridículo a cualquier bóveda bancaria. No descubrió en ella cerraduras o mecanismo alguno que indicara algún modo de abrirla, por lo que aquello parecía ser un callejón sin salida.

Frustrado más allá de toda magnitud, golpeó con rabia la inamovible plancha de acero, liberando con cada impacto un poco de la presión que había estado acumulando durante las últimas horas. Como si eso fuera lo único que hubiera estado esperando, la puerta comenzó a moverse, permitiéndole el tan ansiado acceso. Mas cualquier atisbo de sonrisa que su rostro pudiera esbozar, se desvaneció cuando una mano mecánica surgida del interior lo sujetó del cuello, arrojándolo por los aires.

 

XII

El impacto contra el suelo fue terrible. Todo el mundo se volvió para él una mancha roja que ardía hasta fundir incluso sus pensamientos. Pero su cuerpo se negaba a renunciar, y se obligó a sí mismo a incorporarse de nuevo a pesar del dolor.

Frente a él, Tweedledum le miraba casi con gesto divertido, el cual se torció en una terrible máscara de muerte justo antes de lanzarle un puñetazo. Gabriel se adelantó a esa maniobra moviéndose a un lado, aprovechó el impulso de su adversario y se colocó detrás de él, tomó el trabuco que colgaba de su hombro y disparó a bocajarro sobre la espalda del Humpty Dumpty. Metal, engranes y órganos fueron pulverizados en el acto, dejando en su lugar una gran brecha. Privado de su soporte vial, Tweedledum cayó fulminado.

—Muy impresionante, señor Watson —exclamó la familiar y chillona voz de Carroll—. Qué interesante arma la que porta. Muy parecida a una que fue hurtada hace poco de estas instalaciones.

El exguardaespaldas se tomó unos instantes para mirar a su alrededor. La habitación donde había sido arrojado era bastante más alta que ancha, cada uno de sus rincones se encontraba lleno de máquinas, algunas de las cuales tenían por objetivo mantener en funcionamiento el reloj, pero el resto presentaban una apariencia tan extraña que su utilidad escapaba del todo a su comprensión. Decenas de tuberías de distinto grosor compartían el espacio en los muros con válvulas, palancas e indicadores. El piso estaba sembrado de herramientas, engranes, botellas de vidrio y muchos otros objetos no tan fáciles de identificar.

Carroll lo observaba de pie al final de una ornamentada escalera de acero forjado con recubrimientos de terciopelo rojo. Tweedledee se mantenía fiel a su lado, si la reciente muerte de su compañero le significaba algo, su rostro cubierto de cicatrices no dio muestra de ello.

—¿Qué es este lugar? —atinó a preguntar muy disminuido Gabriel, quien a pesar de todo aún era capaz de manipular la palanca del Jabberwocky, dejándolo listo para una nueva descarga.

—Es el lugar donde se fabrican los sueños, señor Watson. Aquí han nacido todas las maravillas de esta ciudad.

—La ciudad está perdida. Todo ha sido destruido.

—Los edificios pueden levantarse de nuevo, el vapor y la electricidad pueden volver a fluir. «Carroll Manufacturing» no morirá, no mientras yo continúe aquí. Ahora dígame, ¿dónde obtuvo esa arma?, ¿quién le informó de la ubicación de estas instalaciones?

—Charles Lutwidge Dodgson.

—¡Miente! Charles Dodgson está muerto, yo lo sé mejor que nadie. Él ya no existe. ¡YA NO EXISTE! —chilló Carroll, perdiendo por primera vez toda compostura.

—No me interesan ni los restos de su imperio ni la relación que tenga con Dodgson, sólo he venido a tomar algo y en cuanto lo tenga en mi poder planeo irme de este lugar de locos. No se interponga en mi camino y podrá vivir otro día para rehacer su gloria.

—Temo que usted no comprende, señor Watson —respondió Carroll, recuperando su aplomo—. Usted me ha causado bastantes molestias, no sólo tuvo el atrevimiento de despreciar mi amable solicitud de abandonar la ciudad, sino que ahora viene a mi hogar hablando de fantasmas del pasado y con la pretensión de hurtar mis posesiones. No, señor Watson, usted no saldrá con vida de este lugar.

Tras decir estas últimas palabras, el enmascarado realizó un ademan. De inmediato Tweedledee se arrojó sobre Gabriel, lanzando un ronco alarido, éste respondió la agresión tirando del gatillo de su arma, pero la criatura giró en el último instante su inmenso cuerpo y los perdigones de bronce sólo le arrancaron uno de sus brazos. La bestia mecanizada aterrizó a escasos centímetros de él, la herida en su brazo rezumaba un líquido negro y aceitoso. Valiéndose de la extremidad que le quedaba lo desarmó con grosera facilidad y aplastó el trabuco como si de una ramita seca se tratara.

Gabriel no vio el golpe que de nueva cuenta lo mandó por los aires y que casi le arranca la cabeza. Del todo indefenso intentó no perder el conocimiento, lo que sin duda hubiera significado su perdición. Sin darle la oportunidad de incorporarse, Tweedledee le tomó por el cuello, arrojándolo con violencia contra uno de los muros, impactando sobre algunas tuberías que se quebraron al instante, liberando una nube de asfixiante vapor a su alrededor.

El Humpty Dumpty se le aproximó con lentitud, en su semblante deforme y furioso podía leerse que pensaba terminar todo con un solo golpe. La criatura cerró su enorme puño y lo elevó sobre su cabeza, dispuesto a descargarlo con contundencia sobre el inofensivo hombre. Pero ese golpe nunca logró darse, pues su cuerpo metálico fue de pronto presa de una intensa descarga eléctrica que lo sacudió, arrancándole pequeñas columnas de humo gris que brotaban de su rostro contraído. Cuando la electricidad se desvaneció, Tweedledee se balanceó como si estuviera ebrio, para finalmente derrumbarse.

Con lentitud Gabriel recuperó la verticalidad y su mirada se topó de inmediato con la figura de Carroll, quien había descendido las escaleras. En sus manos todavía se trazaban delgadas líneas azuladas de electricidad. Con un elegante movimiento dejó caer el sombrero y retiró la sonriente máscara de su rostro, revelando que tras ella no se encontraba nadie más que Charles Lutwidge Dodgson.

 

XIII

—Sé que puede sentirse confundido, señor Watson. Después de todo, ¿quién en su situación no lo estaría?

—¿Quién diablos es usted?

—Como ya le he dicho, mi nombre es Charles, Charles Lutwidge Dodgson y soy el artífice de todo lo que ha visto en este lugar —guardó un breve silencio, como si confesarse le significara una insufrible incomodidad—. Pero ni siquiera yo podría saber lo que ocurriría después de beber el Conejo Blanco. Verá, esa mezcla en particular permite manipular a su antojo el espacio y el tiempo a través de agujeros en su entramado. Agujeros de conejo. Usted jamás podría imaginar los lugares en los que he estado, las maravillas pasadas y futuras que he presenciado. Infortunadamente, esos dones trajeron consecuencias inesperadas. Mi mente se fracturó en dos personalidades, una de las cuales fue ganando poco a poco hasta hacerse con el control total de mi cuerpo. Charles Lutwidge Dodgson desapareció de la faz de la tierra y el hombre que se hizo llamar Lewis Carroll se apoderó de mis diseños y patentes para formar una enorme compañía. Debo admitir que fue bastante listo al utilizar siempre esa máscara y no permitir que nadie viera jamás su rostro.

»Sabiendo bien lo que el Conejo Blanco era capaz de hacer y las repercusiones que podría acarrear el que alguien más se hiciera con las muestras restantes, decidió que lo mejor que podía hacer era ocultarlo en este lugar.

»Pero mi personalidad jamás desapareció del todo, permaneció latente en un rincón de la mente de Carroll. No fue sencillo, pero con tiempo y voluntad fui capaz de recuperar la potestad sobre mi cuerpo, durante algunos pocos segundos al principio, pero después en lapsos más prolongados conforme me iba fortaleciendo. Fue así que supe lo que mi contraparte había hecho y lo que pensaba hacer con mis creaciones. Tenía que detenerlo. Comencé a esparcir rumores en la ciudad sobre la existencia del Conejo Blanco, confiando en que tarde o temprano eso llamaría la atención de alguien capaz de corregir mis errores. Ese alguien es usted, señor Watson. Sin embargo, temo que mis acciones generen todavía más amargura y dolor.

—Tal como le dije a su otro yo, no estoy interesado en sus conflictos, sólo estoy en este lugar para obtener el Conejo Blanco y he pasado por muchas cosas para conseguirlo. ¿Puede entregármelo? ¿O tendré que luchar con usted para obtenerlo?

—Eso no será necesario —respondió Dodgson, mientras se acercaba a una de las paredes y activaba una palanca. En el acto, un mecanismo fuera de vista comenzó a funcionar y un objeto circular, parecido a un candelabro de madera y metal, descendió del techo. En el centro de ese artefacto, rodeado por varios objetos de aspecto extraño, se encontraba un vulgar frasco de vidrio con un líquido color blanco en su interior.

—¿Eso es…?

—Como le prometí, en este lugar encontrará todo lo que busca, incluso aquello que no desea. Adelante, tómelo. Ya ha sido advertido.

Sin perder tiempo y a la velocidad que le permitían sus múltiples heridas, Gabriel se dirigió al centro de la sala, tomando con mano firme el recipiente. La detonación de un arma de fuego sonó a su espalda, un instante después, Dodgson cayó abatido, seguido por una delgada estela carmesí.

—¡Felicitaciones Gabriel! —la voz no pertenecía a nadie más que a Adams, quien apareció en escena portando un revólver Colt de cañón humeante—. Algunos en la Agencia dudaban que tuvieras éxito en la misión, pero yo siempre tuve confianza en ti. Ahora entrégamelo y salgamos de aquí.

—Pero… señor Adams, ¿qué hace en este lugar? ¿Qué… qué ha ocurrido con mi familia?

Al ver que su agente se negaba a obedecerle, Adams tiró del percutor de su arma.

—He dicho que me des ese recipiente. Es una orden, muchacho.

—¿Qué sucede con nuestro acuerdo? ¿Dónde está mi familia?

—Tu esposa e hija están muertas. Murieron antes de que fueras enviado aquí. Se te dijo lo necesario para motivarte y cumplieras así tu cometido.

—¡Hijo de perra! ¡¿Qué es lo que ha hecho?! —rugió Gabriel del todo fuera de sí, con el recipiente del tan ansiado vigorizante temblando en sus manos.

—Como morirás de cualquier modo, me parece justo que conozcas toda la verdad. Fuimos nosotros quienes orquestamos el atentado en contra del presidente Díaz, y nos cuidamos de dejar suficientes pistas que te involucraran en ello. Necesitábamos a alguien desesperado, alguien que no dudara e hiciera todo lo que le pidiéramos. Tú eras perfecto para ello.

»Veras, recurrimos a Díaz en busca de una alianza en contra de la Confederación, creímos que si ésta era atacada por dos frentes no tardaría mucho en caer. Pero el estúpido se negó a ello, así que no tuvimos más remedio que acabar con él y facilitar el ascenso de otro presidente, uno más afín a nuestros intereses. Después de todo, no era la primera vez que nos veíamos obligados a actuar de esa manera. Lincoln fue asesinado por nuestra mano debido a su incapacidad de poner fin a nuestra guerra civil.

»Pero el destino es caprichoso. Poco antes de ejecutar nuestro atentado en contra de Díaz, recibimos ciertos rumores provenientes de Gran Britania respecto a una poderosa arma capaz de poner fin a cualquier guerra. Como Pinkerton no podía intervenir en este lugar sin correr el riesgo de un incidente internacional y una guerra subsecuente, yo tuve la brillante idea de involucrar a un agente libre, alguien que no pudiera ser relacionado con nosotros de ningún modo. El resto sólo fue modificar un poco el plan original. Y aquí estamos. Así que dejémonos de juegos y dame de una maldita vez esa botella, sería una verdadera lástima que accidentalmente cayera al suelo cuando te meta una bala en la cabeza.

Conociendo ahora toda la verdad y con el dolor de la pérdida de su familia haciéndole un nudo en la garganta, Gabriel tomó con firmeza el recipiente, retiró la tapa y antes de que Adams fuera capaz impedírselo, bebió deprisa todo su contenido.

 

XIV

La sustancia, cuyo sabor y textura no diferían mucho de los de la leche de magnesia, descendió por su garganta y llegó a su estómago, donde fue asimilada con rapidez. Un instante después, y como si siempre hubiera estado en su cerebro, el conocimiento sobre cómo manipular el tiempo y el espacio le fue revelado.

Adams, furioso más allá de toda proporción, abrió fuego en contra suya. Gabriel se limitó a levantar una de sus manos con la palma hacia afuera y de la nada se abrió ante él un agujero en el vacío, por donde los proyectiles se perdieron sin causarle el menor daño. El hombre de Pinkerton aulló de impotencia y se dispuso a disparar de nuevo, pero Tweedledee apareció detrás de él, envolviendo su cabeza con su mano mecánica intacta. Adams luchó en balde durante unos segundos, entonces se dejó oír un húmedo crujido y su cuerpo se vio sacudió por un gran espasmo, tras lo cual quedó del todo inmóvil.

Indiferente a todo lo que no fueran sus órdenes, el Humpty Dumpty se aproximó a su víctima original, dispuesto a terminar su encuentro pendiente. Gabriel permaneció en su sitio y comenzó a buscar algo entre sus memorias, cuando por fin lo encontró unió el recuerdo con sus nuevas facultades y repitió una vez más el movimiento de la mano, abriendo con ello un nuevo agujero de conejo, del que surgió un tren de carga que impactó de lleno contra Tweedledee y la estructura interna de la torre, arrasando con todo en su desbocada carrera, llevándolo al abismo.

Cuando todo quedó en silencio, Gabriel escuchó un leve gemido que provenía de detrás de una de aquellas extrañas máquinas. Al ir a inspeccionar descubrió que Dodgson continuaba con vida, aunque agonizaba.

—Así que al final lo ha bebido —soltó el hombre dividido, mirándole a los ojos.

—¿Usted sabía que lo haría?

—Sabía que era una posibilidad. Intenté darle una alternativa, de verdad que sí, pero decidió seguir adelante. Lo lamento, por usted y por su familia.

—Con este poder tal vez yo pueda…

—No puede cambiar el pasado, de ser posible yo mismo lo hubiera hecho y todo esto no habría ocurrido jamás.

—Entonces no puedo salvar o recuperar a los míos —sentenció Gabriel con gran amargura.

—Me temo que no.

—¿Qué pasará ahora? ¿Qué sucederá conmigo?

Como respuesta, Dodgson hizo entrega de la máscara sonriente de su contraparte y de un revólver, acompañados de las siguientes palabras:

—Deberá tomar nuevas decisiones, la primera de ellas dónde pondrá usted la bala que termine con mi vida. El resto… ¿Quién puede saberlo?

Un único proyectil abandonó el arma de Gabriel, que después arrojó muy lejos de sí. Contempló la máscara sin poder ser capaz de elegir algunas de las muchas emociones que lo embargan en ese momento y, sin deshacerse de ella, abandonó la habitación.

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Eureolacomentó hace 2 años

¡Muy bueno, Alejandro! He disfrutado mucho la lectura. Tienes nueva seguidora. ¡Saludos!
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