Parte sin título

No sé si alguien logre escuchar esto. ¿Hay alguien ahí? Transmito en el 110 FM, desde lo que una vez fue la Ciudad de México. Yo fui uno de los afortunados, vi lo que ellos hicieron y vivo para contarlo. Aunque ahora que veo a mi alrededor, no me siento tan afortunado.

¿Alguien me escucha?

¡Dios, hay tanto silencio! Y ese olor, ese terrible olor. ¿No hay nadie ahí afuera? Algunos dicen que Dios creo el mundo en seis días, ¿cómo podríamos imaginar que bastaría uno sólo para que otros dioses lo destruyeran?

El horror cayó del cielo. Las señales fueron muy claras y las ignoramos, los oímos acercarse, los vimos en nuestras ciudades sin dar crédito a nuestros ojos. Pero cuando nos dimos cuenta de lo que ocurría era demasiado tarde. Sus inconcebibles y burbujeantes cuerpos surgieron por todas partes, sembrando demencia y destrucción a su paso. En pocas horas marcharon y reptaron sobre las principales ciudades. Paris, Londres, Berlín, Roma, todas desaparecieron por completo, Europa se sumergió en un macabro silencio. Nosotros fuimos los siguientes.

Estados Unidos y Canadá fueron atacados. Los ejércitos de ambas naciones enfrentaron la amenaza con todo su arsenal y tecnología. Terribles batallas se libraron en ambas fronteras, convirtiendo la zona en un gran cementerio. Informes confusos de los campos de batalla indicaban con regocijo la destrucción de uno o dos de aquellos titánicos  extraterrestres, para después callar para siempre. Árabes y africanos lucharon valientemente, pero fueron aniquilados por un horror tentacular negro sin rostro. El éxodo de millones de hombres por todo el mundo terminó en una carnicería sin precedentes cuando un monstruoso ser-pulpo surgió del océano batiendo sus ciclópeas alas. Nadie estaba a salvo, no había lugar seguro.

Al parecer, nuestras armas provocaban poco o ningún daño en el enemigo. El material del cual están hechos sus cuerpos es algo más allá de la comprensión humana. Los informes de inteligencia indicaban que su poder ofensivo se basaba en su masa corporal, cubierta de una substancia similar al Napalm. Este fuego extraterrestre se adhiere a la superficie orgánica hasta consumirla por completo, a la vez que extingue el oxigeno de la zona. Otros de estos seres simplemente se materializaban en un lugar y acababan con todo ser vivo en kilómetros a la redonda. Primero se creyó que se trataba de algún químico o gas toxico que las criaturas siderales exudaban de sus pesadillescos cuerpos, pero las pruebas realizadas no demostraron residuos de ninguna clase. Científicos militares descubrieron pronto la horrible verdad. Estos seres son capaces de liberar un pulso de energía invisible que destruye todo tejido biológico, provocando estallido de órganos y hemorragias internas que tiñen los cuerpos de negro.

Pronto vinieron por nosotros. Nuestras ciudades y poblaciones fueron reducidas a cenizas, Monterrey, Jalisco y Pachuca fueron las primeras en caer y donde perdimos el grueso de nuestro ejercito. Los sobrevivientes abandonaron sus hogares para refugiarse en iglesias y templos. ¡Pobres diablos! Como ovejas al matadero fueron destruidos junto con aquellos lugares. La Ciudad de México fue la ultima en ser invadida. El resto de la milicia y sus habitantes resistieron con valentía entre las ruinas de lo que una vez fue la ciudad más grande del mundo. Pero el combate duró poco. Vi con mis propios ojos aquellas monstruosidades indescriptibles desplazarse por las calles utilizando sus emanaciones de fuego líquido sobre la multitud.

Vi el horror y, de alguna manera, sobreviví a él. Corrí, corrí sin rumbo intentando escapar de la muerte, de la destrucción que cayó de las estrellas, buscando algo que no hubiera desaparecido. Me avergüenza admitirlo, pero perdí la conciencia al contemplar la destrucción final. Ignoro cuánto tiempo transcurrió, al recobrar el conocimiento el fuego aún ardía sobre los escombros, miles de cuerpos yacían tirados por doquier con aquel ominoso tono negruzco en la piel. Un silencio absoluto y antinatural reinaba por donde mirara. Desorientado caminé durante horas sin percibir ningún movimiento, sin hallar el menor indicio de vida terrestre, ni siquiera la más ligera brisa. Era como si el tiempo mismo hubiese detenido su marcha ante semejante horror.

Seguí andando por caminos vagamente familiares hasta llegar a donde una vez estuvo mi hogar, para descubrir sólo cenizas, polvo y más cuerpos ennegrecidos, cuerpos de quienes tal vez fueron mis vecinos. Siguiendo un impulso desesperado, continué caminando, con la esperanza de encontrar algún sobreviviente. Busqué y grité hasta perder la voz sin encontrar nada. Me tomó un tiempo comprender, y grande fue mi sorpresa, al ver que los invasores se habían ido.

¡En verdad se habían ido! Abandonaron su conquista y se marcharon, quizá de nuevo hacia las estrellas. Aunque, ¿quién podría asegurarlo? Tal vez no eran ellos los invasores sino nosotros, tal vez sólo fuimos un experimento que salio mal, un error, una plaga que había que exterminar. Quizá no fue invasión, sólo desinfección. Pero, ¿quién podría asegurarlo?

Sin darme cuenta mis pasos me llevaron a una zona intacta de la ciudad, muy cerca de la estación de radio en la que trabajaba y desde donde ahora me dirijo a ustedes. Se hace tarde, será una noche larga y obscura. ¿Hay alguien ahí?

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Cristina DeZcomentó hace un año

Muy bueno, Alejandro, e impecablemente escrito!
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LUIScomentó hace un año

Y ahora el nuevo enemigo... el terror de la soledad. Estupendo relato. Un saludo
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