Ecos del día del Juicio Final

ECOS DEL DÍA DEL JUICIO FINAL

Hace 65 millones de años, en algún lugar próximo al Atlántico Norte…

 

La batalla fue terrible.

El ankylosaurus pastaba plácidamente sobre sus cuatro patas cuando, de repente, un gorgosaurus surgió como un misil de la maleza. Impulsándose sobre sus potentísimas extremidades posteriores, el gorgosaurus lo embistió con tanta fuerza que el impacto dejó al ankylosaurus tumbado boca arriba sobre la hierba. Cuando su pequeño cerebro del tamaño de una nuez aún no había empezado a entender lo que había sucedido, el cuadrúpedo sintió una garra fría y afilada hendiendo su vientre.

El dolor lo hizo reaccionar. Giró sobre sí mismo y dobló las piernas, adoptando una posición defensiva, justo a tiempo para detener la segunda arremetida del gorgosaurus. Las fauces del depredador se estrellaron contra las placas óseas que blindaban la cabeza del ankylosaurus. El gorgosaurus chilló de dolor de dientes y el daño le hizo recular unos pasos.

El ankylosaurus tomó entonces la iniciativa. Lanzó el pesado mazo en que terminaban las vértebras de su cola contra el gorgosaurus. El golpe alcanzó de lleno el cráneo del bípedo a la altura de los ojos. Se oyó un crujido de huesos. Mientras el musculoso cuerpo en forma de S del depredador aún se retorcía de dolor, el ankylosaurus echó a correr hasta perderse entre la espesura del bosque.

El ankylosaurus se abrió camino, jadeante, entre arbustos y ginkgos y una novedad recientemente aparecida en el planeta: plantas con flor. La vegetación se contoneaba ante el paso del cuerpo bajo y ancho del cuadrúpedo. Los más de siete metros de armadura acorazada que lo recubrían le daban el aspecto de un auténtico tanque viviente. Sin embargo, el reptil tenía una abultada herida que se extendía desde la parte baja del cuello hasta la base del estómago, la única parte de su cuerpo desprotegida. Se había librado de la muerte, pero el ataque a punto había estado de vaciarle las vísceras: la sangre teñía el follaje de roja y la sed le quemaba la garganta.

Se adentró en las marismas que se extendían al límite bosque, en dirección a la laguna que su olfato le dijo que estaba muy cerca. Exhausto, divisó el agua entre el verdor de los juncos. Allí un sphaerotholus de aspecto inofensivo saciaba también su sed en la laguna. Al verlo, el ankylosaurus, se lanzó a la carrera en su dirección, propinando al mismo tiempo fuertes alaridos. Ante la presencia del mastodonte acorazado, el sphaerotholus, mucho más pequeño, levantó su extraña cabeza con forma de cúpula esférica y emprendió la huida picado por el miedo.

El magullado ankylosaurus, ahora que se encontraba a solas, por fin pudo aliviar su garganta sedienta. Se entregó a ello compulsivamente, bajando totalmente la guardia, un lujo que rara vez se permitía. Mientras bebía, vio por el rabillo de un ojo varias sombras proyectadas sobre la laguna. Alarmado, alzó su cabeza de tortuga blindada. Vio una bandada de cinco quetzalcoatlus que cruzaban el cielo agrupados como un boomerang. La envergadura de los reptiles volantes era tan inmensa que su paso sobre la laguna ocultó el Sol.

Afortunadamente para el lagarto acorazado, los quetzalcoatlus ignoraron su presencia y, tras sobrevolarlo, se alejaron hacia el horizonte y el Sol volvió a hacerse visible. Aliviado, el ankylosaurus se dispuso a bajar de nuevo la cabeza para seguir ingiriendo agua. Pero otra cosa llamó la atención y de nuevo se paró en seco. Un destello había surgido en el cielo y se incrementaba rápidamente. En apenas unos momentos, un segundo sol pendía en la bóveda celeste. El ankylosaurus tuvo que entornar los ojos para no ser cegado por la doble luz.

El segundo astro siguió creciendo en el cielo azul. Pronto resplandeció con más brillo que el Sol, y siguió hinchándose. Alcanzó un tamaño decenas de veces mayor y mil veces más brillante, ganó intensidad, y finalmente el resplandor llenó por completo el cielo como una exhalación.

Los ojos del ankylosaurus fueron abrasados.

En su último suspiro de vida, el cuadrúpedo todavía tuvo tiempo de escuchar un estampido sónico que transformó sus oídos en sangre coagulada. Momentos después, una roca esbelta como una flecha  invadió el cielo. Era tres kilómetros más alta del Everest y mucho más ancha.

La gran roca impactó contra el océano. El agua hirvió a su contacto, convirtiéndose en una bola de gas incandescente, y saltó con un estruendo que se escuchó en el otro confín del mundo. Una bola de fuego se expandió explosivamente hacia los lados y  hacia arriba. El océano se desintegró en billones de toneladas de vapor de agua sobrecalentada que comenzaron a acumularse en la atmósfera, sumergiendo el horizonte en llamas.

En menos de dos segundos, el ankylosaurus y todos los animales que estaban demasiado cerca de la llamarada fueron carbonizados. El océano de fuego siguió elevándose hacia las capas más altas de la atmósfera y alcanzó al espacio. La mayor parte del fuego se apagó entonces, y el horizonte se oscureció. Enormes cantidades de agua enfriada volvieron a caer, precipitándose sobre antiguas rocas que el enorme calor había fundido.

La superficie del mar se volvió blanca por la espuma acumulada. Bajo ella, peces aplastados comenzaron a emerger a la superficie. Un torbellino de agua y aire alzó el océano en olas de doscientos kilómetros de altura. Las olas se precipitaron contra las costas a cientos de kilómetros por hora. Las paredes de agua que se desplomaron sobre Norteamérica y Eurasia devastaron todo lo que encontraron a su paso, dejando un rastro de desolación.

La Tierra entera tembló durante horas. En tan sólo veinte minutos las primeras ondas sísmicas llegaron a las antípodas con un rugido sordo, profundo y prolongado, y antes de que terminara el día dieron varias vueltas más al mundo. Ecos del día del Juicio Final, lo llamaría después la especie humana.

El colofón llegó cuando por todo el globo cientos de volcanes entraron en erupción al mismo tiempo, colapsando la maltrecha atmósfera. La lava vertida desató incendios que alimentaron una neblina blanca más propia de Venus que de la Tierra. Las partículas se distribuyeron por todo el globo y, cuando se enfriaron, una creciente capa de polvo, cenizas y lluvia ácida cubrió gradualmente la superficie del planeta hasta ocultar totalmente la luz solar.

Durante eones, reinaron las tinieblas.

Para millones de animales que dormían, pacían, luchaban o copulaban en ese momento, llegó el fin. Vegetación achicharrada, animales cocidos, microorganismos abrasados y hábitats enteros esterilizados, no fue más que el principio. La propia atmósfera fue casi destruida. Más tarde, la oscuridad y el frío llevarían a la extinción al setenta y cinco por ciento de las especies del planeta.

Pero la gran roca del espacio no sólo trajo a la Tierra destrucción y muerte. En el fondo del colosal cráter perforado en el océano, indiferente al cataclismo que había desencadenado, algo palpitaba y volvía lentamente a la vida que una vez había tenido.

Algo de otro mundo.