El latido de un ángel

Un minúsculo trozo azul peleaba en el cielo contra amenazadores nubarrones para permitir el paso por la ventana de tenues rayos de sol, intentando dar brillo al viejo cartel que, con un nombre escrito, coronaba el cabecero de la cama en aquel dormitorio que jamás fue. Durante apenas unos segundos la pared adquirió un bonito tono dorado. Un brillo inusual que bien podría haber sido obra y gracia de un ángel. La oscuridad, como casi siempre, comenzó a inclinar la balanza de su lado apagando gradualmente el fulgor que desprendía aquel viejo letrero de madera con la palabra “Ángel” tallada. En aquel mismo instante, Carlos entró en la habitación sin un objetivo concreto. En realidad llevaba toda la mañana deambulando por todas y cada una de las estancias del piso como si de un moderno robot aspirador se tratara, absorbiendo recuerdos e ilusiones en lugar de polvo y pelusas.

 

Carmen se afanaba en limpiar las marcas de lluvia de las ventanas mientras las nubes competían con ella depositando de nuevo gruesas gotas sobre los cristales, como si intentaran crear las formas en un “test de Rorschach”. No le importaba. Ni un mal gesto mientras limpiaba su casa con orgullo. Tras cuarenta años limpiando casas ajenas, recibiendo sueldos miserables y cientos de desplantes tenían su propio piso. Solo el hecho de limpiar algo suyo era ya una gran alegría, a veces empañada por pequeños sinsabores. La vida parecía empeñada en ponerles trabas pero no eran más que problemas puntuales, baches para los que seguro encontrarían solución. Frotaba con fuerza el cristal  mientras observaba el tránsito de los coches por la avenida, el paso de los peatones al ritmo impuesto por aquella lluvia juguetona, e incluso escuchaba el ulular de sirenas acercándose. Porque las sirenas no suenan, ululaban como los búhos del bosque que rodeaba su aldea las noches de primavera al terminar la romería. Recuerdos de juventud de los que quedaba constancia en decenas de fotografías en blanco y negro guardadas con mimo en una caja de galletas metálica que, a pesar de haber perdido nitidez, aún podían transportarla hasta aquellas enormes reuniones familiares donde solo la música de la orquesta podía eclipsar la algarabía general.

 

Al terminar se dirigía a pasar el suelo de la cocina cuando casi chocó con Carlos. Quietos, frente a frente, se miraron sin necesidad de decirse nada. La convivencia de toda una vida y, sobre todo, la dureza de la soledad compartida les había enseñado a interpretar incluso el mínimo pestañeo del otro. Carlos alzó el brazo derecho indicando con su mano que le siguiera mientras giraba sobre sus talones para, con paso errático, dirigirse a la habitación del final del pasillo. Desde la puerta miraron el brillo del cartel de nuevo acariciado por nuevos rayos de sol.

Ella rompió el silencio:

·         ¿Sabes? Me gusta pensar que habría estudiado y tendría un trabajo estable y bien pagado. ¿En algún ministerio? ¡Como mínimo! Cuando me preguntaran por él, respondería orgullosa enumerando todos y cada uno de sus logros desde el premio de pintura que habría ganado en el colegio con cinco años hasta describir hasta el más mínimo detalle cómo sería su flamante despacho.

 

Carlos permaneció en silencio mientras su recuerdo le llevaba cuarenta años atrás. Jamás pudo olvidar el desgastado tono verde en la sala de espera de aquella clínica a la que acudieron por recomendación de los señores de Carmen. Aún podía ver, entre el humo de decenas de cigarros que intentaban acortar la espera, como se le acercaba el blanco inmaculado de la bata de aquel médico tan alto que llegaba para darle la “menos mala” de las noticias:

·         Han tenido un angelito tan bello que Nuestro Señor no ha podido resistirse y se lo ha llevado para tenerle a su lado para siempre. No deben estar tristes ya que es una alegría que será infinita el día que vayan a reunirse con él.

 

El pobre Carlos no dijo ni una palabra. Ateo y bastante apocado, solo se atrevió a guardar silencio con la mirada baja como señal de disconformidad ante Dios, ante la clínica y ante el hecho de tener que creer, como un sagrado dogma, que en alguna caja blanca yacía el cuerpito de su Ángel. ¡Qué ironía! Iba a llamarse Ángel por su abuelo, que no debía de haber sido tal porque el dedo del párroco del pueblo le señaló, las escopetas de los sublevados le tumbaron y con nocturnidad y alevosía sucias palas le fueron despejando el camino al infierno en alguna cuneta. Su silencio, como modo de protesta continuado, había permanecido invariable con el paso de los años. En todo aquel tiempo apenas habría pronunciado más de dos frases seguidas mientras en su cabeza siempre bullía una teoría en la que se reafirmaba con el titular de cada caso de pederastia en el ámbito de la iglesia: si a Dios le gustaban jovencitos y guapos ¿cómo iban a ser menos sus fieles esbirros?

 

La claridad que entraba por las ventanas cayó de modo repentino. El gris había hecho masa tapando los mínimos huecos entre nubes para cerrar el cielo con un amenazador tono cementero. Comenzaba a llover con fuerza otra vez cuando el timbre sonó tres veces, tres. Con una cadencia asquerosamente perfecta tanto en el tiempo entre cada timbrazo como en la duración de cada uno de ellos. Tras el tercero se hizo un silencio infinito, apenas unos segundos pero sobre todo se hizo el frío, un frío que les atravesó helándoles el alma. Rotos, se fundieron en un abrazo y perdieron el equilibrio cayendo unidos al suelo mientras desde el otro lado de la puerta sonaba la opacidad de una voz tan mate como aquellas fotos que guardaba Carmen:

·         Señor Don Carlos Moreno Andújar, en representación del juzgado número cinco del Tribunal Superior de Justicia de Cáceres y ante la falta de respuesta a los requerimientos enviados, venimos a ejecutar la orden de desahucio emitida por dicho juzgado. Por favor, abran la puerta.

 

Tras pronunciar aquellas palabras con el mismo desdén con el que rellenaba formularios, el funcionario miró el reloj. A los cuarenta y cinco segundos exactos ordenó al cerrajero que procediera a reventar el bombín de la cerradura. Apenas un par de minutos y la puerta se entreabrió, no más de unos treinta centímetros ya que la pareja continuaba abrazada en el suelo obstaculizando el paso como una barricada humana frente a la total falta de humanidad. Pasaron dos agentes que les apartaron para despejar el paso mientras otros dos consiguieron separarles.

 

Ella lloraba, sin emitir sonido alguno, ahogada en el mutismo de su dolor. Él consiguió zafarse del agente que intentaba calmarle e intentó cerrar de un empujón la puerta, pero fue interceptado por otro de los policías que, recurriendo a la “legítima violencia”, hizo que de su nariz comenzara a brotar la sangre a chorros. Completamente fuera de sí intentó agredir al gestor judicial mientras con total falta de empatía se dirigía a Carmen sin apenas levantar la mirada de la orden impresa. Se lanzó contra el con toda su alma, pero quedó a escasos centímetros del objetivo ya que los dos agentes más jóvenes le pararon mientras el inspector al mando de la dotación daba aviso a las emergencias sanitarias para evacuar al matrimonio al hospital. Tras tensos minutos en los que quedó muy claro que no pensaban ir en ambulancias separadas, los sanitarios, por supuesto sin conocimiento del funcionario judicial, hicieron la vista gorda y acondicionaron una para poder trasladarles juntos.

 

Mientras, en aquel pequeño ático, la luz comenzaba a ganar intensidad al comenzar a recuperar terreno el azul mientras disipaba los nubarrones. El gestor judicial continuaba recogiendo las incidencias del desahucio en su “Ipad” cuando un rayo de sol acarició la manga de su elegante impermeable encerado. Entonces reparó en la mancha de sangre que oscurecía el elástico del puño y terminaba sobre el dorso de su mano derecha. Se dirigió al baño, abrió el grifo del lavabo y comenzó a frotarse las manos con fuerza bajo el chorro de agua fría. Con calma, con la tranquilidad que le daba creer que no era propia.

 

 

 

                                                                    El niño sumo

Escribir comentario
/ 400

LUIScomentó hace un año

¿Y ahora qué?
Triste y brutalmente realista. Un tema que duele. Estupendo relato. Un saludo.
Escribir comentario
/ 400

Números Literarioscomentó hace un año

Deja un terrible sabor amargo. Pobre pareja. Muy buen llevada la historia
Escribir comentario
/ 400

Cris Morellcomentó hace un año

Me ha gustado, una historia muy bien escrita con una temática dolorosa y tristemente muy actual. Saludos.
Escribir comentario
/ 400

Más comentarios