Lamento funesto

<Un texto escrito hace poco tiempo, subido a un blog y ahora aquí>

De
los años que me han consumido, demasiados pasaron sin dejar novedad, sin una
chispa que permitiese encender los deseos de mi alma. El camino hacia mi
destierro era conocido y también lo eran las desgracias que me acompañaban
-siempre tan silenciosas…-

Así
como el día tiene fin, mi aburrimiento cesó. Me permití tirar las máscaras y
utilería del escenario, para poder dedicar el tiempo que se fugaba a intentar
recuperar desvanecidos deseos. Pocos se escondían entre matorrales, muchos eran
los que reposaban entre los campos de flores. Caminar entre ellos lastimaba mi
piel y rompía mi vestimenta; me costaba aceptarlo, pero no estaba lista para
encararlos. Ellos siempre tan brillantes y yo siempre tan lúgubre. “La
mortandad se refleja en tu rostro”
palabras viejas, de un ser igual o más
inmundo que yo. El tiempo tuvo que correr para permitirme conocer el
significado de esa frase: siempre estuve muriendo.

¿De qué sirven los trajes
de gala, cuando de sacrificio nada se trata?

Los
ciclos se repiten y estamos atrapados en ese camino invisible. De lejos los veo
jugar entre las tumbas y de cerca puedo sentir el calor que emanan. Así son los
niños, tan dulces y alegres que irradian energía capaz de hacernos sucumbir. Es
delirante, es exquisito, es excitante. Es una pena cuando no los ves así.

Entre
el silencio y el cielo, el hombre del farol nos invita a caminar hacia la
libertad, la poca que tenemos. Es inevitable correr desesperados, emocionados,
por ver algún rostro, algún recuerdo que llene nuestro fétido cuerpo de
sentimientos puros, sólo para recordar que somos humanos.

*
* *

El
color de las paredes no ha cambiado esta ocasión; el pasillo luce triste sin el
pequeño huerto de la enfermiza tía. Hay goteras imposibles de ocultar, formando
un camino de moho que permiten a los insectos revitalizar. No es triste, no es
alegre. He venido sin invitación, esperando que una pequeña expectativa se cumpliese.

Pero no sucederá.

No hoy, no mañana, nunca…

Ellos desaparecerán y yo
estaré destinada a vagar.

«Qué
la ame, dice. Qué la acaricie, repite. Que no la olvide…»

«¿Qué
ocurrencia haces hoy?»
Una voz extraña, una voz que se
olvida con un rostro lleno de ambición, pero carecido de vida, se asoma entre
las cortinas. Acaricia su cabello y abraza al sujeto «¿Qué es eso? ¿Dónde lo
encontraste?»

«En
la bodega. Buscaba adornos de navidad, pero encontré estas viejas fotos y
polvorientos libros»

Mis
pasos son inaudibles, igual que mis palabras. Me acerco hacía una mesa mientras
él se aleja buscando algo. Y es ahí donde, por primera vez, puedo sentir lo que
es vivir.

«Nunca
me han regalado flores»
Por fin puedo recordar y cumplir uno
de mis deseos, uno tan sencillo y tan trivial que pareció ser un sueño incluso
en mi final. Porque para mí las flores en la funeraria no contaron, las flores
en la iglesia eran simples réplicas, y los adornos que cubrieron mi tumba nunca
me cegaron. ¿De qué sirve dar cuando se está muerto, si su sonrisa no podrás
contemplar?

Por
supuesto, ellos no ven ni saben de la mía, pero hoy me siento feliz, hoy me
siento amante de la vieja vida, hoy rompo mis cadenas mientras acaricio esa
única flor mía.

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Bárbara Schtirbucomentó hace un año

Qué difícil es sostener lo que se desea. Me gustó mucho, muy bien narrado. 🙂
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Samircomentó hace un año

interesante
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Samircomentó hace un año

muy bueno
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